octubre 01, 2004

Tiene un aspecto inocente como el de la harina de trigo el arsénico que utilizaban jóvenes precozmente viudas.

La Ciencia Amena. Arístides Bastidas.
Un día tal como hoy, 1 de Octubre de 1983


La tenacidad de los alquimistas por conseguir el elixir de la eterna juventud, hizo que sin proponérselo, llegaran contribuciones importantes para la ciencia. (Rep. Quijano) 


Alberto el Magno había evidenciado en grado tan extremos su obediencia al dogma y su gran conocimiento de las abstracciones teológicas, que a mediado del siglo XIII era uno de los más respetados obispos del sacro imperio. Su crédito ante la religión lo puso a buen resguardo, de las acusaciones de brujo que recaían sobre otros alquimistas con menos inteligencia. Un buen día, después de abandonar su retortas, sus matraces y los hornillos de un cuarto de su casa, precursor de los laboratorios de hoy, anunció que con la ayuda de Dios había identificado una nueva sustancia para el mundo, ya que la misma no figuraba en el catálogo de las encontradas hasta entonces.

Sus sucesores la sometieron a la acción del fuego en compañía de las existencia, pues esperaban que cualquier materia desconocida sabiamente cominada podía ofrecerles los divinos secretos de la piedra filosofal. Pero no, aquellas escamas de grisáceo brillo, se volvían amarillas, se pulverizaban, tomaban un color negro, como si se disfrazaran una y otra vez, con el ánimo de burlar a quienes las investigaban.



En los minerales que contienen arsénico natural, suelen encontrase también otros elementos como plata y antimonio. (Rep. Quijano)


Ninguna otra sustancia de las que manejaban, tenía ese don de varias de aspecto, que hoy confiere el carácter de alotrópicas a todas las que lo poseen. Creyeron que era un metal, lo bautizaron como arsénico, voz griega que quiere decir macho fuerte y vigoroso.

La suerte de que lo descubrieran accidentalmente los alquimistas, la compartió el arsénico con el fósforo, el antinomio, el bismuto y el zinc, que también fueran aislados por ellos con la fuerza de su intuición, si se recuerda, que carecían de un conocimiento sistematizado y de un método científico. En nuestro tiempo se ha determinado que el calor de las llamas que tanto usaran los alquimistas, determina que el arsénico a los 800 grados C forme moléculas de cuarto átomos, que a los 1.700 grados C se transforman en moléculas de dos átomos. A la temperatura ambiental, esas mismas moléculas pueden ser de tres átomos y de cinco átomos de As, que tal es el símbolos del referido elemento.

Ningún otro de sus compañeros en la tabla de Mendeleiev, tiene tal variedad molecular y tanta fama como el veneno predilecto de esposas jóvenes que desean ser las viudas precoces de maridos millonarios, pero viejos. El arsénico tiene el número atómico de 33, porque ese es el número de protones que alberga en su núcleo. La mayoría de los elementos suelen ser como esos grupos de hermanos, diferentes entre si pero con la misma sangre y el mismo apellido. Este es precisamente el carácter de los tres isótopos del estaño. También en este sentido el arsénico es especial pues está integrado por un solo núcleo provisto de 74 nucleones.

Aunque el arsénico corre con toda la culpa de tóxico mortal, para adquirir ese fúnebre efecto debe contar con la complicidad del oxígeno. Unido con él en la formula As2 O3 toma el aspecto de la harina de trigo, y la denominación de anhídrido arsenioso. Se acumula en el cuerpo de quien ingiera continuamente.

Al llegar a cierto nivel, deteriora el sistema nervioso, enviado al otro mundo a un señor acaudalado herederos enfermos de codicia. Otra prueba de que nuestro cuerpo sabe desarrollar resistencia, está en que los Alpes hay poblaciones enteras inmunes a dosis de arsénicos diez veces mayores que las normales letales, porque lo han tomado durante generaciones en dosis mínimas, ya que tienen las creencia de que es un gran tónicos.

El arsénico se fija en los huesos y en los cabellos. Hace cuarenta años hubo aquí un supercampeón de las pistas hípicas llamado Integro. Al morir, la autopsia del animal reveló altas concentraciones del nombrado elemento en su esqueleto, procedente de las inyecciones que le aplicaran para tratarle la sífilis que le había pegado una yegua. En 1960, a los 139 años de su defunción, los isótopos radiactivos permitieron descubrir en una hebra del escaso cabello de napoleón una porción e arsénico gracias a la cual se supo que había sido envenenado por los ingleses en Santa Helena.

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