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febrero 23, 2012

Al lograr un polígono de diecisiete lados iguales Gauss se consagró como el tercer matemático de la historia humana.

La grandiosidad de los genios no los libra de la pequeñez de los celos, lo cual explica la pelea de Gauss con Legendre por la autoría de una hipótesis que explicacba las orbitas de los cuerpos espaciales. -

Ignoro, desde luego, si le asistía alguna razón al loco que dijo que, a través de la matemática, podríamos llegar a la poseía, ya que ella, tanto en un camino hacia adelante como en otro retorno, nos conduciría siempre al infinito. Sin embargo, para el abordaje de esta área no bastaría la sensibilidad con la que cultiváramos bien los dones del espíritu. En cinco mil años de historia, apenas tres esclarecidos genios alcanzaron el rango de ser los máximos matemáticos: Arquímedes, Newton y Carlos Federico Gauss (1777-1855), un alemán de humildísimo origen, que revolucionó a esta ciencia y desestabilizó los cimientos en que descansaba la geometría de Euclides.


De su abuelo, el jardinero, guardaba las vivencias que le hicieran interrogarse sobre los enigmas de la naturaleza y que le tentaran a seguir las abstracciones de la Filosofía. Pero era tal la afinidad de su mente con el quehacer que le esperaba, que a los dos años, cuando desconocía las letras, ya sabía identificar los números. A los tres años se permitió corregir el error que su tío materno cometiera al sumar una mesada de salarios que debía pagar en su pequeña factoría. Estos recuerdos le hacían decir, acaso con alguna nostalgia por la infancia, sin los juegos y el corretear propio de tal edad, que había aprendido primero a contar que a leer.


Su padre era un labriego que confiaba el éxito exclusivamente en el esfuerzo de abrir los surcos de la tierra y en las gotas de sudor que sobre ellos vertiera durante los veranos quemantes. Devoto de la obra del músculo, devaluaba la de la inteligencia y por eso veía casi con hostilidad los maravillosos dones de su pequeño. Pero la madre de éste, Dorotea, supo erguir sus sentimientos para intuir la grandiosidad potencial que había en la mente de aquel chiquillo. Lo puso en la escuela donde le tocó un maestro autoritario que les imponía las más duras tareas a sus discípulos. Un día, les exigió la suma total de los números que iban del uno al cien, a sabiendas de que el cumplimiento de esta meta les llevaría unio o dos días, y que pocos saldrían bien de la prueba.


Buitner abrió desmesuradamente los ojos incrédulos cuando Gauss, en menos de un minuto, le entregó su pizarra en la aparecía el total correcto: 5.050. ¿Cómo el atrevido mocoso que ahora permanecía sentado en su pupitre con la mayor indiferencia había logrado tan rápidamente el cálculo exacto? La nobleza educativa que ardía en el fondo exigente del buen hombre hizo que, lleno de admiración, regalara al muchacho el más avanzado libro de aritmética de aquellos días de 1787. Cuatro años después, el genio del adolescente alcanzaba tanto prestigio, que encontraría un mecenas en el poderoso Duque de Brunswick, que le costearía sus estudios en la Universidad de Gotinga y sus investigaciones después que se doctorara.

A los dieciocho años hacía el famoso enunciado de los ” cuadrados mínimos”, con los cuales precisó la órbita del planetoide Ceres, que fuera visto por primera vez en 1801. Muerto su protector, el Duque de Brusnwick, tuvo la suerte de que Alejandro de Humboldt, que había regresado de América, le consiguiera un puesto de director del Observatorio Gotinga. Alí continuó invirtiendo el tiempo en las búsquedas de su llameante creatividad. Dudó de Euclides porque su geometría era inapelable a los espacios curvos. Hoy sabemos que el triángulo formado por los cantos de tres monedas mide más de 90 grados.

Gauss llegó al extremo de aprenderse la tabla de logaritmo con l fin d evitar el gasto del tiempo en consultarla. Entre los hechos prodigiosos de su talento, estuvo el de haber logrado algo que consideraba imposible desde Los días de Tales de Mileto y de otros grandes griegos. Tal hazaña, reverenciada en esta época de las computadoras electrónicas que no habrían podido ejecutarlas, consistió en trazar con una regla y un compás un poligo de 17 lados absolutamente iguales.


