enero 08, 2014

Dos millones de ventanillas tiene el aire acondicionado que en tiempo de frío y de calor funciona dentro de nuestro cuerpo.

Dos millones de ventanillas tiene el aire acondicionado que en tiempo de frío y de calor funciona dentro de nuestro cuerpo.


No son las ropas en sí las que preservan de la deshidratación en el desierto, sino las capas de aire que obran como ailslantes del calor entre ellas y el cuerpo de quienes las portan


Una fracción de las moléculas de agua que forman las nubes es aportada por los seres de la especie humana y otros mamíferos, cuyos termorreguladores, provocan el sudor para mantener estable la temperatura del cuerpo. Tenemos en la base del cerebro, el hipotálamo, un centro de diversas responsabilidades entre las cuales está la de impedir que nos calentemos demasiado. En el primer caso faltaría la energía para las reacciones químicas de la vida en el protoplasma celular. En el segundo, el exceso de energías alteraría las sustancias utilizadas en la continua renovación de los tejidos del organismo. Se deduce de ello la gran importancia fisiológica de la transpiración.

Disfrutamos junto con los caballos y miembros de otras especies, el privilegio de innumerables y microscópicas ventanillas a lo largo de la piel. Se trata de los poros que son las boquillas externas de tuberías enrolladas como ovillos debajo de la dermis y a partir de las ramificaciones más periféricas de los vasos capilares. Estos ovillos que terminan en los poros son las glándulas sudoríparas de la cuales tenemos un copioso surtido: dos millones. Ellas constituyen un sistema de aire acondicionado casi perfecto, pues transportan un líquido constituido por agua en una noventa y nueve por ciento; sal común, otros cloruros e indicios de fosfatos en un 0,6 %, urea y ácidos grasos en un 0,4%. 



 Aquí vemos la conexión de los capilares con las glándula sudoríparas a través de cuyos microscópicos  calibres sale el dudor vaporizado, para condensarse en la piel de la que se desprenderá gasificado. 

 El sudor es el vehículo del calor sobrante en el interior del cuerpo y al salir se evapora dejando una impresión de frescura por el principio de que todo gas que se desprende absorbe calor. Todos hemos sentido la sensación helada que quedaría en el sitio en que nos echáramos éter. El proceso de transpiración no se detiene nunca aunque en el frío se vuelva imperceptible. En un ambiente normal cada persona expulsa hasta un litro de sudor por día, el cual arrastra quinientas calorías en promedios, o sea el veintidós por ciento de las que gastamos en cada lapso de veinticuatro horas. En los trópicos nuestro sistema termorregulador se las arregla para estar con Dios y con el Diablo.

Digo esto porque nuestros cuerpos emplean en su que hacer bioquímico las radiaciones solares disminuyendo así el consumo de carbohidratos, azúcares y grasas que es alta en los climas templados de Europa y Norteamérica. Pero al mismo tiempo aumenta la segregación de sudor para contrarrestar la quemante acción del astro rey. También lo hace para neutralizar el calor de un atleta en plena acción, determinando por la elevada combustión que suscitan sus tejidos y por la fricción propia de sus movimientos. Hay ciertos animales que se asfixiarían con una competencia de treinta o cuarenta metros. Entre ellos se hallan los chigüires porque carecen de glándulas sudoríparas y no pueden refrescarse arrojando borbotones de saliva caliente por la boca como lo hacen los perros que tampoco las tienen.

Se ha demostrado que en el desierto un hombre puede perder hasta un litro de agua por hora, debido a los reajustes impuestos por las glándulas sudoríparas y por su amo y señor, el hipotálamo. Ahora bien, si en vez de las gruesas ropas que le preserven a un beduino la humedad de la piel, se le expusiera desnudo, podría sufrir en 60 minutos una deshidratación de casi cuatro litros y un gasto energético de dos mil calorías, equivalente a las que obtendría en medio kilo de pan. Hay personas con tendencia a la sequedad de la piel, anhidrosis, en oposición a otras que con un aumento leve del termómetro sudan copiosamente, hiperdrosis.

Hace más de doscientos años se sabe que el sudor da olores tan individuales como las huellas dactilares. El origen de estos y el de otros emanados de pies y axilas se explica por el efecto de los ácidos grasos volátiles que salen en las gotas de este compuesto orgánico transparente y de sabor salado. Por cierto que hay científicos que han acogido como fenómeno cierto el aludido por el evangelista Lucas en este versículo: “Y fue su sudor como gotas de sangre que corrían hasta la tierra”. En efecto, ese síntoma atribuido a Jesús cuando oraba en el Monte de los Olivos se denomina hematidrosis y es experimentado en zonas debilitadas de la piel por personas sometidas a emociones fuertes como la tristeza y la angustia que Mateo viera en su Maestro en vísperas de la inmolación. 

 La Ciencia Amena. Arístides Bastidas. 10 de Octubre de 1985.

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