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diciembre 27, 2009

El adobe que todavía usan nuestros campesinos permitió al hombre de hace ochenta siglos cambiar la choza por la caza


El hombre Neolitico trituraba los cereales hasta convertirlos en harina, en morteros de piedra que hacían con ese fin.


En cierto nivel del Neolítico la aldea encerraba a los animales de cría, dentro del empalizadas de estacas y bejucos entretejidos para impedir que escaparan y ponerlos a salvo de los tigres y demás depredadores.

Tratemos de sacar hilo de una mota de algodón y al ver lo difícil que es miremos con respeto al hombre Neolítico, que sabía hacerlo y lo usaba en la industria textil creada por él. Esta fue una de las sobresalientes conquistas técnicas de la vida humana sedentaria, punto de partida de las actuales formas de organización social. Asentado en la proximidad de sus fincas agropecuarias, construyó grupos de viviendas permanentes, que incluían las excavadas bajo la tierra con escalones en sus puertas. Las primeras aldeas aparecieron cuando sus diversos clanes o linajes, con bienes comunes y un jefe principal, se unieron para formar vecindarios tribales.

Las tribus tenían una verdadera unidad política y administrativa y fueron entonces la expresión culminante del instinto gregario de nuestra especie. A ellas debemos el concepto de ciudad, que plasmaran en agrupaciones de viviendas provistas de un centro o plaza, de un pozo de agua comunal, talleres artesanales y cementerios, la noción de la vida de ultratumba se había profundizado en este florecer de inteligencia humana y por eso la exequias funerales incluían tiros, adornos y útiles en las sepulturas. El culto por la muerte inspiró los menhires, monumentos de dos grandes piedras verticales y una horizontal sobre ellas, en forma de inmersos y altos mesones.

La industria de la construcción aportó una novedad tecnológica, en China, sudoeste de Asia y gran parte de África, consistente en el adobe de tierra, el mismo en el que están hechas las casonas coloniales y que siguen empleando los campesinos en la fabricación de sus moradas. Jericó, la ciudad más antigua que se conoce, fue diseñada en la fase inicial del Neolítico y sus ruinas muestran los rastros de una torre de nueve metros para la cual se necesitaba albañilería de elevada competencia. En la fase adelantada de esta edad existían sistemas de producción de intercambio realizado mediante el trueque, el cual se extendió desde las orillas del Mediterráneo hasta las del Mar Rojo.

Hoy se teoriza que el pastoreo no fue simultáneo a la agricultura como lo afirman estudios autorizados. Era sencillo poner las simientes en las líneas de surcos y esperar que las plantas a que deban lugar, fructificaran para cosecharlas. Los seres vegetales son dóciles, inmóviles y sin capacidad para adoptar decisiones instintivas. Los animales silvestres eran todo lo contrario y el hombre debió valerse durante un largo periodo de múltiples tácticas para hacer que unos cuadrúpedos salvajes que solían huirle, se vinieran a convivir con él. El pastor debió hacerse inicialmente un paciente experto en la doma y en la domesticación de sus futuros amigos.

El hombre era incesante en la empresa de mejorar su vida y hacerla menos dura. Cierto día tomó el tronco en que solía bogar con el auxilio de estacas que hundía en el fondo de las aguas y le hizo un vaciado quemando cuidadosamente las partes que le interesaba eliminar.

Así fue creado la canoa y mucho mas tarde idearía los palos acanalados que precedieran a los remos. Movido por sus inclinaciones estéticas dejo de conformarse con el moldeo de botijones y otros envases de barro cocido para elaborar las ánforas con sus graciosos perfiles y platos para su incipiente vajilla. Los hacia tomando una bolsa de arcilla y hundiendo un pulgar en su centro, después de lo cual lo hacia girar lentamente aplastando los contornos hasta darle la forma que deseaba.

El lenguaje hablado debió alcanzar una eficiencia tal que el lenguaje por señas habría perdido la importancia vital que tenia como medio de comunicación entre los residentes de las cavernas y de las primeras chozas. El auge de una economía comunitaria en que los problemas primarios estaban superados, suscitó en el hombre el interés por adornarse con objetos de lujo, como colares y zarcillos de piedra y de hueso. Los sacerdotes que parecían predecir los ciclos de la sequía y la fertilidad, estuvieron entre los jefes iniciales de los poblados. Ellos abusando de sus privilegios habrían atesorado individualmente bienes tomados del almacén de propiedad comunal de donde eran retirados quienes los necesitaran y los hubieran trabajado. Así era la situación en el alba de las grandes civilizaciones.

agosto 31, 2007

Deprimidos porque los habían desalojados de los árboles, nuestros abuelos conquistaron el actual modo de vivir

No se ha establecido con exactitud si la actual especie del homo sapiens en la misma homo erectus que aquí vemos, o si son diferentes, aunque del mismo linaje.

Todo parece indicar que un factor importante de la evolución durante la que el animal se transformó en hombre, fue la profunda depresión que experimentaron los velludos tatarabuelos de nuestra especie, cuando fueron desalojados de los árboles por los monos, cuya destreza en ese medio era tan grande que no admitían competidores. Obligados a morar en el suelo nuestros antecesores perdieron sus facultades de braceadores, tan admirables en los actuales gibones, mientras sus manos traseras se iban convirtiendo en pies para caminar en pos de los frutos caídos, que constituían su principal fuente de alimentación. Así, los antiguos compañeros de los simios adquirieron una nueva forma de vivir.
Sin saberlo, la adversidad sufrida cuando tuvieron que dejar la existencia semiaérea, los había conducido a una situación, en la que se destacaban ventajas como la marcha bípeda, la fabricación de herramientas iniciada con el empleo de palos y piedras para defenderse y el arte de la caza que comenzara con tan precarias armas. A estas alturas y quizá por la falta de frutas que recoger en las heladas invernales, aquellos antepasados se habían vuelto omnívoros, incorporando a su mesa la carne de los pequeños animales, los únicos que hace millones de años podía atrapar con sus instrumentos, cada vez más diversificados y más útiles.


El hombre prehistórico pudo hacer herramientas por su capacida para juntar el pulgar con la yema de sus dedos. Este trabajo a su vez determinó el crecimiento de su cerebro.

Por el Africa Meridional corretearon, aunque con dificultad, hombrecitos con la tallas y el peso de niños de ocho a diez años. Su cerebro era desde luego mucho menos pesado, pero les bastaba para el desarrollo de una inteligencia, ostensiblemente superior a la de las criaturas que lo rodeaban, incluyendo sus corpulentos depredadores. Es probable que nuestros remotos antecesores utilizaran sus colmillos contra sus enemigos, como lo hacen los gorilas, pues no los necesitaban para su dieta exclusivamente arbórea. Sin embargo, los australopitecus que sabían protegerse con sus tácticas de superdotados de la selva y la sabana, sí utilizaban los caninos para desgarrar las presas y arrancarlas.

Hay dudas acerca de la descendencia de estos homínidos, pero no faltan científicos que consideran el llamado homo erectus, cuyos restos se han localizado al norte de Africa, en Java, en Pekín, como una especie hija de aquella y por supuesto, más adelantada. Su bóveda craneal era mayor que la de los enanitos que le precedieran, y su cerebro poseía zonas con que recordamos, planificamos, nos comunicamos y observamos cuidadosamente. Estas características habrían de ser muy determinantes en la predisposición a vivir en sociedad que tuvieron aquellos hombres de hace quinientos mil años.

Ellos crearon una variada utilería con piedra tallada y garrotes. En los estratos geológicos de ese período se han conseguido grandes tajadores de carne, lanzas y hachas que les servían para matar animales robustos como ciervos, rinocerontes y elefantes. Esta caza al por mayor reclamaba el trabajo colectivo y la necesidad de usar la voz para emitir señales audibles de precaución, de alerta, de ordenar el ataque, las cuales estuvieron entre las primeras palabras del primer lenguaje humano. En este nivel el hombre prehistórico diseñaba estrategias, como la de arrear hacia un precipicio o hacia un pantano al mamut o al reno que quería cobrar.

En resumen, el bípedo primitivo no afrontó la primera depresión al principio anotada, sino otras como la orfandad de la intemperie, su condición inerme ante el poder de sus depredadores, la carestía de alimentos cuando comía sólo las frutas y así sucesivamente, Supo superarlas todas disputándole las cuevas a los cuadrúpedos que las habitaban, aprendiendo a comer carne junto con los modos de conseguirla y a cambiar de hábitat desplazándose por las enormes extensiones de Africa, Asia y Europa. En fin, el hombre prehistórico se sobrepuso a sus contrariedades, luchando con exitosa tenacidad a fin de sobrevivir. De ese modo obligó a sus genes a crear un cerebro cada vez mayor y más competente, que no es otro que el que tenemos hoy.

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