El poligono de 17 lados iguales llamado El Heptadecágono. Si deseas construirlo con una regla y un compás, ubica el cursor en el polígono y haga clic y siga todos los pasos.


A pesar que la ciencia marchaba a paso palpable como es la comprobación experimental, ha habido pensadores según los cuales ella no podría explicarlo todo. Gauss, por ejemplo, escribió en sus memorias: “Hay problemas que son infinitamente más importante que los de matemática, como la ética, nuestra relación con Dios, o acerca de nuestros destino y futuro; pero su solución está más allá de nosotros y completamente fuera del dominio de la Ciencia”. Cierta vez, ya septuagenario, la explicó a unos jóvenes, con la más ingenua de las sonrisas, el método con el que había logrado casi instantáneamente el total de los números del uno al cien. “Yo me di cuenta de que había cincuenta pares que sumaban ciento uno cada uno, a saber: 100 mas 1; 99 más 2; 98 más 3 y así sucesivamente, hasta llegar a 50 mas 1. Todo lo que tuve que hacer fue una multiplicación de 50 por 101”

febrero 19, 2012

Una muestra de que el talento y la bondad no son la misma cosa, la tenemos en la conducta deshumanizada de Morse.



La misma inteligencia creadora del Código Morse fue la autora de un texto precursor del McCartismo titulado "Conspiración extranjera contra las libertades norteamericanas".


Hay seres humanos con existencias tan dionisíacas, que incluso las batallas con las que han alcanzado deslumbrantes éxitos, han alcanzado paseos en alfombras voladoras por un cielo despejado; y sin embargo, algunos son inexplicablemente resentidos. Eso fue el caso del inventor del telégrafo, Samuel Morse (1791-1872). Nacido en Massachusetts, estudió en la universidad de Yale, donde se graduara. Aprovechando la renta heredada de su padre, se fue en 1811 a estudiar pintura en Inglaterra, donde encauzó su temperamento neurótico, a través de los pensamientos sombríos de Dante y de los principios filosóficos de Spencer que hacían extensivas a los seres humanos las normas de selección natural.

Al cumplir los ochenta años, Morse asistió a la inauguración de una estatua suya de bronce, en el Parque Central de Nueva York, donde permanece.

Morse encontró así la sustentación filosófica para sus rencores fantasmales, expresados en un semblante frío, que no se alteró ni siquiera cuando la Adelphi Society of Arts le otorgara en Londres su medalla de oro como recompensa por un cuadro pésimo llamado Hércules Moribundo. Mientras tanto seguía militando en una Liga de Fanáticos, que en los Estados Unidos, preconizaban la persecución de los católicos y de los inmigrantes. Morse tenía la agilidad mental requerida para atrapar las ideas, con la rapidez de una araña cazadora de moscas, pues de inmediato los digería y las encaminaba. Este don le sería de gran utilidad cuando cansado de sus lienzos y de sus pinceles, porque no le producían dinero, abordó la física y las matemáticas prácticas que sí habrían de enriquecerlo.

Durante un viaje por el mar, robusteció sus conocimientos de la incipiente electricidad de entonces, con los de un científico ingenuo pero de gran competencia, Joseph Henry. Este había desarrollado poderosos electroimanes que levantaban pesos de miles de libras. En su casa había probado que al suministrarle corriente a través de un alambre, a un pequeño electroimán, éste podría atraer la pieza metálica, a la que soltaba después de un ligero chasquido, cuando se le suspendía la corriente. Henry sabía que tenía en sus manos un sistema de comunicación a distancia que no quiso patentar, pues consideraba que los haberes de la inteligencia le pertenecían a la humanidad no a los individuos. Morse oyó en silencio toda esta información, cuyos detalles le fueron demostrados en su totalidad por Henry durante los días que duró la travesía. A partir de 1830, Morse realizó infatigables ensayos en los que empleaba alternativamente un sistema triple de emisiones de corriente negativa – corriente positiva – cero corriente. De este modo lograba que el electroimán del otro lado generara sonidos brevísimos que llamaba puntos, y otros largos que llamaba rayas. Punto y raya por ejemplo equivalían a la letra A; raya – punto – punto –punto a la B. ; punto-punto-punto a S. Cinco rayas, el cero. Cinco puntos el 5 y así sucesivamente.

El invento estaba listo en 1835, pero debieron pasar nueve años, para que el Congreso de Estados Unidos aflojara los treinta mil dólares necesarios para comenzar su aplicación. El 24 de mayo de 1844, en un acto revestido de gran solemnidad, se transmitía entre Nueva York y Baltimore, a través de una línea de 64 kilómetros el primer mensaje telegráfico: ” Lo ha creado Dios.” El tiempo gastado en el mismo, se ha calculado hoy fue de una cinco milésima de segundo. Morse advirtió que el impulso energético de debilitaba por la distancia, pero superó el problema de una técnica también previstas por el bondadoso Henry.

En la cima de su notable acierto y dueño de la colosal fortuna que le deparara el telégrafo, Morse negó el soporte, imprescindible a todas luces, que había encontrado en las enseñanzas de Henry. Tuvo además el mérito de introducir en América del Sur el primer daguerrotipo y de intervenir en la planificación de los cables submarinos. Pero las satisfacciones, los honores y el dinero que tanto acumulara eran insuficientes para despertar su sentido de la bondad y de la solidaridad. En 1865 se indignó, a pesar de que era norteño, por la derrota que sufrieran los sureños, pues compartía el criterio de que los negros eran inferiores y su destino no podía ser mejor que el de los esclavos.

julio 10, 2010

Sin el motor eléctrico el hombre sería un huérfano en las grandes urbes pero sigue en el anonimato Joseph Henry, el que la inventó.

En 1831, Joseph Henry inventaba el motor eléctrico con est emodelo, que era capaz de hacer ciertos casos el trabajo de los motores a vapor.

Hubo en el siglo pasado un norteameriaco excepcional, que renunció al precio que compatriotas suyos, le pusieron al fruto de su ingenio y de su creatividad. Se llamó Joseph Henry (1797 - 1878) , quien fuera más competentes que Morse y tan innovador como Faraday. Sin embargo es poco menos que desconocido, como si la modestia de su existencia le restara brillo a su posteridad. En 1810 era uno de los chiquillos sin rumbo que deambulaban por Albany, New York, su ciudad natal. Luego de una pasantía ligera por la escuela primaria, habría de dejar los cuadernos en que escribiera sus primeras letras para iniciarse como aprendiz de relojero, en una tienda de reparaciones, en la que además de adquirir un oficio, le pagaban por ello.

Al despuntar en la adolesccencia, Henry hacia gala de un temperamento extrovertido y observador y una inteligencia avivadada a menudo frente a las cosas inexplicables que trataba de comprender. En la casa del pastor de su comunidad encontró un libro que sería para su ingénita curiosidad puerta abierta de un mundo llenos de hechos penumbrosos pero fascinantes. Se llama: Lecturas de Filosofía Experimental, tal contenía la información acumulada hasta entonces sobre un fluido misterioso y excitante: la electricidad. Al terminarlo sintió la ansiedad de seguir internándose en tan extraños parajes del conocimiento y con ese fin frecuentaba en sus momentos libres las bibliotecas públicas donde hubiere textos con el mismo material.

No tenía ni siquiera el certificado de escolaridad pero gracias a su sobresaliente examen de admisión, pudo ingresar como alumno de Física y Matemáticas de la Academia de Albany. Costeaba sus estudios con los estipendios escasos que percibía como maestro rural y por sus clases a domicilio. Cuando se graduó como ingeniero, la institución decidió contratarlo a tiempo completo, exonerándolo, por los altos dones de su talento y de su trabajo del nutrido curriculum que solía pedirles a sus nuevos docentes. Como empleado las noches en la exhaustiva preparación de las clases, sólo en las vacaciones de agosto realizaba sus originales experimentos.

