octubre 27, 2004

Las crisis económicas no son un invento contemporáneo ellas se profundizaron con la Revolución Industrial.






La crisis económica de Francia en 1786, que no fue industrial sino agrícola, culminó tres años después con la quema del trono de los Luises.


Aunque en el siglo XVI estaban desarrolladas las máquinas de hilar, no existían las de los telares que se manejaban a mano y que aparecieron a mediados del siglo XVIII en Inglaterra, para engendrar la Revolución Industrial.
No debe ser coincidencial el paralelismo histórico entre el auge de la naciente tecnología, que culminará con la Revolución Industrial a fines del siglo XVIII en Inglaterra, y la posterior profundización de las crisis económicas. Ciertamente, antes del desarrollo industrial, la meteorología con sus caprichos, parecía ser el principal factor del éxito o el fracaso del intercambio comercial entre los estados feudales. La ausencia de lluvias o el exceso de ellas era igualmente ruinosas para la población campesina. En estas circunstancias, sin frutos ni dinero para comprar, dejaban fría la producción artesanal de las urbes. Algo de esto, pero seguido de un gran cambio social, fue lo que ocurrió en Francia en 1785.


En aquel año, la sequía significó hasta casi convertir en maderas, los pastizales adyacentes a los castillos de los señores. Ciertos de miles de vacunos y ovinos murieron, dejando la nación gala sin carne ni siquiera para las familias aristocráticas y sin la lana, materia prima de los artículos textiles, que constituían un renglón básico de la economía francesa, a pesar de que casi todos eran de fabricación casera. Esta, en su mayor parte, diríamos hoy era financiada y distribuida por comerciantes acomodados. Ahora bien, con la pérdida de la cosechas los alimentos se pusieron muy caros mientras los salarios se caían verticalmente por el estancamiento de la producción fabril.

En Abril de 1789 masas de campesinos y de artesanos se revelaban en París. Mientras tanto la situación empeoraba, porque los ingleses habían invadido lo que quedaba del mercado francés, con productos más baratos y de mejor calidad que los locales, elaborados en factorías por maquinas que podían hacer cada una el trabajo de cien obreros. Este factor estuvo entre los que agudizaron aquella crisis económica, que culminaría el 14 de julio con la toma de Bastilla y el ascenso de la hasta entonces preferida clase social de la burguesía. En 1970, el cielo se pondría de parte de ella porque abundaron las nubes pacíficas que irrigarían los suelos adecuadamente, originando la más optimas cosechas.

A comienzos del siglo XVIII Francia abordad la Revolución Industrial iniciativa cuarenta años antes por Inglaterra. El éxito en la automatización de sus fábricas le dio mayor poder de compra en el exterior, y fue así como la monarquía restaurada pudo neutralizar los nuevos fracasos agrícolas de 1816. pero el temporal de la carestía de alimentos por un verano excesivo, volvería en 1826, reflejándose en los años siguientes y de un modo impresionante en el atrofiamiento de la recién nacida industria y otros hechos que hicieron desplomarse al rey Carlos X en 1830, abriendo así las puertas para el advenimiento de la segunda revolución en 1842.

Por aquellos años la meteorología matizo de una manera luctuosa las tierras de Europa. La quiebra de las cosechas de papa en irlanda hizo que este país perdiera más de la mitad de su población entre muertos e inmigrantes. La crisis se generalizó en el continente hasta el extremo de que, además de un medio millón de muertos de hambre, tuvieron que paralizarse las fábricas de Gran Bretaña, Francia y Bélgica, con sus almacenes repletos y con una banca que se negaba a prestar mientras cobraba incesantemente. Sin embargo, esas naciones no, cesaban de acrecentar el poder de una tecnología que en medio de estas contingencias continuaba progresando.

La misma sirvió de reserva para aprovechar tres hechos venturosos de la época, gracias a los cuales fue posible rehabilitar los mercados de consumo y redoblar el funcionamiento de los centros industriales. Esos hechos fueron el descubrimiento y la explotación de las minas de oro en California y Australia y el florecimiento del transporte ferroviario. El precioso metal le dio compradores y liquidez, o mejor dicho, un circulante amplio a las naciones afectadas por la crisis, puesto que pudieron llenar sus arcas con el dinero que obtenían de sus productos colocadas en manos con poder adquisitivo.

En nuestro tiempo estos colapsos siguen amargándoles la existencia a los jugadores de bolsa y a los accionistas de grandes y pequeños consorcios. El sistema capitalista no ha podido hallar un medio de prevenir estos impactos causados por la concentración de la riqueza producida por una mayoría, en unas pocas manos. La superación de la crisis económica es facilitada hoy, por los recursos multiplicadores y renovables que ofrecen a las fábricas y a las fincas la ciencia y la tecnología. (Tomado de mi libro:”Ciencia y Tecnología, dos bienes sociales”).


