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marzo 22, 2020

La civilización perdida de la Atlántida es una de las ideas más platónicas de Platón




Según Platón la isla Atlántida era más grande que "Asia y Libia juntas" y estaba delante de la columna de Hércules. Muchos, aún conociendo ésto, lo han buscado en el mar Norte, en las cercanía de Ceilán y hasta el el mar caribe.

La hipótesis de que hubo una civilización perdida que habitara la misteriosa isla de Atlántida, se la debemos al señor Platón, quien la incluyó en un libro llamado “Critias”. Este filósofo fue el padre de grandes abstracciones, convertidas en armas que no sueltan ni para dormir, los idealistas modernos. Estuvo precedido por pensadores como Demócrito y Heráclito, quienes poseían una intuición, con la cual legaron concepciones tan acertadas que mantienen vigencia a la luz de los pensamientos más avanzados del siglo XX. Ellos fueron soslayados por sus sucesores. Se dice que Platón quien era de familia de noble y por lo tanto rico, usó parte de su fortuna en adquirir los pergaminos dejados por Demócrito a fin de quemarlos, porque no estaba de acuerdo con sus planteamientos.

Platón (427-347 a de C) quién fuera discípulo de Sócrates y que tras la muerte de éste realizó numerosos viajes por todo el mundo griego y egipcio, a fin de ampliar su conocimiento.

Platón cuyo verdadero nombre era Aristocles, recogió al parecer, la leyenda egipcia de unos pueblos extinguidos, sin que dejara rastro alguno, cerca del estrecho de Gilbratrar. No pudo terminar la obra donde repetía el cuento porque lo sorprendió la muerte, o porque se dio cuenta de que los misteriosos atlántidos tenían una organización que no cuadraba con la que él, pensaba darle a los griegos. Este señor era tan utópico que proyectaba una sutil esclavitud de sus contemporáneos, pues quería reglamentarles la existencia a la salida del sol de un día, hasta la salida del sol del día siguiente. Esta noción de la Atlántida sobreviviente gracias a la promoción que le hiciere el ateniense , ha llegado hasta nuestros días y en los pueblos latinoamericanos es sostenida exclusivamente por traficantes de la ignorancia, que dicen estar en posesión de los secretos y de los progresos alcanzados por la sediciente cultura atlántidos.

No debe ser confundida esta idea supersticiosa que lleva veinticuatro siglos, con la concebida por los geólogos, según la cual en remota época, Suramérica y Europa formaban un solo continente que tendría la misma denominación. Los indicios de tal teoría estarían en los parentescos que se hallan en las plantas actualmente existen en el Viejo y en el Nuevo Mundo. El sujeto de nuestra especie, jactancioso de haber desentrañado la energía del núcleo atómico y de iniciar los viajes al espacio interplanetario, está tan obsesionado por las búsquedas mágicas como los sacerdotes egipcios, que examinaban el firmamento nocturno sin más auxilio que el de sus ojos o los creyentes medievales que veían fantasmas y demonios en todas partes.

Yo observo un paralelismo entre las discusiones de personas serias acerca de los platillos voladores y de los visitantes extraterrestres, con los debates que protagonizaban los antiguos doctores escolásticos, acerca de la virginidad de los ángeles o sobre el número de diablos que cabían en la punta de un alfiler. Las exploraciones con el fin de comprobar la existencia de la Atlántida de Platón, tuvieron un éxito al obtenido por los investigadores venezolanos que fueron al Medio Oriente, becados por la nación a fin de encontrar los restos del Arca de Noé. Es decir, no llegaron a ninguna parte.

Lo único que se sabe que la desembocadura del Guadalquivir en el Atlántico existió hace cuarenta y cinco siglos una ciudad llamada Tarteso, floreciente por su producción de bronce y siempre llena de turistas por la fama pecadora de que tenía. Isaías profetizó la desaparición de esta urbe, que en efecto, fue eliminada por los fenicios a fin de que no compitiera con Gades, hoy Cadiz, donde sus negocios les daban más utilidades.

Esta pudo ser la Atlántida. Hace más de treinta años se creyó que en un gran barco, hundido a setecientos setenta y dos metros frente a la costa noroccidental de España correspondía a la mencionada ciudad. El barco oceanográfico inglés Discovery II, palpó el lecho del mar con sus delicados aparatos, lo retrató y acabó con las ilusiones que se habían hecho los amigos de la fantasía, pues no halló muestras de cerámicas, de huesos, de edificaciones, ni de nada que tuviera que ver con una metrópoli sepultada.

diciembre 16, 2014

Hoy no les hablaré de ciencia pero si quieren la bienaventuranza pueden leerla en estas frases en la que intento un canto al optimismo.




El entusiasmo por la vida abre las puertas de un cielo que está aquí mismo y acaso, más azul que el de allá arriba. Las discordancias del vivir son la otra cara de la moneda. Pienso que son lógicas en una humanidad que evoluciona para alcanzar la armonía consigo misma y la de sus ariscos individuos. Sin la razón no conseguiríamos una razón. Sin las tinieblas ingnoraríamos el esplendoroso valor de la luz y sin la tristeza no podríamos evaluar el candor de una sonrisa amiga. La nostalgia de las cosas buenas, de que nos hablara don Antonio Machado, es maestra y compañera de la gente sabia como usted o como yo. El tormento le comunicó Beethoven la fuerza indescriptible con que interpretó en la Novena Sinfonía, la Oda a la Alegría de Federico Schiller. Ningún ser creador sufrió tantas perturbaciones como este genio que, sin embargo, le entregó gentilmente a la vida, el testimonio de una obra triunfal.





Sordo y solitario, Beethoven se desquitaba diciendo: "la felicidad pasa, mi música queda".


Todo indica que la consagración del hombre cierto se conquista con una alta dosis de verticalidad frente a las mortificaciones. Es bueno que existan para que de vez en cuando nos regalemos el alivio de haberlas doblegado. Yo, que permaneco entre las sombras, he aprendido a confiar en ellas. Los soles que cargo en la imaginación, ustedes no me lo van a creer, me parecen más claros que lo que conocí en mi pasada era de vidente. Añoro la policromía del paisaje y el raudo transitar de los pájaros. Más, me desquito con frecuencia soñando en tecnicolor. Y así, estoy absolutamente convencido de que la noche es inocente y que los espantos existen en la oscuridad sólo para los tontos que le dan luz verde.

Convivir es un reto continuo porque es un arte difícil. Somos los miembros de una especie forzosamente gregaria. Cuando soslayamos esta norma, engañados por un eco díscolo y contradictorio, desembocamos en la soledad. Ya sabemos el costoso precio de sus servicios que nos presta, por cierto, sin que se lo pidamos. Éste antagonismo entre nuestro yo y los mandatos del especie, se refleja en una continua actitud crítica. Ella es necesaria y requiere un componente esencial, la equidad. No es subrayando los defectos ajenos y olvidando los nuestros cuando podemos vivir y dejar vivir. Es asumiendo una noción valiente de nuestras buenas y malas cualidades como podemos apreciar mejor las ajenas y tolerarlas. Generalizando esta conducta, los términos del intercambio recíproco nos librarían de tantos pesares artificiales.

La vida es un fabuloso don y no nos costo nada. Las tenemos gracias a una fortuna excepcional. Representamos a una célula venturosa y vencedora en la mas extraña y comprometedoras de las competencias de velocidad en el microcosmos. En efecto, apenas expulsado del líquido seminal, 300 millones de espermatozoides se lanzan en una carrera apresurada para conquistar el premio. Este consiste en obtener el albergue seguro en la cavidad del óvulo. Ese victorioso microorganismo, rey de los campeones, único sobreviviente entre 300 millones de rivales, es el que engendró el cuerpo y la personalidad que nos acreditan. Por esto, decía que al llegar a este mundo hemos tenido una suerte excepcional, digna de una reverencia y de una estimación perpetua.

Sé, desde luego, que en el planeta hay una parodia del infierno que, según dicen, nos espera al otro lado. Estoy persuadido de que a medida que se afinen la voluntad y la ética del hombre, se irá apagando los braceros que tan diligentemente oxigenamos nosotros mismos. Algún día el progreso de la conciencia será tan formidable que nuestros descendientes, en un porvenir aún lejano, nos verán como nosotros al Pithecanthropus Erectus. La barbarie no es una obligada peculiaridad en nuestro género. Aunque la historia está plagada de capítulo mostruosos, las fuerzas del bien han concluido, tarde o temprano, por someter a las del mal. Este hecho, reiteradamente evidenciado, fundamenta mi optimismo. Por otra parte, el sufrimiento es un constituyente natural de la vida. Les regalo hoy una de las fórmulas con que suelo mitigarlo: Sé sonreir ante mis propias penas e intento comprender las de otros. Esto es algo que aprendí de ustedes y esto es algo que tengo que enseñarles.

Quisiera precisar que a mi modo de ver, es falso el optimismo de espaldas a la realidad del entorno familiar y social, así es el que nos entona cantos de sirenas, sin fundamentarse en la fuerza de trabajo y la voluntad de ejecutarlo honestamente. Desde niño recibí de la naturaleza la lección de que el esfuerzo y la convivencia pagan bien. Eso lo deduje al ver los resultados de esa alianza aparentemente lírica que nos mantenían las laboriosas abejas con las flores y con sus néctares, desde luego.

La Ciencia Amena. Arístides Bastidas 
9 deDiciembre de 1991

diciembre 24, 2012

Nos enseñó más que periodismo.



En estos momentos, Arístides me estuviera diciendo: “Llore pero trabaje”, tal como lo hacía cuando me inicié con él en el periodismo hace 13 años. En aquel momento, como buen maestro, insistía en que nadad era fácil y que las cosas se aprendían haciéndolas, así que no importaba que rompiéramos cuartillas y cuartillas hasta que nos saliera bien la información.

Pero, hoy estoy reviviendo aquellos inicios con la diferencia de que me cuesta escribir un texto sobre alguien que me enseñó más que periodismo y a quien le debo lo que soy.

Aunque no hubiéramos querido que llegara este momento, debemos reconocer que nuestro “profe”, como lo llamamos, nos enseñó a enfrentar la vida con entereza y valentía. Y ahora, con dolor enorme, porque no lo podremos ver más, sentiremos que estará presente, porque siempre seremos los alumnos de Arístides no importa en cual redacción o periódico nos encontremos.

Nos hizo periodista de pico y pala como lo fueron él y hombres de la talla de Miguel Otero Silva, Oscar Guaramato o Cuto Lamache. Se sentaban a nuestro lado, como muy pocas veces sucede en estos tiempos, para corregirnos las fallas y errores. Así, El Nacional se convirtió en una segunda universidad para nosotros, porque cumplíamos con nuestras clases en la UCV y luego completábamos nuestra formación en la Brujoteca.

Una vez que estuviéramos bien formados y preparados nos enviaba a la redacción del periódico para que nos defendiéramos con todo lo que nos pautaran Prueba de ello es que muchos de los exalumnos de Arístides se encuentran en los medios de comunicación, ejerciendo con responsabilidad todas las fuentes que le asignen.

Durante nuestra permanencia con él, nunca sentimos que Arístides estuviera a oscuras o que sus pies estaban paralizados, porque jamás nos demostró sufrimiento, Trabajaba con ahínco y con entusiasmo, disfrutaba la música clásica, pedía que le leyeran los últimos best-sellers, hacía vida social e incluso se echaba su “palito” de vez en cuando. Esto, sin contar la cantidad de actividades que ejercía en pro de nuestro país. Mucha gente al verlo ciego y paralítico, decía que le daba vergüenza quejarse de un dolor de cabeza o gripe. Otros, confesaban que se hubieran suicidado de estar en esas condiciones. El nada le amargaba y a todo le veía su lado positivo.

Prueba de ello es que aún en sus últimos momentos, estando enfermo en el hospital, solicitaba permiso para ir a El Nacional a trabajar. Recuerdo que nunca falló y siempre, aunque fuera a las 5 de la mañana, se dedicaba hacer trabajos especiales como el de la Navidad, Semana Santa o la Batalla de Carabobo. Esa constancia por el trabajo nos inculcó siempre y para él no había horario ni días feriados.

Aunque desde hace siete años culminé las pasantías con él, perduró la costumbre de visitarlo regularmente. Interrumpíamos momentáneamente su trabajo en La ciencia Amena, para conversar desde algo íntimo y personal hasta un problema de actualidad.

Ahora ya no iremos al tercer piso donde se encontraba su oficina, pero seguro que nos encontraremos por todos lados con una foto, un texto, un libro suyo, una anécdota y un recuerdo.

Marlene Rizk.


julio 09, 2011

Hasta siempre, Facundo Cabral, Trovador de sus aventuras.


Amigo Facundo, jamás pensé vivir dos veces con tanta similitud la intensidad del dolor, la tristeza, y esta profunda y altísima arrechera acompañada con lágrimas cuando nos sorprende el infortunio y la adversidad de la vida. Lo sentí cuando se nos fue trágicamente el extrañable amigo cantor del pueblo venezolano, Alí primera. Hoy es por usted, maestro Cabral.


Sí estoy deprimido, no estoy distraído, distraído de la vida que me puebla. Cantor de caminos, Trovador de sus aventuras, hoy estamos conociendo la soledad que tanto tu conociste y que te fue fundamental para vivir. Estoy deprimido, no estoy distraído, simplemente estoy profundamente arrecho, indignado y consternado por tan trágica partida.



Vuele alto Trovador, Sara te espera.


Félix González B.
09/07/2011

marzo 12, 2011

Amor al Maestro.

Escribir unas pocas líneas que reflejen la grandeza de un hombre, y demostrar con ella la admiración que hacia él se siente, resulta muy difícil, sobre todo en momentos como éste. Sin embargo, ¿Cómo eludir el compromiso ante quien ha sido para nosotros el hombre que en los últimos años fungió de guía, en una sociedad donde son muy pocos los que sirven de ejemplo?


Porque Arístides fue uno de esos hombres, que aún cuando el destino le tocó múltiples obstáculos, supo vadearlos unos a otros, al tiempo que permanecía en su puesto de batalla para ejercer con dignidad el oficio del que siempre se vanaglorió: el periodismo.

Quizás esa fue la más grandes de las enseñanzas que pude adquirir en estos trece meses de pasantía con el “profe”, en el tercer piso del viejo edificio de El Nacional. Allí, en “esa escuelita pirata que es la Brujoteca”, como solía llamarla, nos dejó el secreto de su grandeza, que no era otra que la responsabilidad como el mejor instrumento para ser útiles en cualquier función a desempeñar.

Y pobre de nosotros si incumplíamos nuestras responsabilidades, pues en ese momento la firmeza del carácter del maestro caería sobre quien fallara, para hacer recordar que, por ejemplo, la puntualidad en el trabajo era una de las mejores muestras de honestidad que esbozaríamos a lo largo de nuestras vidas. Luego, como el buen amigo que fue, pediría que escogiéramos un tema para desarrollar en La Ciencia Amena, y así volcar otra lección magistral, al poner la ciencia al alcance de todos con palabras sencillas, como lo mandaba José Martí.

Muchas de las anécdotas de Arístides en estos dieciocho años de trabajo con su casi treinta alumnos, y muchas las enseñanzas de prodigó, como hacedor de talentos en su escuela de periodismo. Posiblemente no sea yo de sus más aventajados discípulos en el ejercicio de este oficio, pero seguro que con sus lecciones de dignidad, fortaleza y humanidad, él estará más que satisfecho, pues ese es un gran legado.

Hoy recuerdo el día en que el “profe” recibió la noticia de la muerte de Juan Inojosa. Después de soltar la bocina del teléfono, soltó su llanto como un niño desconsolado, para luego responder que cuando uno tienes ganas de llorar debe hacerlo, sobre todo cuando las lágrimas las motiva un verdadero amigo.

Todo eso que encontramos en él es difícil de hallar en cualquier persona. Quizás sea que los valores han cambiado y esos románticos de otrora se extinguieron con Arístides.


Por Iván González R.

El escudero del crepúsculo se fue a encender aurora. (Por A. monte de Oca. 24/09/92)

Ese 12 de marzo de 1224, los campesinos de San Pablo, un pueblito de Yaracuy, festejaban que a Castorila de Nemesio Bastidas le había nacido un varoncito. Lo llamaron Arístides y sus padres pensaron que sería pulpero. Por eso aprendió matemáticas rápidamente, contando las hormigas, los pájaros y las estrellas.

También fue monaguillo, hasta un día, en plena misa, el sacerdote lo golpeó en la cabeza porque -embebido en el ritual- el muchacho respondió en voz baja los latinazos. Arístides esperaba que Dios lo defendiera: pero el Altísimo no hizo ninguna manifestación de reproche. Entonces, Bastidas suspendió su fe por largos años, hasta que la Ciencia y la Naturaleza lo convencieron de que tenía, necesariamente, que existir “una fuerza, autora de tanta maravilla”, como decías a sus alumnos.