A la sazón, los electroimanes eran como juguetes mágicos en manos de los investigadores. Tenían el defecto de los cortocircuitos que ocurrían en el enrollado de los cables desnudos en torno a una pieza de hierro. Henry sortéo este problema, mediante un sistema de aislamiento que eliminaba la contrariedad. Fabricó electroimanes que levantaban pesos hasta de una tonelada. Los manucafturó de distintos tamaños, inclusive los que cabían en la palma de la mano. En 1831 echaba las bases del telégrafo. Abriendo y cerrando un interruptor trasmitía corriente por un cable que, a mil seiscientos metros (una milla) comunicacaba a un electroimán la energía para atraer una barra metálica y rechazarla, producciendo un repiqueteo de tac tiqui tac.

Joseph Henry fue también el creador del primer sistema meterológico norteamericano, que se auxiliaba con la información telegráfica del clima en los diferentes estados de la Unión.

Henry advirtió que la corriente se debilitaba durante el recorrido. Par hacer que la señal sonora llegara lo más lejos posible inventó los relé o relevos, mediante los cuale sse restablecía la fuerza trasmisora de la electricidad, cada vez que empezaba a debilitarse. Asistido por un absoluto desprendimiento se negó a patentar sus distintos hallazgos. Entregó los que ya referimos a Samuel Morse, quién los utilizó sin reconocerle ni el menor mérito a su verdadero autor.
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La invención del relé .

Funcionamiento del relé.

Henry descubrió también la inducción magnética al mismo tiempo que Faraday. Mediante la misma, las fuerzas de la electricidad y magnetismo pueden engendrar otras en su torno, en objetos con los que no tiene ningún contacto. Un fenómeno de inducción es el que se produce cuando un clavo atrae a un alfiler porque en las próximidades se halla un imán. Henry encontró también la autoinducción, pero el más notable de sus inventos fue el que hizo aprovechable la electricidad: el motor eléctrico. Henry advirtió algo que como suele ocurrir, parece hoy muy sencillo. En dinamos como los de las bicicletas, el roce del caucho hace rotar las bobinas en medio de imanes para originar electricidad. En los motores, es la electricidad aplicada a los imanes la que hace girar las bobinas, originando el trabajo de las licuadoras, las neveras, lavadoras de nuestros hogares, o las grandes maquinarias fabriles.

La Ciencia Amena de Arístides Bastidas.

15/04/1983

enero 06, 2005

Hace más de un siglo y medio el autodidacta Joseph Henry creaba un eletroimán que atraía pesos de una tonelada.

La Ciencia Amena. Arístides Bastidas.
Un día tal como hoy, 6 de Enero de 1987.

La electricidad sigue siendo en estos días en que podemos escudriñar las profundidades del universo y las intimidades del átomo, una fuerza que se deja manejar conservando oculta su identidad, igual que el magnetismo, la otra cara de la moneda. A comienzos del siglo pasado advertía la estrecha relación entre estos dos fenómenos, por efecto de la casualidad y de la virtud más peculiar de los investigadores, la observación. Simplemente, se fijó en que la aguja de una brújula se dejaba atraer por un cable cargado de corriente. Un notable estudioso autodidacta ampliaría las consecuencias de este hallazgo, después que inglés Sturgeon construyera el primer electroimán que podía levantar pesos equivalentes a cuatro kilos, veinte veces mayor que el del aparato.

Joseph Henry (1797 – 1878) se daría cuenta de que el poder del electroimán sería más grande si los hilos arrollados en la herradura de hierro respectiva, se recubrían de un material aislante que impidiera la pérdida de electricidad por cortocircuitos. Antes de conseguir el revestimiento del alambre de sus bobinas, se dice que tuvo un pleito con su mujer por haber utilizado durante sus ensayos la seda de un vestido de ella. Resuelto el problema a sus colegas de la Albany Academy, con el electroimán que izaba pesos de ciento treinta y cinco libras el cual fue seguido por otro que levantaba una barra de una tonelada como si fuera una barajita. Estos avances carecían entonces de toda aplicabilidad y nadie habría intuido que serían esenciales en las fases superiores de la revolución industrial.

