octubre 18, 2004

Los pájaros secretarios usan plumas en sus cabezas que harían recordar las de ganso en las orejas de los amanuenses.

La Ciencia Amena. Arístides Bastidas.
Un día tal como hoy, 18 de Octubre de 1985

Las plumas de la cabeza se le ponen verticales al serpentario, cuando se excita por la emoción de haber descubierto una víbora para merendársela. (Rep. Garrido)

La norma del que el hábito hace al monje falló del todo con el pájaro secretario, bautizado así porque su cuerpo gris con partes negras y sus largas plumas en la cabeza, hacia recordar lo que los antiguos amanuenses se ponían sobre las orejas. Ya sabemos que fueron de ganso las plumas de escribir predecesoras de las matemáticas de ahora, con desuso por el auge bolígrafos. El ave de que hablemos tiene vínculos sanguíneos directo del águila, pues también pertenece al orden de las falcouniformes. Debió desarrollar una táctica de subsistencia, en la que no aprovecha su dominio del aire para caer en picada sobre sus desprevenidas presas. Es una cazadora a pie como cualquier gato o zorro.

Los geólogos, en el empeño de descubrir al pasado de la tierra y los cambios de ubicación que han sufrido los continentes y los mares, se apoyan a veces en el hecho cierto de que especies vegetales y animales de una misma familia, habitan desde la prehistoria territorios separados por miles de kilómetros de aguas azules. Algo de esto sucedió con el pájaro secretario. Aunque se propago desde Etiopía y se concentro en Sudáfrica, los fósiles del fundador de su familia, el Amphiserpentarius scholsseri en Francia. ¿Qué estaba haciendo este caballero allá en los días del Eococeno superior, cuando viviera, hace sesenta millones de años, no existía las tentaciones del actual Paris?

Esta ave, en una especie de juego, tira terrones al aire y se levanta para retomarlos al tiempo que da una vuelta de carnero y cae de pie. Los ornitólogos no han podido explicarse por qué lo hacen. (Rep. Garrido)

Es posible que los antecesores de está voladora carecieran de la destreza de las demás rapaces, para atrapar a sus victimas en vuelos rasantes y ascender con destino a sus moradas para servirse la mesa. La apreciación se avala por la circunstancia de que las garras de este pájaro no son prensiles. De allí que aprendieran a caminar y a correr en pos de la mini-reses que iban a beneficiar. Se les llama también serpentarios por su afición a los filetes en ruedas de culebras. Son sus predilectas no tanto por razones gastronómicas, como por ejemplo por el hecho de que son torpes relativamente lentas y carecen de la viveza y de la agilidad que usan las cazadoras tanto en su oficio como en el otro de tomar las de Villa Diego cuando la cosa se pone fea.

Los pájaros tiene una longitud de un metro veinte y con sus alas desplegadas llagan a los dos metros. El tarso que une al pie con la pierna a la altura del tobillo, tiene en esas aves la increíble longitud de treinta centímetros. Eso contribuye a la talla de un metro veinte que han medido ejemplares domésticos, pues los africanos los utilizan paras que les eliminen a los devoradores de los frutos de sus huertos y de sus otras siembras. A pensar de su tamaño pueden calmar su apetito con grillos y otros insectos, si no encuentran un sabroso ofidio u otros platos que consideran menos delicados como serían sapos, ratas y lagartos.

Su estilo de matarifes no es del todo inteligente. Al divisar una pieza procuran darle alcance y si lo hacen le caen a patadas, aunque no tan furiosa como las que se propinan ciertos futbolistas. Cuando la serpiente u otro animal se atontan por la agresión, lo rematan con un golpe de su residente y afilado pico, en forma de gancho. Ellos saben disfrutar, a pesar de su grotesca manera de encontrar alimento, de los encantos del amor. Cuando eligen una pareja hacen algo que los seres humanos envidiáramos: se elevan a tres mil seiscientos metros y en la compañía de las nubes y en las vecindades del cielo, hacen un sereno viaje de luna de miel.

De allí descenderían a un árbol espinoso en el que harán un gran nido redondo, provisto de un colchón de briznas sobre ramitas secas y entrelazadas. Ambos cónyuges se turnaran durante cuarenta y cinco días en la incubación de dos o tres huevos. Apenas nacen los polluelos lanzan voces desesperadas en demanda de la primera de las relaciones de insectos predigeridos que sus padres les llevaran en sus nubes. A las dos semanas podrán asimilar las carnes servidas e improvisadas comedores de su resistencia. A los tres meses harán uso de sus alas para irse a trabajar, asumir su independencia y fundar su propio grupo familiar. Véase la responsabilidad de estos papás y compáresela con la de ciertos padrotes en nuestro género.


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