Un buen día, los Bastidas viajaron a Caracas, atraídos por el espejismo de una vida mejor. Pero como todos los espejismos, éste también se rompió. Nemesio, el alegre guitarrista, murió, y Arístides salió a la calle a inventarse una vida. Dejó el bachillerato en el primer año, y abordó mil oficios hasta dio con aquel al que consagraría su vida: el periodismo.

Militante comunista desde siempre, leía fogoso editoriales de la Confederación de Jóvenes de Venezuela, en Radiodifusora Venezuela, Radio Libertador y Radio continente, hasta que en 1945 entró a Ultimas Noticias, donde le pagaban un centavo por cada centímetro de columna publicado.

En este diario entró por casualidad. Contaba iba allá todos los días a jugar con amigos. “Había que tirar un locha hacia una pared y quien la tirara mas cerca de la pared, se ganaba todas las lochas. Yo siempre ganaba, porque tiraba una locha de plomo que había lustrado con un papel de lija: Paraba dos bolívares y con eso almorzaba”.

En esas estaba un día, cuando Víctor Simone de Lima le propuso que hiciera una encuesta sobre el aumento de la carne –de 1.50 el kilo había pasado a 1.75 – porque no había periodista en el diario en ese momento. Así se incorporó al diarismo.

Poco después pasó a El Nacional, diario en el fundamentalmente cubría política. En los años de la dictadura de Pérez Jiménez, Bastidas fue uno de sus más encarnizados opositores, hasta el punto de que el General le dio Barquisimeto por cárcel. En esa ciudad estuvo más de un año como corresponsal de El Nacional, hasta que le dieron permiso para volver a Caracas. Desde esos tiempos oscuros, se dedicó al Periodismo Científico, especialidad de la que fue fundador en nuestro país.

La servicia de la Seguridad Nacional era tal que cuando lo apresaban bajo sospecha de la conspiración, lo sometían a la tortura silenciosa. En vez de colocarlos sobre rines de cauchos o de golpearlos, lo metían en calabozos húmedos y lo bañaban con agua fría cada pocas horas. Con esto, despertaban al demonio que habitaba en su cuerpo: la artritis, que lo iba entumeciendo.

Recordemos que a los 21 años, esta enfermedad lo dejó inválido, y un médico le diagnosticó que jamás se pararía de la cama. Con su firmeza habitual, Bastidas le dijo al especialista “Claro que me voy a parar de aquí”. Y nos sólo se paró, sino que se convirtió en uno de los periodistas más laureados de la historia del reporterismo venezolano. Ganó dos veces el Premio Nacional del Periodismo, el premio Latinoamericana de Periodismo Científico “John Reietemeyer”, varias veces el Premio Municipal, y hace diez años, el Premio kalinga de la UNESCO, un galardón de reconocimiento mundial, así como todas las medallas y condecoraciones de este país.

También fue uno de los fundadores del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Prensa y del Instituto de Previsión Social del Periodismo. Sus aportes al sindicalismo venezolano son numerosos.

Viente años atrás, un accidente lo dejó completamente inválido y ciego, y lejos de amilanarse, se entrenó. Continuó con su columna, La Ciencia Amena, que tenía apenas un año de nacida y se entregó a la página Científica del diario. Allí comenzó su gigantesca labor de formación de periodistas científicos, y sus luchas en pro de vincular al sector científico y de investigación, con el sector productivo.

La asombrosa magnitud de los aportes de Arístides, y su multidimensionalidad como periodista, político, gremialista, maestro y ser humano, explican por qué será tan difícil llenar el espacio que hoy nos deja atrozmente vació.

Por Acianela Monte de Oca.

Los Ojos del Futuro.


Nunca nadie fue tan determinante en mi vida. Cuando llegué a trabajar con él, acababa de cumplir de 20 años. Tiempo atrás, había leído su primer libro “La Ciencia Amena”, y estaba decidida a ser periodista científica. Y quería formarme a su lado.

Aprendí mucho más que eso. Arístides fue una lección permanente de vida, de amor por los demás, y sobre todo, de pasión por el periodismo como cátedra masiva. “Donde quiera que una persona resida, tiene deberes con la Humanidad y debe cumplirlos sirviendo a la comunidad que le da aliento y abrigo”, decía. Siempre sonriente y lúcido, nos enseñó a desconfiar de los libros, a duda de todo. Hacía hincapié en la necesidad de investigar, de hablar claro y con humor.

Arístides estaba ciego, quizás por que había donado sus ojos al futuro. La artritis y un accidente le paralizaron las piernas, pero no fueron obstáculos para que llevara sus pasos más allá de generaciones que lo acompañaron. No sólo se convirtió en el maestro por excelencia de las nuevas generaciones de periodistas. También sentó las bases del intercambio entre el sector productivo y los centros de investigación, única manera, a su juicio, de propiciar el desarrollo del país, y de logra la autodeterminación tecnológica, meta que aún estamos lejos de alcanzar.


Pero era humilde, a pesar de su grandeza: “En mis días de lampiño mozalbete tenía ínfulas de redentor. En los de madurez que me acompaña hoy, a Dios gracias, me conformo con mi pequeño papel entre los escuderos del crepúsculo”

Nunca permitió que la tristeza lo limitara. “Una vez escribí que lo bueno de las lágrimas es que despejan los caminos del júbilo. Y es por eso que he podido permanecer entero y útil, en un activo desquite frente a las contrariedades, que parecieran no darse por vencidas”.

Era un defensor de la justicia y de la honestidad. Por eso señaló los errores de esta democracia, sin perder la fe en los valores intrínsecos del país. En una de las pocas columnas que escribió este año, decía: “Debemos confiar en que más pronto que tarde, el rearme moral habrá alcanzado el nivel crítico para que Venezuela sea la patria digna de Bolívar y de los desarrapados soldados que le siguieron y que también luchaban por una vida mejor y justa.”

La gigantesca obra de Arístides fue reconocida mundialmente, al punto que la asamblea en pleno de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura, le otorgó en París el Premio Kalinga, en medio de un aplauso cerrado.

En nuestro país, ciertamente hubo reconocimientos y homenajes por toda la geografía, pero muchas veces Arístides debió defender con las uñas el dinero para continuar su obra en Ciencia al Día y el Círculo de Periodista Científico. Arístides siempre enfrentó la incomprensión de quiénes no tenían visión de futuro.

Como sembrador bíblico, regó semillas de esperanza y de conocimiento a su paso, y por esto, aunque lloremos su ida física, tenemos conciencia de que su obra lo trasciende y permanecerá entre nosotros. A sus alumnos nos queda la dura tarea, el ingente compromiso de continuarla.
Acianela Monte de Oca.

Estará siempre con nosotros.


“Tu que acostumbraste / a todas esas cosas / y tú me enseñaste/ que son maravillosas…. Así suelo cantar y él sonríe cuando decimos que es el Himno de la Brujoteca.

Recuerdo que una vez llegué con un retraso de cinco minutos. Apenas puse un pié dentro de la oficina, me dijo- ¿Por qué llegas TAN tarde?. “¿Tan tarde?.- respondí ¡Pero si apenas son la 1:05 pm!.” Entonces fijó sus ojos en mi rostro, con su mirada arropada por un manto de luz inconclusa, que con ver nada observa mucho, y me contestó suave pero firme: “Cinco minutos es mucho para mí”. Eso bastó para que de mi reloj, la 1:105 desapareciera para siempre y fuese sustituida por las 12:50 e, incluso, por las 12:45.

El borró la palabra “tarde” de mi frente. Me la quitó con sus manos pequeñitas, siempre dispuestas a tenderse y la guardó en su vieja maleta de Maestro, junto a mi impaciencia, mi nerviosismo y la terquedad propia de una cría de apenas 18 años.

¿Qué se fue de Arístides? ¡Qué se va a estar yendo nada! Mentira. Es demasiado largo, profundo, enorme, como para desaparecer así como así. El no nos dejaría por nada y, si acaso desapareciera, nosotros sabemos dónde buscarlo: hacia adentro, donde late, allí siempre ha estado.