En el Instituto Smithsoniano se conserva pieza valiosa en la historia de la ciencia, el electroimán que en 1831 diseñara Henry. (Rep. Ruiz)


Henry tuvo una infancia paralela a la de Farada por la pobreza de su estrato social, por una escolaridad accidentada y por la necesidad de trabajar tempranamente. Así como el inglés fue aprendiz de encuadernador, Henry fue relojero. A los dieciséis años descubrió casualmente unos libros en una iglesia entre los cuales había uno que le llamó poderosamente la atención. Bajo su título de “Lecturas De Filosofía Experimental” resumía los adelantos en el dominio de la electricidad, considerada entonces erróneamente como un fluido. Con aquellas nociones empezaría a hacer experiencias de juguete.

Producía pilas pequeñas con el diseño establecido por Volta treinta años antes. Se colocaba los cables de los dos polos de las mismas en los párpados para distraerse con la ilusión óptica de chispas saltando cerca de sus ojos. Unía los cables a los extremos de los arrollados en el centro de una herradura para mover sin tocar los objetos metálicos livianos. Así comenzaría las experiencias que en 1831 le conquistaran la fama por la cual, a pesar de ser un empírico, lo harían profesor en Albany y después, en la jerarquizada Universidad de Princenton. En el curso de sus trabajos se hizo la pregunta siguiente:” ¿Si la electricidad es capaz de crear un campo magnético, éste a su vez no podría generarla?”


En 1983 el Congreso Internacional de Electricidad en Chicago honró la memoria de Joseph Henry bautizando con su nombre la unidad de autoinducción descubierta por él. (Rep. Ruiz)


Faraday se le adelantó dando una respuesta positiva al demostrar que una bobina girando en medio de un circuito de imanes producía electricidad en efecto. Correspondería a Henry la iniciativa de hacer que un electroimán atrajera y soltara una lámina metálica, en la medida en que se le transmitía y se le interrumpía la electricidad de una batería a través de un cable a una milla, es decir a mil seiscientos metros de distancia. Con desinterés pocos frecuentes, se abstuvo de patentar sus hallazgos y no cobró ninguna recompensa por la asesoría que le diera a Samuel Morse en Estados Unidos y a Wheatstone en Inglaterra para que instalaran las primeras líneas telegráficas.

Acogió deportivamente la ingratitud de los dos inventores que tampoco le reconocieron el crédito de haberles regalado el conocimiento precursor de las modernas telecomunicaciones. Henry concibió al principio de que si la corriente se le conectaba a la bobina eran los imanes en su torno los que girarían. Así previó el motor eléctrico, inventando en 1835, que hoy acciona las neveras, las aspiradoras, las licuadoras y otros artefactos domésticos e industriales. En homenaje a sus aciertos se le nombró presidente del recién fundado Instituto Smithsoniano, al frente del cual auspició la diversificación de la investigación científica en los Estados Unidos, en los cuales su muerte causaría tal conmoción que los funerales fueron encabezados por el presidente de la república y otras máximas autoridades al frente de una multitud sobrecogida



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diciembre 17, 2004

Lawrence el físico atómico que inventara el ciclotrón malogró las metas de su genio al respaldar el uso de la bomba atómica.


Ernesto Lawrence, Nobel en 1939, cuando trabajaba en aislar de las betas de Uranio, el peligroso U-235 que existe solo a razón de 715 centígrados por Kilo.

Se dice que David venció al gigante Goliat una pedrada en la frente, que le disparara como una onda a la que previamente le diera muchas vueltas con la mano. Soltó el improvisado proyectil cuando estimó que había calzado el impulso necesario para cumplir su cometido. Un procedimiento análogo, con las inevitables diferencias fue usado por Ernesto Lawrence para bombardear los átomos con el propósito de romperlos y conocer su estructura. Este físico norteamericano se ganó el premio Nóbel, al inventar un aparato dentro de cual los protones son lanzados contra el núcleo de un átomo. Durante su trayectoria describen círculos que aumentan su velocidad, a fin de que su choque con el blanco sea suficientemente intenso.

