junio 12, 2007

Sólo un ejemplar disecado queda hoy de una especie de aves que tenía tantos individuos como la actual especie humana.

En 19877 los legisladores de Ohio rechazaban un proyecto de ley protectora de las palomas migratorias, mientras se burlaban del conservacionista que lo pusiera.


La corteza terrestre ha sido el escenario en que la naturaleza montó la obra maravillosa de la vida y también un laboratorio en el que se ha probado innumerables especies de criaturas descartados en su inmensa mayoría. Una de sus más amargas experiencias debió de ser la protagonizada por las palomas migratorias (Ectopistes migratorius) que durante milenios convivieran exitosamente con representantes de las razas aborígenes de nuestra especie en las grandes extensiones boscosas de la partes oriental de Norteamérica. Pertenecieron al linaje de las Colombáceas, lo que quiere decir que eran medio hermanas de la que simboliza el Espíritu Santo. Hoy, al igual que esa divinidad, no tienen más reino que el del otro mundo.

Estas palomas vieron llegar a los europeos sin sospechar la suerte aciaga que éstos les deparaban. Eso mismo les paso a nuestros antepasados indios. En el hábitat de tales aves no había ningún cereal que les suministrara los cientos de toneladas diarias de alimento que consumían. Medían cuarenta centímetros de longitud y tenían unos sesenta centímetros de envergadura con las alas desplegadas. Les era fácil ocultar al sol por la razón antes dicha y porque sus bandadas no eran ni de cientos, ni de miles, sino de millones de individuos. El naturalista Alexander Wilson calculaba su población en cinco mil millones de ejemplares en 1810.

En sus ácidos nucléicos cargaban sin lugar a dudas, el secreto de la longevidad, lo cual habitualmente guarda una relación directa con el tamaño de los seres de distintas especies. En el Museo Nacional de Washington se exhibe hoy disecada la última de estas aves, muerta en 1914, llamada Marta en recuerdo de la esposa de Washington. Se calculó que había vivido veintinueve años, que es como si un ser humano alcanzara la edad de Matusalén. Las parejas estrictamente monógamas, sólo engendraban un par de pichones al año. Gracias a su larga vida superabundante en tal forma que el expresado Wilson estimó en dos mil millones de palomas, una bandada que observara cuando las estudiaba en el Estado de Ohio.

Proyectaban una enorme sombra debido a que ocupaban un espacio de kilómetro y medio de ancho es decir cuatro y más de tres mil quinientos cuadrados y más de trescientos kilómetros de longitud. Audubón, cuya seriedad era inobjetable, apreció en mil millones de ejemplares otra bandada que tardó dos horas en cruzar el horizonte. Uno se pregunta de dónde sacaban tantas nueces y bellotas para cubrir la demanda de su alimentación. Esta era muy exigente por el combustible que gastaban durante sus viajes de nómadas que sólo se quedaban en cada lugar durante el tiempo en que hubiera que comer. Suministraban altas porciones de la llamada “leche de paloma” de sus polluelos que se conducían como virtuales máquinas de tragar bocados, con los cuales desarrollaban espesas capas de grasa debajo de sus pieles. Sus padres, que se turnaban durante las dos semanas de incubación y durante otras dos más para calmarles el apetito, los abandonaban luego. Esta era una conducta pedagógica, pues así los obligaban a que aprendieran a volar cuanto antes y a bregarse su propia subsistencia. Durante el forzado ayuno mientras adquirían el dominio del aire, se adelgazaban porque agotaban la gasolina oculta en sus depósitos de manteca. Sus migraciones no dependían de los cambios climáticos, los cuales tenían el único móvil de buscar nuevas zonas de abastecimiento. Los pieles rojas mataban los necesarios para su dieta pero los colonos las convirtieron en un negocio que llegó a competir con el de los criaderos de ganados.

A mediados del siglo pasado la fiebre del oro en California tenía su contrapartida en la fiebre de los cazadores de palomas migratorias. Incluso asesinaron al colaborador de Audubón, Guy Bradley, porque trató de detenerlos.


Estas aves al igual que los bisontes tuvieron innominados Búffalo Bill . Las diezmaban derribando a hachazos los árboles en que había hasta cuatrocientos pichones en doscientos nidos, o quemándolos para recogerlos chamuscados cuando se caían, tan rentables y apetecibles eran sus carnes. En 1900 era fulminada a guamarázos la penúltima de estas palomas. La última ya la mencionamos, se murió de vieja y triste en el zoológico de Cincinati, desde donde su cadáver fue remitido en un cajón con hielo, a Smithsonian Institute. Allí la disecaron para que las generaciones humanas de los tiempos presentes y futuros conocieran a esta especie tan sañudamente eliminada. Pudieron ser un experimento de la naturaleza que quería ver el efecto de una incontrolable explosión demográfica. Si fue así no lo sabremos nunca porque una vez más sus planes fueron entorpecidos por la inexplicable maldad en el corazón de algunos congéneres.

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