Cinco años trabajando frente a él. Toda la vida aprendiendo de él. ¿Qué? Periodismo científico, humanidad, historia, ser, política, reír, ciencia, estar, filosofía, celebrar, enfermería, ayudar: VIVIR. El me decía, en un principio, “La Tromba Marina” “ y es que no hubo un escritorio que yo no tropezaba o un objeto que no se me cayera. “Yo la voy hacer cambiar, ya verá”. Y lo hizo. Ahora dice que soy una simple brisa tropical. Se ríe, cruza los brazos y apenas entra Asdrúbal en la oficina, me dice: “Cómo es el poema, Magda. Dígaselo, dígaselo a Asdrúbal”.

Y yo comenzaba: “Hombres necios / que acusáis a la mujer sin razón…” Y se volvía a reír mientras comentaba “¡Qué bueno es! ¿Ah? ¿Qué bueno!”.

Al momento de trabajar siempre va de primero y al momento de celebrar, siempre sale de último. “Vamos, profe, es tarde ya”. “¡Qué vaina, ahora que el bonche está bueno, ustedes se quieren ir!. Cinco minutos más y les doy la cola. “.

Y pasaba hasta una hora. Afuera la noche ganaba terreno y nuestros días, el de adentro, brillaba cada vez más.


¿Qué se fue de Arístides? ¡Qué se va a estar yendo nada!. Por eso me pregunto / al ver que me olvidaste / porqué no me enseñaste / como se vive…….
Por Magda Echezurria

abril 05, 2008

Los niños ven la desnudez con inocente curiosidad: son los grandes quienes la contemplan con picara frivolidad.

En nuestro primeros años estamos liberados de los tabúes de la desnudez, pero en la madurez puede significar un pecado.


Cuando una niña y un niño se miran desnudos, su lógica funciona. ¿Por qué sin son iguales nuestros ojos, nuestras narices, nuestras bocas, nuestros brazoss, nuestras pierna y nuestros cuerpecitos, por que somos diferentes en esto? La mayoría de los padres no están bien preparados para responder la pregunta, y una gran parte de ellos se ruborizaría antes de contestarlas. “son diferentes en esto porque no son iguales en todo, por que tú eres un varón y tú una hembra”, es lo que habría que decirles de inmediato. En vez de ello, le sembramos con nuestra actitud una sensación de misterio y de cosa prohibida con algo tan natural como es la diferencia sexual. Es increíble que en los niveles actuales de la cultura humana, la gazmoñería siga desvirtuando la verdad.

Cuando mi hermanita me indagaba sobre lo que yo tenía, mi papá hacia gala de su sabia pedagogía campesina: “ese es un pichoncito que le compre a Arístides en Barquisimeto. A ti te compre esta muñeca ¿Qué prefieres?” y mi hermanita no habría cambiado por nada del mundo la muñequita de celuloide que guardaba en un rincón. De ese modo nos afianzamos en San Pablo el sentido de nuestro sexo. Yo me sentía orgullo de mi supuesto juguete y mi hermanita también lo estaba del suyo. De ese modo quedé bien formado, ya que si no soy un modelo en este aspecto, estoy a salvo de las falsificaciones necias o interesadas, de las cuales es objeto el sexo.

No hay nada malo en el deseo de algunas niñas de ser como sus hermanitos. Lo que en verdad les envidian es la libertad con que pueden subirse a un árbol o a un andamio. Como los varoncitos tienen todo esto es inusual que ellos quieran ser como sus hermanitas. Las limitaciones que sufre la mujer en todas partes la acompañan desde su infancia. Su mayor inclinación a la obediencia, el sometimiento que les impone la madre, se traducen en adquisición temprana de un carácter. La hembra es más disciplinada en la escuela y su vida interior es más rica y más metódica. Se queja menos que el varón por que es menos exigente y mas resignada. ¿Fue siempre así o este es un comportamiento surgido al calor de la civilización?

Yo creo que esto es de reciente data. El hombre primitivo no veía a la mujer como un plaza placentera. Actuaba impulsado principalmente por el instinto de la reproducción. Se dice que los instintos andan desbocados. Esta cualidad del instinto sexual es nueva entre los humanos. Ningún instinto más moderado que el sexual entre los cavernícolas. Ellos, al hacer el amor, aceptaban el control de las leyes naturales que el nombre moderno pisotea en similares circunstancias. Ante el cerco que le tiende el macho, la mujer ha desarrollado defensas. Entre ellas está la de meditar cada uno de sus pasos. Como el hombre no esta obligado hacer lo mismo, medita menos y madura menos.

Por estas razones, una muchacha de veinticinco años posee una inconsciente experiencia, mayor que la del joven de su misma edad. La mujer madura pronto y el hombre madura tardíamente. La mujer suele casarse con un hombre que le aventaja varios años de edad. Esto se debe a que solo un cónyuge mayor que ella, la esposa encuentra el equivalente aproximado de su madurez. Estudios realizados por la Liga Venezolana de Higiene Mental revelan que es pura patraña de versión, según la cual, el hombre es mas ardoroso que su compañera. El gusto por el intercambio amoroso es igual en ambos. Solo que la mujer le atribuye una trascendencia superior y demanda un acopio emocional mayor para disfrutarlo integralmente.

Las hormonas femeninas son cuantitativas y cualitativamente igual a las hormonas masculinas, en sus correspondientes radios de acción, desde luego. Suponer que no es así seria como creer que dos corrientazos de ciento diez voltios son desiguales, porque preceden de baterías distintas. Es hora ya de tratar con adecuada franqueza a los niños. Ellos descubren nuestras mentiras y se ríen por lo bajo, cuando les referimos el cuento de la cigüeña. Entre los embustes que debemos derribar ya, está el de que la desnudez es un pecado. Sorprende que quienes más creen sean gentes piadosas. Es como si hubieran olvidado que Adán y Eva se pusieron la hoja de parra, después que cometieron la travesura de la manzana.

enero 07, 2005

Discurso de Arístides Bastidas ante la UNESCO al recibir el Premio Kalinga en 1980



Debo agradecer en una forma profundamente conmovida las palabras que acerca de este trabajador del periodismo ha dicho el Sr. Director General de la UNESCO con una muy noble generosidad. Debo agradecer a la UNESCO, a la Fundación Kalinga y a todos ustedes esta altísima distinción que en el momento de recibirla sentí que era tan importante como el día de mi nacimiento o como el día en que nacieran mis hijos. Muchísimas gracias.

Debo en estos momentos manifestar también mi gratitud por el Diario "El Nacional" de Caracas, vocero del pensamiento y de la cultura en América Latina, que me ha hecho el honor de acoger mis escritos durante más de treinta años en los que con mis esfuerzos de constante labor he querido manifestar el hondo amor que siento por la humanidad.

En nuestro país hemos estado haciendo un periodismo científico, en el que procuramos llevar mensajes con los cuales se contribuya a disipar la ignorancia de nuestros pueblos tercermundistas y se fomenten las vocaciones de los niños y de los jóvenes, por la ciencia y se siembre una conciencia pública en todos los niveles acerca del papel determinante que el avance del conocimiento desempeña en la lucha por alcanzar las cimas de un desarrollo social y humanizado. Nuestro periodismo científico atiende desde luego los principios de la divulgación, esto es, que sin desmedro de la seriedad del mensaje a nuestro cargo utilizamos licencias del periodismo, como la de emplear el lenguaje del pueblo para expresar las cosas que los científicos hablan en el lenguaje codificado de sus laboratorios. No despreciamos ni las imágenes ni las metáforas ni el aire risueño que hay en el lenguaje que hablan los hombres del pueblo y los hombres simples porque estamos al tanto de que ningún lenguaje habla con la precisión y con la claridad pedagógica que ése, del que nosotros nos valemos para exponer de un modo accesible las cosas más complejas del pensamiento científico.

Hace años, hace décadas, leíamos que el apóstol José Martí decía "Poner la ciencia en lengua diaria, he ahí un bien que pocos hacen". De igual manera, nuestro humanista Cecilio Acosta expresaba que lo que nos interesa no es la luz que se concentra, sino la luz que se difunde. Y ya saben ustedes que nuestro pensador universal Andrés Bello, a quien hace un año rindieran un hermoso homenaje en esta grandiosa institución, fue un divulgador de la ciencia que pedía que ella tuviera su estampa nacional, para que cada nación le aportara el tributo individual a fin de engrandecerla como el patrimonio más grande de todos los hombres.