Este invento data en 1930 cuando Lawrence con sus 29 años, era el más joven de los científicos de la Universidad de California. Antes del que apareciera el nuevo instrumento denominado ciclo un, los investigadores empleaban algo así como la pistolitas para disparar las partículas. En los años 20 Routherford se había quedado boquiabierto, cuando algunas de las partículas alfa que arrojara contra una placa de oro, se había devuelto. El gran neocelandés decía que el hecho de había producido la impresión de una bala de 5mm que rebotara al aproximarse al papel de seda contra el que iba dirigida.

Posteriormente se supo la explicación de este fenómeno. La partículas alfa habían retrocedido porque su velocidad era demasiado pobre, para impedir que la repelieran los núcleos, que al igual que ella están provistas de electricidad positiva. Era imprescindible un método que incrementara el avance de los proyectiles subatómicos, para que el trabajo de los investigadores siguiera adelante. s Ernesto Lawrence dio la solución que muchos de sus colegas buscaban en la más importantes centros atómicos del mundo. Dentro de su ciclotrón hay una serie de electroimanes atraían a los protones y los repelían haciéndolos girar en órbitas en las cuales se aceleraban, igual que la bala cuando salen dando vuelta por el impulso que recibió en las estrías del cañón.



El Ciclotrón dentro del cual se aprovecha las características de las partículas electrizadas sub-atómicas de curvarse, formando una circunsferencia, cuando pasan por los dos polos de un imán.

Lawrence que naciera en 1901, se había graduado en 1920 en la Universidad de Dakota del Sur. Sur de PH lo obtuvo en 1925 en la Universidad de Yale , después de lo cual y gracias a la originalidad de sus trabajos, fue admitido en la Universidad de California. Su ciclotrón fue empleado inicialmente para elaborar isótopos radioactivos, cuyas emanaciones eran especialmente útiles en los tumores del cerebro. Después de 1939 cuando lo galardonaran en el Nóbel, Lawrence estuvo entre los hombres que intervinieron en la construcción de la bomba "A". De hecho, su ciclotrón perfeccionado, había ofrecido el modo inicial de desintegrar el núcleo atómico.

Por cierto que dentro de ciclotrón se comprobó que los protones a inmensas velocidades aumentaban su masa, la cual estaba previsto en la teoría de la relatividad de Einstein. Este primer acelerador de partículas fue seguido de otros como el betratón y el sincrotón, dentro del cual las partículas pueden marchar a 300.000 kilómetros por segundo. Estos últimos aparatos tienen dimensiones colosales, porque son las requeridas por los corpúsculos infinitesimales de la materia para dejarse examinar. El ciclotrón de los laboratorios de Brookhaver en Norteamérica es un gran túnel con 800 metros de circunferencia.

El interior de los mismos está vacío, con el objeto lde que los átomos del aire no ataje a las partículas aceleradas y a fin de que las mismas, se deslicen con el impulso creciente del niño que se lanza por largo tobogán. Desgraciadamente, labor de servicios de este innovador del conocimiento tuvo una mácula, consistente en el entusiasmo con que respaldó el empleo del artefacto nuclear contra Japón. Como se sabe Robert Oppheinhaimer y otros que encabezaran la fabricación de esa arma por temor a que los monstruosos nazis la alcanzaran primer, recomendaron que se le hiciera una demostración de su poder a los nipones, en una isla desierta y sin gente. Ernesto Lawrence murió en 1958 y en 1970 fue bautizado como el laurencio, elemento transuránico número 103, descubierto este año.

La Ciencia Amena. Arístides Bastidas.
Un día tal como hoy, 17 de Diciembre de 1981

diciembre 04, 2004

Los cinturones de Van Allen son reservas colosales de la más alta energía que tenemos en la Tierra.

