octubre 22, 2004

Usamos como explosivos el poder de la celulosa pero ignoramos el modo de emplearla como alimento.

La Ciencia Amena. Arístides Bastidas.
Un día tal como hoy, 22 de Octubre de 1985

La nitrocelulosa se usa en el propergol de los cohetes espaciales porque ella es un combustible que no necesita oxigeno, como se sabe, inexistente en el vacío. (Rep. Tom Grillo)


La celulosa es el esqueleto de las plantas, es decir, de las raíces, los tallos, las ramas, las hojas, las conchas de los frutos. Es familiar a nuestros ojos pues la vemos deshidratada a cada instante en las maderas de los muebles, en las telas de algodón o en los libros y periódicos como manantiales de energía. Fue descubierta, no por un Nobel, sino por el hombre prehistórico cuando la vio quemarse en el incendio forestal provocado por algún rayo. Fue un hallazgo de ciencia aplicada, pues su autor, el Homo erectus de hace setecientos mil años lo aprovechó desde entonces en la leña para conservar el fuego en sus cavernas, calentarse y espantar a los felinos. La celulosa en este sentido guardó sus potencialidades hasta mediados del siglo anterior.

Fueron y siguen siendo inapreciables sus cometidos de paz, entre los cuales están los de haber sido materia prima de las industrias de los muebles, de la construcción, la textil y la papelera. En los años de 1840 quiso la mala fortuna que un científico suizo-alemán encontrara por casualidad un nuevo y espectacular conocimiento. El ácido nítrico con el que experimentaba se le derramó sobre su bata de trabajo en el laboratorio. La puso en un colgador sin atribuirle ninguna significación a un accidente tan pueril. Horas más tarde sintió avivada su curiosidad al encontrar que la parte afectada de su bata se había desvanecido sin dejar el menor rastro.


Shónbein, que tal era su apellido, indagó la causa del fenómeno pues sabía obviamente que el ácido nítrico es corrosivo pero no inflamable y que la celulosa podía arder con extremada lentitud sólo en el caso que se le encendiera. Las nuevas pruebas le reiteraron el hecho de que estos dos compuestos juntos constituían una pareja diabólica: la nitrocelulosa. Ella es altamente inflamable y no deja humo ni residuos. Su condición de potente explosivo fue perfeccionada cuando se supo que si en la separación se le añadía ácido sulfúrico, este actuaba como catalizador, acelera la combinación de los do agentes, pero forma parte del temible compuesto. Huelga decir que fue la base del algodón pólvora.

Este fue un regalo de la ciencia sin moral para los belicistas, pues reemplazaría a la pólvora porque ni ensuciaba el interior de los cañones ni oscurecía con el homo los campo de matanza. Los químicos siguieron preguntándose la razón de que el nitrato de celulosa, como también se le llama, adquiriera los temibles niveles de su peligrosidad. La explicación fue hallada al fin. Hay doce átomos de nitrógeno en cada una de las miles de moléculas que integran la molécula gigante de la nitrocelulosa. Tres de ellos son expulsados por pacifistas, y reemplazados por tres generadoras de la violencia, que son moléculas con un átomo de nitrógeno y uno de oxígeno.

Hilaire de Chardonet, quien hace un siglo sacara del explosivo compuesto, la primera fibra textil artificial del mundo. (Rep. Tom Grillo)

El día que nuestro aparato digestivo pueda utilizar esa energía de la celulosa, cualquier desecho de esta nos dará más calorías que el azúcar o las grasas, cuyas moléculas están libres, y por lo tanto son fácilmente asimilables. Hubo en el siglo pasado investigadores que trataron de usar la nitrocelulosa para fines buenos. Uno de ellos fue el francés Chardonnet, quien heredara de su maestro Pasteur la vocación por la ciencia al servicio del hombre y el conocimiento sobre los gusanos de seda. Este personaje hacía pasar disoluciones de nitrocelulosa por los agujeros de un finísimo colador. Los hilillos líquidos de esta disolución daban lugar después a los de una seda llamada artificial y patentada en 1884.

A pesar de la buena intención del invento, las ropas hechas con esta fibra ardían prontamente ante cualquier chispa. No obstante, este fue el punto de partida del rayón inofensivo de nuestro tiempo. Correspondió a Swan eliminarle a la gente el riesgo de que al usar esta fibra sintética, pudieran ser abrazados por la llamas como ciertos monjes bonzos del Asia. Este químico hizo algo que como sucede siempre con toda innovación resulta simple cuando es lograda. Eliminó las moléculas nitrogenadas que desatan la violencia de la nitrocelulosa, que así es convertida en una dócil colaboradora de la industria de la confección.

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