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octubre 10, 2004

Fue en el año de 1931 cuando la ciencia pudo advertir las ondas radiales que hoy permiten auscultar sin verlo al Universo.

La Ciencia Amena. Arístides Bastidas.
Un día tal como hoy, 10 de Octubre de 1986.


A pesar del formidable perfeccionamiento del telescopio inventado por Galileo, en las primeras décadas de este siglo los astrónomos seguían valiéndose de su mirada, igual que los sacerdotes egipcios y caldeos, para examinar las intimidades del cielo. Nadie concebía la posibilidad de auscultar el espacio con ningún otro de los sentidos. En los años veinte las telecomunicaciones alcanzaban la meta máxima de la radiodifusión. Esta se apoyaba en las ondas hertzianas llamadas así en honor a su descubridor. Existía la creencia de que eran exclusivas de la atmósfera. Las transmisiones radiales eran interferidas por ruidos parásitos y la empresa Bell decidió investigar sus causas, en el afán de mejorar los receptores y aumentar sus dividendos.

Encargó este trabajo a uno de sus ingenieros más jóvenes y competentes. Se trataba de Carlos Jansky que a la sazón, en 1931, contaba veintiséis años de edad. Jansky construyó un extraño artefacto horizontal y metálico con ruedas que permitían moverlo sobre un carril en el patio de su residencia, con ésta, las sonoridades que vagaban por el aire que circunda la tierra. Después de una fatigosa labor de observación en la que se trasnochaba muchas veces, concluyó que las alteraciones en los radiorreceptores tan molestas para los oyentes eran de tres procedencias: unas eran de las tormentas cercanas; otras eran de las tormentas en las grandes alturas de la ionosfera.

¿Y las terceras? Con la agudeza de los grandes investigadores para comprender lo inexplicable, se dio cuenta de que las terceras perturbaciones eran de origen extraterrestre. Lo dedujo de su velocidad, que era de setenta y dos millones de kilómetros por día. Hacían pues un recorrido lo suficientemente largo para revelar que venían de algún remoto confín de la Vía Láctea, nuestra Galaxia, en la que hay entre cien mil millones y doscientos millones de estrellas. Pudo detectar que estas ondas eran las de más pequeña longitud, aunque no llegó a imaginar que por su capacidad para conducir altas concentraciones de información, permitieran el invento de la televisión.

Con esta colosal antena del radiotelescopio de Jodrel Bank, Inglaterra, se han captado galaxias que están a decenas de miles de años luz de la nuestra. (Rep. Tejada)


En 1931 publicada su hallazgo en el New York Times porque los astrónomos y sus revistas le restaban toda importancia. Sin embargo, se demostraría después, estaba dando nacimiento a la radioastronomía. Sin proponérselo había descubierto que en la parte más baja del espectro luminoso, estaban unas ondas que no eran visibles pero que se podían oír. Tenían la imponderable ventaja de que cruzaban limpiamente las colosales barreras del polvo interestelar, para venirnos a decir lo que había detrás de ella, a través de aparatos que en vez de servirse de la óptica, aprovechaban sus propiedades auditivas para examinar el cosmos: los radiotelescopios. Pero la empresa en la que estaba empleado Jansky no estaba interesada en estas abstracciones inútiles para sus objetivos industriales.

Jansky tuvo que dejar sus sondeos del espacio, pero la puerta de un nuevo conocimiento había quedado abierta y por ella estaría el ingeniero Grote Reber, adscrito a una fábrica de radios en Chicago. Informado de los avances de su antecesor, se valió de un gran disco metálico de diez metros de diámetro para captar los murmullos de un mundo que hasta entonces había sido ignorado por los hombres. El pudo confirmar que las microondas, insólitas mensajeras partían del centro de la galaxia a la constelación de Sagitario. Verificó también que otras vibraciones provenían de las manchas solares.

Estas investigaciones carecían de aplicaciones destructoras y por eso fueron marginadas durante la Segunda Guerra Mundial. Al terminar de ésta, en el observatorio de Leiden en Holanda, Jan Ort reiniciaba la búsqueda en las profundidades del espacio. Con una red de antenas y de receptores empezaron a captar transmisiones en que las microondas indicaban la presencia de miles y de miles de galaxias como la nuestra que jamás se habrían observado con los telescopios ordinarios. Los científicos saben que la Vía Lácteas silba, que el Sol suspira y que el planeta Júpiter gruñe emitiendo ondas radiales en la luz que reflejan. Se ha descartado la especulación de que remotas civilizaciones nos enviaran cables en una radiotelegrafia intergaláctica. Pero entre las ondas radiales de este origen, puede haber algunas que partieron del Bing Bang que hace trece mil millones de años habría engendrado el actual Universo. Y bien podrían ser ellas un recurso que nos ayudara a percibir el estado de la materia y de la energía cuando estaban en la cuna.

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