La Ciencia Amena. Arístides Bastidas.
Un día tal como hoy, 4 de Diciembre de 1980

Este esquema nos muestra los cinturones de Van Allen cuya relación con el magnetismo terrestre fue comprobada haciendo estallar una bomba atómica a gran altura. (Rep. Garrido)

A 112.000 kilómetros de altura está una colosal fuente de alta energía que si el hombre pudiera usarla, quedaría libre para siempre de los conflictos del petróleo y de la mortificación de que se le va a acabar. Esos imponderables depósitos de fuerza están constituido por protones cargados de electricidad positiva y de los velocísimos electrones cargados de electricidad negativa. Son inconmensurables cinturones que llevan el nombre de J. A. Van Allen en homenaje al físico que lo descubrió en 1958, que por cierto vive todavía ¿Como hizo para detectar esas zonas cuando apenas empezaba el tránsito de los cohetes por el espacio? Van Allen nació en septiembre de 1914 y a los 25 años era un brillante de Ph en la universidad de Iowa, su estado natal en Norteamérica.

Sobraron las oportunidades de empleos de altas remuneraciones en las transnacionales del electrónica. Les hizo saber que no cambiaría por nada del mundo los rincones de su pequeño laboratorio. Se interesaba por los rayos cósmicos, esos potentes y no muy bien comprendidos compañeros de la luz solar. A través de ellos pudo estudiar mejor las ondas radiales a la que dio una aplicación bélica, destino infortunado de mucho conocimiento nuevos. Colocaba miles de transistores y de instrumentos dentro de una cavidad chiquita en los cohetes antiaéreos. Aunque estos proyectiles se dirigieran en línea recta hacia el avión enemigo, lo localizaban con sus ondas radiales que por otra parte, hacían detonar la carga destruyéndolo.

Obsérvese que Van Allen había inventado la miniturización de los aparatos electrónicos para el expresado fin. Esa experiencia iba ser decisiva para los hallazgos que le daría. renombre mundial . Su nación heredó de la sometida Alemania nazi, las perfidas V2 con que el fascista con Von Brau bombardeara impugnemente ciudades y aldeas de Inglaterra. Estos modelos fueron perfeccionados con el objeto de que tuvieran el poder de elevarse en la atmósfera hasta límites a las que no había llegado ningún objeto humano. En 1957 el gobierno estadounidense se consternaba al comprobar que los soviéticos habían partido primero con el lanzamiento de su Sputnik I, en la carrera del espacio. Llovieron los fondos para las investigaciones de este orden. Van Allen tuvo así recursos financieros para promover un programa con el que había soñado. Enormes globos se levantaban de tierra transportando cohetes y más tarde, eran disparados en la estratosfera o más arriba. De este modo se ahorraban todo el gasto mayúsculo que significaba el lanzamiento desde aquí. En su nuevo punto de partida de los cohetes no afrontaban la dificultad del despeje ni la de vencer la resistencia del aire denso que nos circunda. Lla miniaturización y esta técnica de lanzamiento le darían a Van Allen en la clave de sus búsquedas. Como los soviéticos desconocían la miniturización de Van Allen, np estaban en capacidad de alcanzar lo que él le esperaba a pesar de que llevaban la delante era.

En 1951 y después de muchos fracasos, los norteamericanos ponían en órbita su primer satélite Explorer I. Pesaba sólo un kilo como cuántos gramos pero en su interior llevaba innumerables mininstrumentos, capaces de transmitir a tierra una minuciosa información de los fenómenos que captaran Van Allen y sus colaboradores fruncieron el ceño, al evidenciar el pronto silencio de las transmisiones del Explorer. Igual sucedió con los del Explorer III. Luego de un análisis prolongado, una sonrisa afloró en el rostro de Van Allen. Los aparatos dejaban de funcionar por la enorme concentración de energía que hallaban. Confirmó su opinión, al enviar nuevos detectores protegidos con plomo, lo cual era como ponerle lentes oscuros a una persona encandilada de luz.

Alguien le preguntó que para qué servían los cinturones de Van Allen y él, de buen humor contestó: "yo vivo de ellos". Son capas sobre el Ecuador especialmente, en que las partículas se mueven dentro dos polos del campo magnético. Por este motivo esa región es denominada también magnética. Van Allen ha sostenido que algún día los seres humanos habitarán en ciudades establecidas en plataformas espaciales. A los que se ríen de su vaticinio les replica persuasivo: "Eecuerden que cuando la aviación empezó todo el mundo pensaba que eso era cosa de locos. Los aeroplanos caían constantemente y hasta los hermanos Wright creían que no tendría más aplicaciones que las deportivas".



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