octubre 21, 2004

Los geólogos están de acuerdo en que los desiertos actuales son relativamente jóvenes: no pasan de cincuenta mil siglos.

La Ciencia Amena. Arístides Bastidas.
Un día tal como hoy, 21 de Octubre de 1982.

Los dromedarios del Safari de Valencia tienen el agua que quieren y por eso les sobra lo que fabrican, cuando combinan el hidrógeno de la grasa con su gibas, con el oxigeno del aire. (Nota: Quien comparte ese momento con los dromedarios es nuestro homenajeado en esta página web, Arístides Bastidas. Félix Gonzalez)

Se está generalizando la hipótesis de que los desiertos que conocemos hoy datan de épocas relativamente recientes, aunque hay un modo seguro de medirles con exactitud sus edades. Son como esas personas sobre las que el tiempo ha pasado sin marcarles huella. Ese don, si es que se puede llamarse así, les viene de las arenas que, aún convertidas en fino polvo, mantienen la firmeza de sus estructuras moleculares y la estabilidad de sus elementos químicos. Ahora bien, ¿Cómo se han formado estas extensiones donde la vida tiene que hacer milagros fisiológicos para mantenerse?

Esta admirable simetría ha sido esculpida por el viento en el Sahara. Los cinco millones de años que tendrían los desiertos se deducen de que ese período es el que necesitarían para sus mutaciones genéticas, las especies que los pueblan.

Las respuestas no son muy claras. Algunas se pueden obtener, analizando las características de las regiones lluviosas de vida exuberante.

En los trópicos que están al norte y al sur de nuestra Zona Tórrida, encontramos dos peculiaridades a las que se deben el triunfo explosivo que en su seno han acusado todas las manifestaciones del reino animal y del reino vegetal. La primera es que su cielo cuenta siempre con nubes, las cuales actúan como escudo protector contra la excesiva temperatura que traen los rayos del sol. Este, es su principal papel pues sólo el cinco por ciento de ellas engendra lluvias, ya que las restantes se disipan en vapor. La segunda propiedad de estas franjas, es que el aire caliente asciende a las alturas dejando abajo la humedad.

Sobre los desiertos el cielo siempre azul y las noches son eternamente estrelladas. Tale ofrendas podrían disfrutarse con todo su encanto, si no fuera porque la ausencia de nubes, hace que el aire caliente descienda hacia el suelo chupándole toda la humedad y dejándolo árido. Ahora bien, el agua que por esta absorción sube a la superficie terrestre, transporta sales de potasio, nitratos y otros compuestos procedentes de las rocas subterráneas. Gracias a este fenómeno ocurre la paradoja de que esa tierra crispada donde no crecería ni la hierba mala, sea una fuente prodigiosa de fertilizantes. Eso explica los rendimientos agrícolas que se obtienen en los oásis donde, el empecinado hombre ha logrado subsistir.


En las regiones desérticas con una pluviosidad de 25 mililitros al año, debido a la bondad de las nubes nómadas, la vida se manifiesta con las más sorprendentes adaptaciones. Hay plantas pequeñas, con follaje ceroso para impedir la evaporación y con raíces expertas en atrapar partículas de humedad, que en un abrir y cerrar de ojos florecen, son fecundadas, y generan semillas de células acorazadas, que aguardaran durante diez meses la próxima llovizna para germinar y repetir el ciclo. Hay insectos que se alimentan con el néctar de ellas que sólo toman durante el crepúsculo, pues en e día, como las demás criaturas, deben guarecerse en algún paraje a salvo del viento o del calor de la superficie terrestre, que suele ser hasta diez grados C superior a la del aire.

Cuando el sol se oculta y el termómetro comienza un descenso que puede ser hasta de diez grados C, las lagartijas abandonan sus refugios subterráneos con aire acondicionado, para salir a la caza de sus presas, es decir, de los insectos. Olvidaba decir que los restos de hierba deshidratada, tienen entre sus clientes a las ratas canguro, que los ingieren como el más preciado alimento. De la celulosa lignificada que sólo estos animales metabolizan, obtendrán la energía para sus procesos vitales y también el hidrogeno, que al combinarlo con el oxigeno del aire, les suministrará el agua que después expulsaran por la orina.

No todos los desiertos son ni absolutamente inhóspitos, ni absolutamente calurosos. El del Sahara alberga a más de tres millones de personas, la mayoría de las cuales aprovechan el agua extraída de las abundantes reservas que hay en las profundidades, muy por debajo de las arenas. El Sahara posee un lago con más de veinte mil Km2, y montañas de tres mil quinientos metros de altura, cubiertas por nieves perpetuas. Sin embargo, al pie de éstas, y cuando el sol es más hiriente, los viajeros suelen oír el ruido de disparos de pistola. Estos se deben a la ruptura violenta de rocas sin la elasticidad que haría falta para resistir las diferencias entre las contracciones del frío nocturno y el recalentamiento meridiano.

No hay comentarios.:

Otros blogs dedicados a Arístides Bastidas: