diciembre 14, 2004

No era ingeniero ni estuvo nunca en la escuela técnica el hombre que inventara la cosechadora mecánica

La Ciencia Amena. Arístides Bastidas.
Un día como hoy, 14 de Diciembre de 1982

Salta a la vista el gran papel que jugaron como impulsores de la Revolución Industrial de los Estados Unidos, los ingeniosos inventores que en el siglo pasado, proliferaron en la gran nación. A fines del siglo XVIII, la agricultura norteamericana pareció recibir un soplo màgico con la desmontadora de algodón construida por Eli Whitney.


Este instrumento que despepitaba el fruto textil con una rapidez cien veces superior a la de las manos de los esclavos. Cincuenta años más tarde habría de surgir una máquina que reemplazaba decenas de labriegos en la en la siega del trigo a la hora de su recolección. El aparato se debía al poder de síntesis que se hospedaba en la mente de Cyrus McCornick (1809-1894).


Hay una penumbra acerca de lo que sucedió en su existencia cuando era un muchacho. Se sabe que su padre era un inmigrante irlandès, con muy pocos medios, que se dedicaba a quehaceres artesanales en el condado de Rockbriedge, en el Estado de Virginia, donde naciera Cirus, un chiquillo que no prometía mucho en la alborada de su adolescencia. De algún modo se las arregló para adquirir la mínima instrucción, que necesitaba su laborioso cerebro, para forjar proyectos que en el momento resultaban complejos e inconcebibles. Se cuenta que el joven asumía las pose de quien está en trance, mientras observaba como el viento parecía peinar las plantaciones del trigo mientras los negros se disponían a cortarlo con un hoces los tallos con su frutos maduros.

MclCormick se fue al Norte, donde terminó el diseño de una máquina, que según el comentario del Times de Lòndres, era un injerto de carro, carretilla y voladora, que tirada por caballos cosechaba una faja de 68 metros de trigo en 60 segundos. El invento estaba semi concluido en 1831, cuando fueron muy pocos los que le dieron la oportunidad de demostrarlo. La mayoría de los agricultores de entonces, estaban apegados a sus modos tradicionales de explotar la tierra y en medio del cruelescepticismo se burlaban de aquel muchacho de 24 años, que pretendía la paternidad de un hallazgo mecánico, con el que ni siquiera soñararan los màs competentes egresados universitarios.


McCormick tenìa entre sus múltiples limitaciones, la de carecer de amigos o de protectores con alguna influencia. El modelo inicial de su máquina tenía fallas que se evidenciaba apenas comnenzaba a moverse. Esto decepcionaba a lo que accedìan a verla funcionando. Pero McCormick poseía una voluntad indòmita, una perseverancia indoblegable y un don de persuasión propio del hombre que sabe hacer negocios. Poco a poco fue perfeccionando su ingenio, hasta que a fines de la década de 1830, vendía las primeras unidades fabricadas por el mismo en un taller llenos de deudas. En 1847 contaba ya una factoría en Chicago y la década siguiente comenzaba la exportación de su artefacto. A los.

Su prestigio se extendió por todo los estados de la Unión y por las naciones europeas. En 1855 no cabía en sí de su alborozo por la gran medalla del premio que le había concedido en la Exposición Universal de París. En 1878 es objeto de otro reconocimiento en Francia cuya academia de ciencias lo acogìa como miembro correspondiente. Al volver a Chicago pudo copiar, superaàdola, una trilladora. Desde ese momento su màquina segaba el trigo y lo desgranaba al mismo tiempo. Huelga decir que este aporte, que bajaba el costo y aumentaba los beneficios muy ostensiblemente, animò a nuevos colonos del Oeste a meterse a granjeros, estableciendo así el punto de partida de los Estados Unidos hacia la meta de ser el primer país productor de alimentos.

La segadora de McCormick facilitó el más pronto abastecimiento logístico del ejército norteño sobre el de los esclavistas confederados, que carecían de la expresada ventaja tecnológica.

Podría decirse que el primer síntoma de la Revolución Industrial en Usa estuvo en el invento de la desmontadora de algodón y se consolidó con esa otra constribucción básica a la economía prima primaria que fuera la cosechadora de McCormick. Hubo desde luego otros hitos extraordinario en esta cruzada del progreso, entre los cuales estuvieron el arado de acero de James Oliver, el desgranador de maìz de Welcome Sprague; la cerradura de banco de Day Newel; la màquina de coser, la màquina de escribir y el automòvil
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