Nosotros, por nuestra parte, hemos dicho que la ciencia debe ser cómo la luz del sol, que sale para todos. En fin, hemos procurado aplicar las técnicas mediante las cuales la comunicación pueda llegar a todos los niveles culturales, pero esto desde luego no solamente tiene los dos cometidos de que antes les hablé: tiene también el cometido de luchar contra el estorbo principal que afrontan actualmente los países tercermundistas en sus luchas por alcanzar un desarrollo social y humanizado. Me refiero a la dependencia tecnológica, que es actualmente la línea que define el carácter del tercermundismo a nuestra manera de ver, pues la dependencia tecnológica que crea dependencia económica crea también dependencia cultural y crea dependencia política. Y esta trilogía de gravámenes están permanentemente profundizando las crisis sociales que viven nuestros pueblos y las limitaciones mayores que cada vez deben afrontar con el objeto de saltar hacia los valles de la promisión, a los cuales también tienen derecho.

Reflexionando acerca de esta injusta distribución del conocimiento, hemos pensado que tiempo habrá en que la sabiduría sea distribuida equitativamente entre todos los componentes de la población humana, entre todas las naciones, para que todos puedan disfrutar de sus ventajas, de sus encantos, y de la dicha que ella puede proporcionar, porque la sabiduría fue acumulada durante muchos siglos no por determinadas naciones ni tampoco por determinados individuos, sino por la humanidad, para el bien de sus hijos en todas las generaciones que hayan de venir. Sin embargo, algo anda mal en la moral del hombre. Muchas veces pensamos que esa moral anda mal, porque permanece en la cuna y no ha logrado desarrollarse bien, para que en vez de las actuales actitudes presagiosas de ciertas potencias, tuviéramos como esperanza un horizonte lleno de perspectivas para gratificarnos el trabajo con la felicidad y con la dicha que le hace falta a muchos de nuestros pueblos tercermundistas, a pesar de la fecunda acción del trabajo intensivo que libran constantemente con el objeto de zafarse de las ataduras a que son sometidos por parte de las metrópolis. Consideramos, pues, que el periodismo científico, que no tiene política de ningún tipo, pero que tiene su propia política, debe encontrar en esta lucha contra la dependencia tecnológica una de sus más plenas justificaciones.

Hemos visto, con la debida consideración y el respeto que se merece, la determinación de la UNESCO de crear un nuevo orden en la información para el mundo. A estas alturas en que nos hallamos en vísperas del siglo XXI, y en que los niveles de la cultura humana se han acrecentado suficientemente, no se puede explicar que un servicio público tan importante como es el de los medios de comunicación social, que están llamados a incidir en la forja de las presentes y de las futuras generaciones, que están llamados a cumplir un rol fundamental en la educación de los pueblos, no se puede concebir que esos medios estén en manos de gente que con ellos no busca sino puras finalidades mercantiles, puros dividendos egoístas, puras formas de engrosar sus opulentas riquezas. Esto requiere porque sí una observación de fondo y una modificación substancial, porque no se pueden invocar la libertad de prensa, la libertad de pensamiento y la libertad de información para justificar la frecuencia con que en los espacios más sobresalientes de la prensa, la radio, la televisión y el cine se divulguen las cosas que expresan la desgracia humana, los robos, los estupros, los crímenes y las violaciones, mientras se colocan en segundo lugar tanto los hechos de los grandes pensadores como la significación de ellos como ejemplos señeros de lo que debe ser el hombre. Esta prevalencía de lo transitorio y de lo grotesco por encima de lo noble y de lo elevado, que es el hombre, me ha hecho pensar muchas veces que el periodismo, que los medios de comunicación, están en una edad paleolítica y no precisamente la edad de la piedra pulida, sino en la edad del paleolítico inferior; y que llegará algún momento de la historia de la humanidad, en que 1os periodistas se avergonzarán de que hubiera habido una época, en que se daba referencia a las cosas más monstruosas del ser humano en nombre del sensacionalismo y en nombre de la libertad de comercio.

Pienso que es hora de que haya una concepción más noble, más hidalga y más alta de lo que es el quehacer de la ciencia. No es posible que se esté utilizando a la ciencia con el objeto de fabricar los más monstruosos artefactos bélicos y que en la actualidad las potencias dispongan de aparatos con suficiente energía, para destruir este planeta y algunos otros del sistema solar, mientras tenemos que quejarnos de la escasez de energía para las cosas buenas de la existencia humana.

La ciencia tiene que ser reorientada y es necesario imponerle una moral, porque ella carece en si de moral y es necesario imponérsela desde fuera. Es necesario que la ciencia sea ribeteada con los caracteres humanísticos de que tiene que estar acompañada, a fin de que los traficantes de la guerra y la destrucción no la sigan usando para sus nefastos fines. Esto tiene que preocuparnos y esto es un viejo vicio del hombre, esto de utilizar algo tan noble y tan elevado como es el conocimiento para los fines de la ruindad y de la corrupción, para las cosas más contrarias de las que están encerradas en el corazón de los hombres. Ya en la época de Arquímedes se utilizaba su talento para fines bélicos e inclusive un humanista de la alta condición de Leonardo se prestó para fabricar tanques a fin de multiplicar las posibilidades bélicas de los príncipes de Florencia Y en nuestro tiempo, ya sabemos la tristeza de Albert Einstein cuando supo que la bomba atómica había sido tirada sobre Hiroshima y Nagasaki y sabemos también, de que ha habido hombres como Eduardo Teller y Samuel Cohen que con un siniestro ingenio y echando mano de los conocimientos que la humanidad adquiri6 durante muchos siglos, los utilizaron para fabricar la bomba de hidrógeno y la bomba de neutrones. Estos hechos son también repudiables por la moral del periodismo científico y son repudiables también por la conciencia de los hombres que tengan un átomo de sentido de lo que debe ser la justicia.

Es necesario que el hombre se yerga por encima de este estúpido sentido de la indignidad y de la inmoralidad, con el objeto de que rescate sus valores más íntimos y los ponga a flamear como las banderas de la esperanza y de la felicidad que tarde o temprano el hombre está llamado a conquistar.

Yo quiero finalizar estas palabras diciéndoles que la experiencia del periodismo científico que se ha hecho en Venezuela está a la orden de todos nuestros hermanos del Tercer Mundo y de las demás naciones. Y quiero decir también que respeto no solamente la ciencia que resuelve problemas de inmediato, sino también la ciencia que sirve para enriquecer el conocimiento humano, que fue la que principalmente se hizo durante muchos siglos. Quiero decir que respeto profundamente aquellas palabras inscritas en el Ramayana por aquel gran poeta Balmaqui, quien decía que el escalar la ciencia es un honor más alto que el de alcanzar un trono. Quiero decir, por último, que somos agentes del optimismo y que estamos permanentemente trabajando con la confianza de que la ciencia, que es el petróleo del porvenir, pero que tiene sobre él la ventaja de que es meta y no medio y que tiene sobre él la ventaja de que se puede renovar, mientras el primero se agota, quiero decir que la ciencia nos servirá algún día para sembrar por siempre la sonrisa en el rostro quebrantado del hombre contemporáneo. Muchísimas gracias.

diciembre 17, 2004

Los rumbos de la realidad son a veces distintos de los que conducen al sueño, pero aún así la vida es buena.

La Ciencia Amena. Arístides Bastidas
Un día tal como hoy, 17 de Diciembre de 1985


Los cisnes tienen la suerte de hacer sus ambiciones con sus posibilidades, cuando a la par de un lago encuentran a una novia...Eso no los libra del riesgo avieso de un cazador

A veces es bueno detenernos a la vera del camino para mirar el paso de los demás, revisar nuestras huellas y ver si vamos por el rumbo correcto o por el de las ilusiones. La resignación no debe estar en el equipaje de los caminantes animosos. Ella posee la triste propiedad de agotarnos las fuerzas antes del que las hayamos empleado. Resumirnos en una agonía artificial cuando aún fluye desbordante, la vida de nuestras vísceras. Ahora bien, hay circunstancias reales ante las cuales es menester una actitud parecida a la de la resignación. Esas circunstancias surgen ante hechos que sobrepasan el nivel de nuestras capacidades, aunque sea recia la voluntad con que los enfrentemos.

En estos casos están el labriego cuya diligencia, cuyos amorosos esfuerzos en el cultivo de la tierra son frustrados por la caprichosa naturaleza, que le niega la lluvia biehechora o se la manda en exceso. También el artista innovador que muere anónimo y luego la posteridad lo consagra. Lo mismo se puede decir del que almacena en su más nobles bríos para la conquista de un sueño o de un amor imposible, y la realidad se convierte en un obstáculo insalvable. Un ser humano puede llenarse las alforjas con todo los haberes morales, los honores y el oro de la tierra. Sin embargo, ese fabuloso capital no le bastará para comprar una migaja de afecto por la cual estaría dispuesto a sacrificar años de existencia.