No debe ser coincidencial el paralelismo histórico entre el auge de la naciente tecnología, que culminará con la Revolución Industrial a fines del siglo XVIII en Inglaterra, y la posterior profundización de las crisis económicas. Ciertamente, antes del desarrollo industrial, la meteorología con sus caprichos, parecía ser el principal factor del éxito o el fracaso del intercambio comercial entre los estados feudales. La ausencia de lluvias o el exceso de ellas era igualmente ruinosas para la población campesina. En estas circunstancias, sin frutos ni dinero para comprar, dejaban fría la producción artesanal de las urbes. Algo de esto, pero seguido de un gran cambio social, fue lo que ocurrió en Francia en 1785.

En aquel año, la sequía significó hasta casi convertir en maderas, los pastizales adyacentes a los castillos de los señores. Ciertos de miles de vacunos y ovinos murieron, dejando la nación gala sin carne ni siquiera para las familias aristocráticas y sin la lana, materia prima de los artículos textiles, que constituían un renglón básico de la economía francesa, a pesar de que casi todos eran de fabricación casera. Esta, en su mayor parte, diríamos hoy era financiada y distribuida por comerciantes acomodados. Ahora bien, con la pérdida de la cosechas los alimentos se pusieron muy caros mientras los salarios se caían verticalmente por el estancamiento de la producción fabril.

En Abril de 1789 masas de campesinos y de artesanos se revelaban en París. Mientras tanto la situación empeoraba, porque los ingleses habían invadido lo que quedaba del mercado francés, con productos más baratos y de mejor calidad que los locales, elaborados en factorías por maquinas que podían hacer cada una el trabajo de cien obreros. Este factor estuvo entre los que agudizaron aquella crisis económica, que culminaría el 14 de julio con la toma de Bastilla y el ascenso de la hasta entonces preferida clase social de la burguesía. En 1970, el cielo se pondría de parte de ella porque abundaron las nubes pacíficas que irrigarían los suelos adecuadamente, originando la más optimas cosechas.

A comienzos del siglo XVIII Francia abordad la Revolución Industrial iniciativa cuarenta años antes por Inglaterra. El éxito en la automatización de sus fábricas le dio mayor poder de compra en el exterior, y fue así como la monarquía restaurada pudo neutralizar los nuevos fracasos agrícolas de 1816. pero el temporal de la carestía de alimentos por un verano excesivo, volvería en 1826, reflejándose en los años siguientes y de un modo impresionante en el atrofiamiento de la recién nacida industria y otros hechos que hicieron desplomarse al rey Carlos X en 1830, abriendo así las puertas para el advenimiento de la segunda revolución en 1842.

Por aquellos años la meteorología matizo de una manera luctuosa las tierras de Europa. La quiebra de las cosechas de papa en irlanda hizo que este país perdiera más de la mitad de su población entre muertos e inmigrantes. La crisis se generalizó en el continente hasta el extremo de que, además de un medio millón de muertos de hambre, tuvieron que paralizarse las fábricas de Gran Bretaña, Francia y Bélgica, con sus almacenes repletos y con una banca que se negaba a prestar mientras cobraba incesantemente. Sin embargo, esas naciones no, cesaban de acrecentar el poder de una tecnología que en medio de estas contingencias continuaba progresando.

La misma sirvió de reserva para aprovechar tres hechos venturosos de la época, gracias a los cuales fue posible rehabilitar los mercados de consumo y redoblar el funcionamiento de los centros industriales. Esos hechos fueron el descubrimiento y la explotación de las minas de oro en California y Australia y el florecimiento del transporte ferroviario. El precioso metal le dio compradores y liquidez, o mejor dicho, un circulante amplio a las naciones afectadas por la crisis, puesto que pudieron llenar sus arcas con el dinero que obtenían de sus productos colocadas en manos con poder adquisitivo.

En nuestro tiempo estos colapsos siguen amargándoles la existencia a los jugadores de bolsa y a los accionistas de grandes y pequeños consorcios. El sistema capitalista no ha podido hallar un medio de prevenir estos impactos causados por la concentración de la riqueza producida por una mayoría, en unas pocas manos. La superación de la crisis económica es facilitada hoy, por los recursos multiplicadores y renovables que ofrecen a las fábricas y a las fincas la ciencia y la tecnología. (Tomado de mi libro:”Ciencia y Tecnología, dos bienes sociales”).


 La Ciencia Amena. Arístides Bastidas
Un día tal como hoy, 27 de Octubre de 1987

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