octubre 02, 2004

Tan grandes como nuestros cóndores las avutardas en Europa encuentran en la mano del hombre la tabla de su salvación.

La Ciencia Amena. Arístides Bastidas.
Un día tal como hoy, 2 de Octubre de 1986


La avutardas son privilegiadas porque entre ellas son los machos los que se adornan para seducir a sus prometidas con las que guardarán una recíproca fidelidad. (Rep. Estrella)


Hace mas o menos cuarenta y cinco millones de años, la naturaleza empezaba a confeccionar los modelos más avanzados de sus criaturas. Ya existían las plantas con flores que apoyadas en esta ventaja, se expandían con una velocidad imposible, para sus antecesores, entre los pinos y los helechos. La fanerógamas introducirían las frutas, semillas revestidas de una fragante y carnosa pulpa. Esta innovación aceleraría la evolución de los mamíferos recién llegados de entonces y de las aves que llevaban noventa millones de años de residencia en el planeta. En aquellos días surgieron las antecesoras de las avutardas.

Junto con sus parientes directos, las grullas y las famosas cigueñas, formaron nutridas poblaciones ingirendo la inagotable alimentación que les ofrecía los bosques de arboles frondosos y exhuberantes. En este período, el Eoceno Medio, aparecieron especímenes insólitos, entre las cuales se destacaban los moas de Nueva Zelandia. Eran herbívoros como los predecesores del elefante y alcanzaban la impresionante altura de tres metros y medio. Los restos de sus huesos y plumas revelan que su extinción ocurrió hace unos tres siglos, causada por su limitada reproducción y porque, no obstante su corpulencia, carecían de armas defensivas frente a sus depredadores, entre los cuales estuvo por su puesto, el hombre.

las avutardas alcanzaron tamaños descomunales, pero los redujeron inteligentementes para adaptarse a las características de la vegetación cuyo exponentes disminuyeran por las crisis climáticas y el ritmo con que prodigaban sus bienes. Otras especies hicieron lo mismo, pero lo que perdían en tamaño lo ganaban en competencia para sobrivivir . De allí que entonces surgieran géneros que han llegado hasta nuestros días. En las décadas de este siglo las avutaradas han sufrido un decenso contínuo de sus poblaciones en todos los continentes, salvo en América donde jamás existieran y donde no hay ninguna especie que tenga con ellos el más lejano vínculo de consanguinidad.

Están junto con los cóndores, entre las aves más grandes. Hay ejemplares que alcanzan metro y medio de longitud y casi dos metros y medio de envergadura con alas desplegadas. Los machos acusan medida de peso y talla muy superiores a las de sus hembras que disfrutan en realidad, el sueño de que sus maridos sean monógamos y las protejan sin comprometer las normas de emancipación femenina. Ellas se adornan poco pero sus consortes ostentan barbas de plumas que hacen sobresalir, al encoger sus cabezas adoptando una presencia altiva, frente a sus rivales en la conquista del favor de sus pretendidas a la hora del celo.

Sus plumajes son ocres y grisáceos y sus picos cortos y fuertes. Las avutardas son buenas voladoras pero se les llama pájaros caminates por su afición a las carreras de velocidad. Es tan intensa que en las épocas medioevales, en vez de escapar a las alturas ante la persecución de gentes a caballo, preferían correr hasta que eran enlazadas. Desconecedoras por completo de las técnicas de la ingeniería civil, nunca construyen nidos y los improvisan en las depresiones casuales que encuentran en el suelo. Allí ponen cuatro huevos manchados de color verdoso de los que, si hay suerte, saldrán un mes más tarde sendas crías que a las cino semanas saben usar sus alas.

Su último habitat ha sido el de la Europa Central donde están al borde de la extinción. En la República Democrática Alemana han dispuesto medidas perentorias para multiplicar a las doscientas avutardas imperiales que les quedan. A control remoto y con sistemas electrónicos detectan sus nidos para ponerlos a salvo de merodeadores enemistosos. Está en vigor un decreto que sería considerado violatorio de la propiedad privada en los parajes del subdesarrollo. Cada agricultor destinará el uno por ciento de sus tierras a plantación arbóreas, que den frutos apetecibles para esas aves y propicien poblaciones de insectos y de gusanos que gustan a su paladar. Una asociación de 22 mil activistas de la conservación de la naturaleza, vigila el cumplimiento de este decreto, en atención al principio de que es deber de la sociedad velar por el mantenimineto y el progreso genético de la fuana y la flora.



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