El invisible puente umbilical que tenemos con nuestras madres, no deja de existir nunca, y lo percibimos cuando se rompe, porque se han mudado a la otra dimensiòn

Si el amor perdido o el que nunca se tendrá fueran alcanzables por medio sobrenaturales, el principal negocio de las trasnacionales sería el de los amuletos, sortilegios y talismanes. Si existe un mundo bienaventurado para los que han sido infelices en este, supongo que tendrá grandes mercados donde los clientes adquirirían a cambio de sus bonos desolados, la felicidad y otros bienes del sueño tan escasos en esta pequeña jurisdicción del cosmos. En el "Fausto" de Goethe, el gran romántico alemán, figura un melancólico Satán que protesta ante el Señor por los pocos privilegios que le han sido conferidos. El señor aduce: "¿De qué te quejas? Te he concedido al hombre". Y el Diablo, tan afligido como cualquier pobre diablo, manifiesta: "señor es que lo que he visto tan mortificado que siento piedad por él.

Es difícil. Cierta amiga mía comentaba que somos arrojados al mundo para cumplir un ejemplo tan complejo y tan accidentado como es el de la vida. Y sin embargo, no nos ponen bajo el brazo un manual de instrucciones, al menos para dar los primeros pasos. Nuestros sentimientos se confunde y ser decir tuvo un análisis. La inconformidad, fuente de las más grandes realizaciones, causa severos padecimientos a los que no sabemos encontrar el 1/2 entre nuestros anhelos y nuestras posibilidades.

Transformada en desmedida ambición, ácido elige de la fortuna de los ricos, y la causa de la trombosis coronaria o del cáncer estomacal de los que se quedaron en el camino.

El armador Onassis, provisto de una ética, la de sus negocios, cursó una vida exitosa durante más de 50 años hasta que, septuagenario, incurrió en la única ingenuidad de su existencia, la de hacerse el enamorado de una dama que no sentía nada por el, pero admiraba los recios soportes de su fabuloso poder. Más dura la luz en una chispa que la dicha en manos quienes la necesitan. Valdría la pena evaluar los medios de abreviar el infortunio. Pero ¿quien los quiere?. Veámoslo: sólo los inmaduros y los desprovistos de fe en el ser humano, aceptan la alternativa de abandonar las líneas de fuego para distraerse en las de los placeres donde a la postre los aguarda el aburrimiento.

Si bien es recomendable retomar los rumbos exactos, de nada sirve el retroceso o la deserción en medios de ellos. Ante nosotros ahí muchos acantilados, pero de vez en cuanto cuando nos alegra la presencia de verdes lomas, suavemente iluminadas, donde podemos renovar las esperanzas y prepararnos para la jornada restantes. Tal vez haya quienes tengan la suerte del Patito Feo del inolvidable Han Christian Andersen, y descubren al fin una transparente laguna bordeada de arboles, donde unos seres hermosos y esbeltos nos den la bienvenida, porque aunque no lo supiéramos, somos como ellos. (Tomado de mi libro "El Anhelo Constante")

septiembre 24, 2004

El hombre que sentía demasiado.

Un aire frío., entristecido, horada la redacción y enhebra el llanto oculto de los reporteros para estampar, en una frase, la noticia conmovedora que nadie quería leer: ¡Se fue Arístides!
En ese momento lastimoso cruce del océano, el periodismo venezolano amanece huérfano del maestro. Ese que tuvo su propia manera de soñar. Su propio rincón del cuento. Una calle secreta de donde salía vestido de reportero y volvía pleno de descubrimiento.
Humilde. Generoso. Amante de la vida. Severo. Bromista. Solidario. Culto. Un moralista vehemente. Arístides Bastidas fue, como pocos lo han sido quizás en ente incomprendido oficio, un hombre feliz. Un autodidacta que sembró escuelas. Formó redactores, investigadores y acuñó todos los reconocimientos posibles a través de su obra y en la herencia que dejó a los alumnos.
Ciego. Víctima de una demoledora artritis. Maltratado por las papilomas. Cai sin voz. Y hasta dolido de un accidente que lo confinó a la silla de ruedas. Arístides representa la voluntad del hombre que nació para vencer las dificultades. Otros, en su lugar, habrian tornado la página.
Viajero inmóvil que escribió sin enigmas en un estilo púdico y elevado, cumplía con una pasión admirable sus pautas diarias, a la vez que enseñaba a los becarios -generosamente auspiciados por el Conicit- a dudar y escribir "mejor que Cervantes".
Un acento extraviado. Una coma desubicada. Un punto innecesario. Era castigado inflexiblemente pero con amor. El fruto de esas horas reveladoras está siendo amasado con lágrimas por profesionales que tuvieron la dicha de entrar en la Brujoteca.
Arístides Bastidas - hay que decirlo sin enigmas- fue imprescindible. Continúa siéndolo. Podía escribir un día acerca de los misterios del cerebro y pasar luego a reseñar -como si hubiese estado allí- la proeza del Libertador en Carabobo. Tuvo la exigencia - extraña virtud - de no copiar jamás sus reportajes. Sus trabajos sobre el 5 de Julio, la Pasión de Jesus o Año Nuevo eran emocionantes. Ninguna solemnidad. Demasiada imaginación.
Hoy, esta magistral lección de vida se confunde en leyenda. El ala de la notoriedad que lo acarició en sus horas de insomnio. Su obra luminosa. Su verbo certero. Su prodigiosa memoria. El romanticismo de su aventura plasmada en cientos de miles de cuartillas se nos regresa en un desafío.
Nos queda también sus recuerdos. El agradecimiento por la dicha de habernos cruzado en su camino. La suerte de transitar juntos una profesión que santifica los heroismos cotidianos.
Se ha ido, pues, el Maestro. Y, si entonces, es más fácil morir cuando se está solo - como decía el prsonaje de Malraux en la Condición Humana - Arístides Bastidas habrá descansado tranquilo.
Acompañado por múltiples voces de una Venezuela inflexible y optimista.
No interesa ahora saber a cuál Arístides Bastidas recibirá la posteridad. Lo importante no es el lado de la sombra la cual se instala su ausencia, sino la luz que esta obra inmensa proyecta.
Por: Elizabeth Araujo.
24 de Septiembre de 1992


El labriego del periodismo científico desplegó sus alas hace 10 años. (Por Vanesa Davies. 24/09/2002)

Murió como quiso: sin dejar de ser reportero. Su vida fue un himno a la solidaridad, la constancia y la alegría.

Era irresistible. ¿Quién podía sustraerse al encanto de un título como “La vida comenzó con la despreciable ameba y culminó con el hombre todopoderoso”, o “Los delfines vivieron en tierra pero vencidos por la nostalgia del mar retornaron a él”, o “Los monos no practican la discriminación racial”, o “El perejil daría a Popeye más potencia que la espinaca”? Pero Arístides Bastidas era mucho más. Era un tallo de hierro que nada, nada pudo demoler. Ni las enfermedades, ni la oscuridad de la pérdida de la visión, ni la quietud de permanecer atado a una silla de ruedas, ni la voz escasa que un aparato volvía audible. Se marchó hace 10 años, pero hay tantos sitios de los que no se ha marchado. Es parte indivisible de sus discípulos; discípulos como Marlene Rizk, Acianela Montes de Oca, Marielba Núñez, Mara Comerlati, Carlos Mollejas, Asdrúbal Barrios y todos los que falta por nombrar.

Sus palabras lo retratan. “No soy otra cosa que un labriego contento de cultivar su huerto con la mayor dedicación. Y si algún mérito tengo, reside en la terquedad con que hago la siembra, y no en la abundancia de los frutos que cosecho”, dijo en junio de 1976, al recibir el título de profesor Honoris Causa de la UCV.
Amor al prójimo Bastidas nació en San Pablo, Yaracuy, el 12 de marzo de 1924. En 1945, con el primer año de bachillerato aprobado, se inició en el periodismo: llegó a Últimas Noticias después de trabajar en el hospital psiquiátrico de Caracas.
“Me he dedicado al periodismo por una extraña vocación que aún no alcanzo a entender muy bien, y después porque comprendí que la comunicación social nos lleva a penetrar en las raíces íntimas de nuestro pueblo”, sentenciaba. En otra ocasión aseguró que era periodista “porque el ejercicio de esa profesión puede ser un magnífico medio para amar al prójimo, tanto o más que a mí mismo”. Se encargó de la redacción científica de El Nacional desde 1953. Su columna, La Ciencia Amena, era el oxígeno que lo nutría y que incitaba a soñar a sus lectores con esos abordajes irrepetibles. “El lenguaje del periodismo científico es el mismo que habla el pueblo. El oficio de nosotros los periodistas no es el de oscurecer las aguas para que parezcan más profundas (..) es todo lo contrario, llevar claridad donde existe confusión”.
Fundó el Círculo de Periodismo Científico, y le abrió camino a esta rama reporteril en Venezuela. “Estoy como el embajador que consigue muchas condecoraciones para sí y pocos bienes para la comunidad que representa, pues todavía el periodismo científico, que es el leitmotiv de mis inquietudes en favor del pueblo, continúa en la orfandad”, lamentó en una oportunidad.
Pensaba que el secreto de su éxito era “hablar el lenguaje del pueblo, porque es el más diáfano, el más pedagógico y el más exuberante”. Confesó, en broma, que era “un auténtico pirata, porque mis columnas y mis entrevistas surgen de la consulta que hago en los diversos libros y con diversos investigadores. Cuando las difundo, el público se traga el cuento de que soy un genio”. Pero quienes mejor narran a Bastidas son aquellos que tuvieron la suerte de conocerlo, pura cabeza, puro corazón. Miguel Acosta Saignes lo definió como “un fervoroso militante sindical y político, arriesgado dirigente, acucioso reportero, incansable periodista”. Poco a poco, relataba Saignes, “creó un estilo, convenció a los dubitativos, empezó a tener discípulos y seguidores (...) ha sido una lección de hombría, de voluntad creadora –ha creado un nuevo género de periodismo en Venezuela- de perseverante espíritu progresista que nunca ha dejado sus convicciones de luchador por la libertad de prensa, por la solidaridad de los oprimidos, por la transformación radical del país”.
Penumbra afuera, claridad en casaNinguna limitación física, ninguna penumbra, logró contener ese entusiasmo efervescente. Tras un accidente de tránsito, que se sumó al reumatismo y la soriasis, aseveró que si no podía caminar más “desplegaré las alas y volaré con la imaginación”. Beethoven, la música mexicana y la venezolana, el ajedrez, lo impulsaban lejos de un cuerpo torturado por las afecciones que no estaba a la altura de sus demandas.
La poeta Ida Gramko le dedicó estas líneas: “perdió la luz de sus ojos/ no la necesita ya/ se alumbra con la del alma/ por donde quiera que va”. A Bastidas poco le importaba su discapacidad; de ella opinaba que “a pesar de la importancia de la vista, y de las piernas para caminar, poseemos otros capitales que no siempre evaluamos como es debido”. La descripción de sus males era dura, una pregunta permanente para quienes lo rodeaban, porque ¿por qué a alguien como él? “Anda, repito, en una silla de ruedas y ya no alcanza a leer. No obstante, sigue siendo capaz de producir mensajes significativos para sus lectores, y en el fondo de su corazón y de su espíritu perennemente joven sigue siendo el mismo muchacho yaracuyano que un día se vino de San Pablo”, enumeró su colega Manuel Isidro Molina en 1976. La escritora Gloria Stolk concluía, teñida de afecto, que “ha convertido su propio martirio físico cotidiano en un camino abierto para hacer el bien”. Maestro (a sus alumnos, reunidos en la “brujoteca” de El Nacional, los enviciaba con la lectura y la investigación). Hijo ilustre de Yaracuy (un municipio yaracuyano ostenta su nombre). Orden José Félix Ribas, de la Federación de Centros Universitarios de la UCV. Varios libros publicados. Premios a montón; como el Kalinga, de la Unesco; como el Premio Latinoamericano de Periodismo Científico, que conquistó en 1970 “por su habilidad para trasladar complicados temas técnicos y científicos al lector”. Cuando le entregaron uno de los tantos reconocimientos, respondió “para que tú veas que el reumatismo es una pobre enfermedad que ha perdido su tiempo conmigo”. Bastidas se hizo en las calles. Era autodidacta, pero creía que los periodistas formados en universidades “van a acabar con el bucanerismo, el sensacionalismo, el amarillismo. Con el escándalo, el servilismo ideológico y con el uso de la mentira como mercancía”. De los reporteros, señalaba: “Creo que hacemos un gran trabajo, tan bueno como el de los mejores pedagogos, cuando nos equipamos convenientemente y atendemos las normas de nuestro código ético”. Quiso morir ejerciendo el periodismo. Aspiraba despedirse como el poeta Antonio Machado: “cuando llegue el día del último viaje/ y de hacer partir la nave que habré de tomar/ me encontraréis a bordo ligero de equipaje/ casi desnudo, como los hijos del mar”. Y así lo hizo, el 23 de septiembre de 1992. Hasta siempre, maestro.
“Nos enseñó más que periodismo”
Acianela Montes de Oca. “Arístides era mi papá de otra manera. Casi hablo con Arístides todos los días, porque está dentro de mí. Hace poco no sabía si quería dar clases, y le pedí a Arístides que me ayudara; abrí una entrevista que le hice, y encontré la respuesta: estaba subrayada la frase ‘si no me hubiera dedicado al periodismo, me hubiera dedicado a la docencia’. Nosotros le debemos mucho; tenemos que cumplir con nuestra deuda de trabajar por los que más lo necesitan, que es lo que nos enseñó. Lo recordaba porque la ciencia venezolana está triste, y nosotros como periodistas y como educadores de un aula enorme deberíamos asumir ese compromiso con mayor lealtad. Es que Arístides me dio tanto... nos hacía correcciones feroces y nos templaba el alma. Nos decía ‘llore, pero escriba’. A veces siento que dar clases es una manera de devolver tanto amor que recibí de él. Fue maravilloso estar recostada del hombro de ese gigante”.
Marlene Rizk. “Yo soy lo que soy por Arístides. Él nos enseñó más que periodismo. Aprendimos a trabajar, trabajar. Era muy estricto, tenía una disciplina impresionante. Para escribir La Ciencia Amena pasábamos un día buscando, y luego él descifraba, lo llevaba a un lenguaje sencillo; cerraba los ojos y empezaba a dictar. Y no eran temas fáciles. Era autodidacta. Para comprender un tema consultaba todas las fuentes, y en esa época no había Internet”.
Mara Comerlati. “Él fue un gran maestro. Lo más hermoso era su enorme generosidad. Era una persona muy culta, sabía de todo. Disfrutaba muchísimo la música, sobre todo después de que se quedó ciego. Aunque nunca cursé un posgrado, considero que mi posgrado lo hice durante el año y medio que estuve trabajando con él. Fui la primera de sus alumnas, y era algo maravilloso, imborrable. Ojalá hubiera más personas como Arístides, que dan sus experiencias, sus enseñanzas. Además, era una persona bondadosa, con gran ética, que no se quedó en el pasado, sino que evolucionó con los tiempos. No tenía prejuicios con la gente por sus ideas políticas. Es una persona inolvidable, de la que debemos seguir tomando ejemplo”.
por Vanessa Davies.
24 de Septiembre de 2002

Radiante Humanidad. (Por M. Comerlati. 24/09/92)


Cada vez que fallece alguien muy querido, se nos muere un pedazo de nuestra propia vida, y el pasado ligado a esa persona se hace más lejano e irremediable. Pero si somos fieles a nuestros afectos, las semillas del cariño, como aquellas habichuelas mágicas, germinan y crecen constantemente, fertilizadas por los recuerdos, y dejan de ser sólo cuando termina nuestra existencia admirable, de su invencible, jubilosa y vitalidad, de su fe en las mejores cualidades del hombre, y de su concepto del periodismo como lamedor forma de servir a los demás.

¡Cuánto aprendí durante el año y medio que fui su asistente, inaugurando el más envidiable postgrado en periodismo científico que pueda haber jamás en el país!. Corría el año 75, Arístides acababa de perder la vista y gracias a la afectuosa intermediación de Raúl Vallejo, mi condiscípulo en la Católica, aceptó que lo ayudara a seguir escribiendo su columna “La Ciencia Amena” y su Página Científica semanal.

Nunca mis ojos y mis manos fueron más noblemente empleados como en los veinte meses durante los cuales se los presté. Gracias a su memoria prodigiosa sabía indicarme con precisión donde debía yo localizar el dato necesario, y de no hallarlo en los libros, el teléfono se convertía en el medio para encontrarlo él personalmente, mediante consulta con alguno de los muchos especialistas amigos suyos.

