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diciembre 11, 2004

En un colorante textil la ciencia halló la primera arma contundente contra los microbios: el Prontosil, padre de las sulfas.

La Ciencia Amena. Arístides Bastidas.
Un día como hoy, 11 de Diciembre de 1984

A fines del siglo XVIII Jenner descubría la vacuna contra la viruela sin identificar al agente que la causaba. Hasta entonces, nadie había pensado en los microbios, conocidos desde 1677 cuando llegó Leeuwenhoek los viera por primera vez, fueran causantes de las mortales infecciones. A pesar de que tres siglos antes había surgido el renacimiento que le devolviera al hombre la conciencia de su verdadera significación, éste seguía creyéndose creyéndose demasiado grande para temerle a uno seres tan diminutos e insignificantes. La dinámica mente de Pasteur advertiría la culpabilidad de los gérmenes en el desarrollo de cuadros febriles letales. Correspondería a Lister la iniciación de la guerra química contra los invisibles y arteros enemigos.


Ante de las sulfas, los pacientes de la mayoría de las infecciones, dependía de su resistencia y del esperanza de que algún milagro ocurriera.


Este cirujano aplicaba el ácido fenico en las heridas de los amputados, para matar las bacterias patógenas a las que, al tanto de los hallazgos del francés, consideraba responsable de la alta mortalidad post operatoria más tarde se formularon nuevos compuesto de mayor eficacia contra los microorganismos, que sólo se podían usar externamente. Eran demasiado venenosos para aplicarlos por la vía oral o por la de las venas en infecciones de otro tipo.

La sífilis era el terror de ricos y pobres, en blancos y negros por la impunidad de sus estragos en la salud. A continuación este siglo, se obtenían un preparado aresenical contra las espiroquetas de este mal.

Se le denominaba 606 porque ése era el número de experimentos que habían hecho los científicos para obtenerlo. Este paso fue sin lugar a dudas el primero de la rama médica que hoy llamamos quimioterapia. Sin embargo, las infecciones seguian cobrando un saldo en vidas tan numeroso como el de varios terremotos por año. En la Primera Guerra Mundial los microbios mataban más soldados que balas y que los gases. Los laboratorios de las potencias en conflicto trabajaban al máximo de su rendimiento creativo en la búsqueda de una droga antimicrobiana, sin el menor éxito. En los años 30 tendría lugar un hecho estremecedor de la terapéutica, que entonces estaba en víspera de alcanzar un arma contundente contra las bacterias.


El azufre, que tenía fama de diabólico, ganó la de angelical con los componentes de la sulfas, ya que se haya con el oxígeno, el nitrógeno y el hidrógeno. Debemos a Gerardo Domagk este hallazgo.

Gerardo Domagk era médico y por la situación recesiva que vivía la derrotada Alemania, había tenido que emplearse como químico en la industria de los colorantes. Sabía que éstos eran inócuos para el hombre, pues durante las pruebas de control de calidad se examinaba el grado de toxicidad que pudiera representar para una mujer en sus adornadas ropas. Se escogían desde luego, lo que no tenían ese riesgo. Domagk recordaba la muerte de gérmenes por sustancias con los que eran teñidos para su examen en el microscopio. Dedujo que los colorantes de las fábricas pudieran también tener un efecto destructor de los microbios.

Analizó diversas tinturas, hasta que descubrió una, de un hermoso anaranjado rojizo, que fulminaba a los cocos, apenas entraba en contactos ellos. En el año 32 comprobaba eufórico que una rata a la que había infectado previamente, se recuperaba hasta quedar sana del todo, con aplicaciones del colorantes al que llamaba Prontosil. En 1934, una hermana suya estaba al borde de la muerte por una invasión de estreptococos. Desesperado le inyectó la sustancia en dosis conservadoras hasta que recuperó del todo la salud. El gran impacto del hallazgo se sintió en el mundo entero cuando la nueva medicina era salvado el hijo menor de Franklin Delano Rooselvet, El presidente de los EE.UU.

Hemos narrado el descubrimiento de la sulfas en 1935. Pronto se supo que no mataban las bacterias, sino que les impedían crecer y multiplicarse, interfiriendo en su metabolismo de un modo tramposo. En efecto, esta sustancia, al entrar en el protoplasma de un microbios reemplazaba con su inerte ácido paraminosulfónico, el ácido paraminobenzoico, vital para el germen dejándolo adormecido el inhabilitado. Casi de inmediato, la ciencia produjo un arsenal de sulfas activas contra las infecciones por estreptococos, neumococos, meningococos, colibacilos. Finalmente se prepararon las sulfadiacina, la sulfameracina y el marfanil, efectivas contra múltiples bacterias patógenas. Estas drogas causaban trastornos alérgicos alérgicos que originaron cepas de microbios. Cayeron en desuso al empezar la edad de los antibióticos en 1945.





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