septiembre 30, 2004

Después de haberlo descubierto Dubois guardó al Pitecantropus en la caja fuerte de su pueblo porque nadie creía en el hombre mono



La frente caída hacia atrás era como un alero que remataba en dos cejas muy pobladas, sobre unos ojos hundidos. Pero con todo y eso, ya el hombre de Java empezaba a romper con el antecesor común que tenemos con los monos y fundaba nuestra estirpe.


En 1852 cuando nacía Eugenio Dubois en Holanda, sobraban las personas sensatas que aceptaban las nueve de la mañana del 28 de octubre del año 4.004 a de C., como el momento en que se había iniciado la Creación. Así lo había establecido en Inglaterra el arzobispo anglicano James Ussher y después de un siglo, pocos osaban rebatirlo. En 1859 no obstante, volaban en las manos de gentes cultas, las mil doscientas copias del libro de Darwin que hoy conocemos como “El Origen de las Especies”. Y en los tiempos siguientes se escenificaba una discusión entre los que creían que el hombre era el punto más ascendente de la evolución de la vida y los que juraban con una Biblia en la mano, que Adán no tenía antecesores.

 

Darwin carecía del eslabón perdido entre el humano y los animales que fueran sus antepasados. Dubois iba a encontrar los vestigios que darían al traste con los últimos alientos de la teoría creacionista. Se graduó tempranamente de médico cirujano, anatomista y naturalista en Ámsterdam. Leyó y releyó fascinado las dialécticas explicaciones, en que Darwin demostraba los dones de la selección natural. Pero lo que más deseaba era localizar a un ser que fuera mitad humano y mitad antropoide. Descarto las zonas templadas como sede del hombre primigenio porque consideraba que éste había dejado sus rastros en las regiones cálidas que seguían habitando gorilas y chimpancés en el África: orangutanes y gibones en el Asia sur oriental.

Había pasado de los treinta cuando le dieron el cargo de cirujano militar en las colonias holandesas de Las Indias Orientales, actual Indonesia. Apenas concluía sus intervenciones en los quirófanos, recorría los valles y las montañas de Sumatra, convencido de que allí, donde habitaran los orangutanes, podía hallarse la pieza que le faltaba al rompecabezas de la evolución humana. Posteriormente supo que en los márgenes del río Solo en Java, había depósitos de donde los indígenas extraían huesos de animales y otros fósiles.

Compró un cráneo de muy interesantes características, que lo afianzó en la idea de que estaba cerca de que estaba buscando. En un yacimiento de unos veinte metros de espesor realizó penosas excavaciones, de las que sólo obtuvo el esqueleto de un cuadrúpedo gigante y el de un hipopótamo. Un minero que halla la veta de oro no sentiría más felicidad que la de él, cuando después de una larga jornada, comprobó que el cráneo que tocaban unas manos, era demasiado bajo y chato para pertenecer a un hombre Neandertal y que a su vez era demasiado grande para corresponder a un simio. Un resto de mandíbula inferior y un fémur le permitieron colegir que procedían de un individuo de marcha erguida, al que bautizó Pitecantrupus erectus que significa Hombre mono erecto.

La autenticidad de su hallazgo se confirmó, porque el cráneo podía albergar un cerebro de 900 cm3. La capacidad del cráneo de los antropoides oscila entre 326 y 685 cm3. Dubois efectuó su descubrimiento en 1892 y lo hizo público en 1994. A pesar de que las pruebas de su éxito eran rotundas, de dejó achicar por la ignorancia y los prejuicios, los anatemas y las bulas de que fue objeto. Los más liberales estaban dispuestos a admitir como antecesor del hombre a un espécimen que tuviera la cara humana de hoy aunque el cuerpo fuera de mono. Dubois había logrado todo lo contrario.

En 1985 guardó sus fósiles en una caja fuerte de su pueblo natal, de donde lo sacó veintiocho años más tarde, a pedido del Instituto Smithionano de Estados Unidos y cuando nadie le negaba el acierto paleontológico que había alcanzado, su Pitecantrupus, el de Pekín, el de Argelia y el de África Oriental son similares y se les agrupa hoy bajo la común denominación de Homos erectos. Precursor de los neardentalenses que aunque primitivos, vestidos a la moda de hoy podían confundirse con algunos caballeros que tropezamos cada día en la redacción de este diario.

Dubois murió en 1940, año en la que por fin el colosal científico era incluido en las enciclopedias que como la Espasa lo ignoraran antes.

La Ciencia Amena. Arístides Bastidas.
Un día tal como hoy, 30 de Septiembre de 1984

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