Cuando consideraba que el tema estaba suficientemente investigado, dictaba, cabalmente redactado en su cabeza, el texto de su columna o del reportaje del día. Para descansar, ponía música, o me pedía que le leyera a Antonio Machado (“Moneda que está en la mano / quizá se deba guardar: / la monedita del alma /se pierde si no se da”, solía repetir) o el “Juan Cristóbal” de Romaní Rofland, para luego comentar juntos las cosas de la vida y del amor.

Generoso en todo, mi aprendizaje a su lado como becaria del Conicit, tenía para él el propósito de prepararme adecuadamente como reportera de El Nacional, periódico al que dedicó todos sus esfuerzos. El motor, la iniciativa siempre era de él: confió en que yo podía hacer una columna de ciencias para los niños –que decía no atreverse a escribir, aunque sospecho que él la hubiera hecho excelentemente y fue tan feliz como yo, con el suceso que ella tuvo; y al quedar una vacante en la Página de Arte, avaló mi entrada a El Nacional, en el año 76.

A nadie puede dejar de sorprender la insólita fortaleza del ruinoso cuerpo que lo mortificó hasta hoy. Lo único que se puede explicar que Arístides viviera casi setenta años, es su alma enorme, luminosísima, guiada por una inteligencia que no lo abandonó ni en sus últimos minutos. Las personas como Arístides son como esos raros ejemplares a partir de los cuales las especies avanzan en un grado más alto de perfección. Que privilegio es haber estado siquiera brevemente al calor de su radiante humanidad.
Por Mara Comerlati.
24 de Septiembre de 1992

El constante luchar de Arístides

24 de Septiembre de 1992
Por: Carlos Mollejas D.

Lo vi por primera vez, profesor, aquella tarde en que usted, como después supe que era su costumbre. No se negó a recibirme y a darme la oportunidad de un trabajo que muchos recomendaban.

Y de aquellos primeros tiempos en que estuve a su loado recuerdo que observé con esa curiosa sorpresa, que muchos también expresaban, su capacidad de producir todos los días una gran cantidad de informaciones de periodismo científico a pesar de todas aquellas limitaciones que lo aquejaban.

Recuerdo que al comienzo usted me pareció una de esas personas que hacían del rigor un hábito, que en ese entonces creí o juzgué exagerado. Y que aquella forma suya de ser, un tanto tozudo, me ocasionó más de una buena calentera.

Sin embargo, con el paso del tiempo, la cosa cambió, cuando poco a poco fui conociendo su historia.

Supe primero que desde niño usted amó profundamente a la naturaleza. Y que por una de sus incomprensibles paradojas ésta o el destino mismo, qué sé yo, se empeñó en poner en su camino un montón de adversidades.

Supe de cómo ese destino un buen día le cerró sus ventanas. Y que usted supo hacer de esa injusta oscuridad, un mundo propio de luz que prodigó a sus amigos.

Supe también que por culpa de ese mismo destino, otro día, las enfermedades de las que usted tanto escribió, descubrieron la forma de vencer sus defensas, sin pensar siquiera que contra lo mejor de todas ellas, su voluntad de vivir, nada mejor en este mundo puede.

Por último me enteré de que, finalmente, el destino alejó de su lado toda compañía. Y que a partir de esa voluntad referida, usted sembró mil hermosas amistades.

Esa historia, profesor, me enseñó lo más importante. Me enseñó que la vida es un constante luchar y combatir contra las adversidades. Y me dijo además que uno nunca debe rendirse ante ellas.

De esa historia suya, yo aprendí que siempre debo insistir ante los obstáculos y ganarle la pelea a la depresión.

Esa depresión, que más de una vez usted, como amigo, advirtió en mí y supo curarla con sus palabras al decirme que la vida era, hasta su final, la dolorosa angustia de descubrir novedades.

Hoy, cuando ese destino cansado –quizá de darle batalla- se retiró vencido, usted viejo decidió que se iba y no estará más aquí para seguir recordándonos sus luchas.


Maestro, compinche y compadre

24 Diciembre de 1992
Por: Asdrúbal barrios

Llegué a la Brujoteca en 1977, con mis insectos bajo el brazo, para que Arístides cumpliera el doble rol de maestro y tutor.
Pulgas, piojo, aradores de la sarna, cada vez que Arístides le daba el visto bueno a las entrevistas con los insectos, decía que le provocaba salir al baño corriendo para sacarse la comezón.

Fui su alumno (tuvo muchas alumnas) toda la vida, lo empecé a conocer siendo yo el mensajero de El Nacional cuando a su escritorio le llevaba pollo y parrilla, mientras él por teléfono armaba la gran guachafita, jugándole alguna broma a sus colegas. Reía luego, con picardía que conservó hasta el ocaso de su vida

Lo llevé a su médico, cuando recibió la noticia de que estaba aquejado por invasión de papilomas en la garganta.

“Arístides, lamento decirte que después de haber consultado todas las fuentes posibles tanto en Venezuela como el exterior, no hay nada que pueda hacer la medicina occidental por ti”, le dijo su médico.

“Tal vez Cuba, tal vez la Unión Soviética” añadió el especialista como para dejar abiertas las esperanzas.

Arístides respondió: “Bueno primero fue la psoriasis, después la artritis, quedé ciego y para remate sufrí un accidente que me dejó en silla de ruedas; y ahora que tengo que enfrentarme a los papilomas ¿ Qué es eso para mí?

Y al día siguiente amaneció comiendo jengibre y bebiendo agua de la virgen de Betania, medicamento que le suministraba su inefable amiga Mirian Cupillo.

Siempre me dijo que saldara la deuda que tenía que tenía con él (100 bolívares que le quité un día) llevándole aguacates; pero hay una deuda que jamás podré pagarle, y es no haber llegado nunca donde él quiso siempre que yo llegara, porque el caso es irrepetible.

Una Enseñanza más allá del amor.

24 de Septiembre de 1992
Por Douglas Paredes

Cuán difícil es aventar los recuerdos, las experiencias que confirman las vivencias que en varios años tuvimos con el Maestro Arístides; ahora cuando la hora nos dice que Arístides se nos está yendo.

Mi primer contacto con él, fue a través de su CIENCIA AMENA. Después a principios de los años 80 cuando comencé a escribir en los diarios, se inició en mí la referencia de Arístides, tanto en mi trabajo como en la vida.

Pero el mayor honor fue entrar en contacto directo con él. Y fue a raíz, cuando el entonces presidente del Conicit, doctor Ernesto Palacio Pru me daba una de las más grata noticias: “Usted ha sido seleccionado para realizar estudios en la Escuela de Arístides, en El Nacional.

Al principio creí que sería un aprendizaje tan común, que estaba seguro que sería una continua toma de apuntes y una catorcenas de exámenes.

¡No fue así!

Llegué como todo andino: temeroso y tímido, encontrándome con otro ambiente, más cálido, más de familia, que el de la Universidad.

Allí encontré esa familia que estaba compuesta por muchos, pero en ese momento, estaban los que se formaban al lado del profesor. Marlene Rizk, Graciela García, Alfredo Carquez, Acianela Montes de Oca y Maritza Guaderrama.

¿En este lote me tocó aprender! ¿estos ya eran aventajados! Y no se podía perder tiempo.

Creo que fue más que una experiencia al lado de Arístides, ha sido una vivencia constante en todos los órdenes de la vida.

Además de aprender, entender y comprender el “arte de hacer periodismo científico.”, engrané definitivamente los conceptos del amor y sus ramificaciones más fecundas: SOLIDARIDAD Y AMISTAD.

Era un período de entrenamiento, que se convirtió en un constante intercambio de experiencias.

Era como si aquel entrenamiento, me indicaba que era sólo l principio del agite que generaba los pasos sin freno de Arístides.

Muchas veces tenía que cerciorarme que no estaba sólo y que mil veces me encontraría en lo más pequeño de mis menesteres.

Pensar en Arístides generaba en mí la necesidad de imitar sus pequeñas y grandes virtudes.

Aquí, definitivamente, aprendí lo que era el amor –lo que en teoría me enseñaron en la Iglesia Bautista: El amor todo lo puede, todo lo cree… y creo –finalmente, que cada uno de su trabajo ha asumido todo su enseñanza que aprendí estando a su lado.

Recientes publicaciones de otros blogs dedicados a Arístides Bastidas: