diciembre 18, 2013

Tan grandes como nuestros cóndores las avutardas en Europa encuentran en la mano del hombre la tabla de salvación.




Las avutardas son privilegiadas porque entre ellas son los machos los que se adornan para seducir a sus prometidas con las que guardarán una recíproca fifelidad.
Hace mas o menos cuarenta y cinco millones de años, la naturaleza empezaba a confeccionar los modelos más avanzados de sus criaturas. Ya existían las plantas con flores que apoyadas en esta ventaja, se expandían con una velocidad imposible, para sus antecesores, entre los pinos y los helechos. Las fanerógamas  introducirían las frutas, semillas revestidas de una fragante y carnosa pulpa. Esta innovación aceleraría la evolución de los mamíferos recién llegados entonces y de las aves que llevaban noventa millones de años de residencia en el planeta. En aquellos días surgieron las antecesoras de las avutardas.

Juntos con sus parientes directos, las grullas y las famosas cigueñas, formaron nutridas poblaciones ingiriendo la inagotable alimentación que les ofrecíían los bosques de los árboles frondosos y exhuberantes. En este período, eñ Eoceno Medio, aparecieron especímenes insólitos, entre las cuales se destacan los moas de Nueva Zelandia. Eran tan herbívoros como los predecedores del elefante y alcanzaban la impresionante altura de tres metros y medio. Los restos de sus huesos y plumas revelan que su extinción ocurrió hace unos tres siglos, causada por su limitada reproducción y porque , no obstante su corpulencia, carecían de armas defensivas frente a sus depredadores, entre los cuakles estuvo, el hombre.

Las avutardas alcanzaron tamaños descomunales,  pero los redujeron inteligenemente para adaptarse a la características de la vegetación cuyos exponentes disminiuyeran por la crisis climáticas y el ritmo con que prodigaban sus bienes. Otras especies hicieron lo mismo, pero lo que perdían en tamaño lo ganaban en competenciaa para sobrevivir. De allí entonces que surgieran géneros que han llegado hasta nuestros días. En las décadas de este siglo las avutardas han sufrido un descenso contínuo de sus poblaciones en todos los continentes, salvo en América donde jamás existieran y donde no hay ninguna especie que tenga con ellos el más lejano vínculo de consanguinidad.

Sus plumajes son ocres y grisáceos y sus picos cortos y fuertes. Las avustardas son buenas voladoras pero se les llama pájaros caminantes por su aficción a la carrera de velocidad. Es tna intensa que en las épocas mediovales, en vez de escapar a las alturas ante la persecusión de gentes a caballo, preferían correr hasta que eran enlazadas. Desconocedoras por completo de las técnica de la Ingeniería Civil, nunca constituyen nidos y los improvisan en las depresiones casuales que encuentren en el suelo. Allí ponen cuatro huevos manchados de color verdoso de los que, si hay suerte, saldrán un mes más tarde sendas crías que a las cinco semanas saben usar sus alas.

La tradicional y deportiva lucha de los machos que se disputan los favores de una coqueta, responde a las leyes de la selección natural y a la finalidad de que se imponga el mejor dotado para la reproducción de la especie.

 Su último habitat ha sido el de la Europa Central donde están al borde de la extinción. En la República Democrática Alemana han dispuesto medidas perentorias para multiplicar a las doscientos avustardas imperiales que les quedan. A control remoto y con sistemas electrónicos detectan sus nidos para ponerlos a salvo de merodeadores enemistosos. Está en vigor un decreto que sería considerado violatorio de la propiedadprivada en los parajes del subdesarrollo. Cada agricultor destinará el uno por cient0 de sus tierras a plantaciones arbóreas, que den fruto apetecibles para esa aves y propicien poblaciones de insectos y de gusanos que gusten a su paladar. Una asociación de veintidos mil activistas de la conservación de ña naturaleza, vigila el cumplimieno de este decreto, en atención al principio de que es deber de la sociedad velar por el mantenimiento y el progreso genético de la fauna y la flora.

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