octubre 28, 2004

Las plantas fueron las primeras en dejar el agua para venirse a Tierra: de no haber sido por los bosques La vida seguiría sólo en los mares

La Ciencia Amena. Arístides Bastidas
Un día tal como hoy, 28 de Octubre de 1991




Entre hace 420 millones y 350 millones de años, los desiertos que fueran las partes continentales del planeta se transformaron en zonas paradisíacas. No había ni aves ni mamíferos, ni reptiles, pero impresionantes bosques de helechos de 12 metros de altura, habían estrenado el verde en los cinco continentes. Se cree que este poblamiento, que ocurrió sólo en las zonas tropicales, fue facilitado porque todos los territorios secos estaban fusionados en uno solo. Habrían constituido el continente único, denominado Pangea por los autores de esta teoría. Según ellos, la fragmentación en cinco partes habría ocurrido durante una catástrofe indescriptible, hace 200 millones de años: en el período señalado al principio, reinaban animales que han llegado a nuestros días.

Cuando las hepáticas, pequeñas descendientes de las algas desertaron del agua marina, la atmósfera empezó a impregnarse de un gas desconocido para ella: El Oxígeno. En pos de este y de las hepáticas, se mudaron también diminutos descendientes de los crustáceos. Eran los adeptos, diminutos tatarabuelos de las 800 mil especies de insectos modernos. En su persecución llegaron las arañas, los ciempiés y los alacranes, cuya presencia habría roto los nervios de acero que caracterizaban a un astronauta. Digo esto porque eran mounstros de medio metro de ancho y dos metros de longitud. Es probable que se les hubiera agotado las presas mayores en los océanos y que la escasez los hiciera sentirse a la norma de que todo es cacería, de mosquito para arriba.

Los mosquitos no existían pues faltaban más de 100 millones de años para que les aparecieran las alas. Los insectos primitivos proliferaban, a expensa de la savia y los restos de hepáticas, licopodios, equicetos y helechos. Pronto los arácnidos vieron que se les acababa el monopolio del banquete viviente. Antecesores de sapos, ranas, salamandras y otros anfibios, se adueñaron de todas las zonas vegetales. Gustaban tanto de las arañas como de las hormigas y al parecer, hobo otros inmunes al veneno de ciempiés y alacranes a los que devoraban como u plato predilecto. Hoy se estima que el tamaño gigantesco de estos últimos, se disminuyó a sus actuales dimensiones para adaptarse al limitado régimen dietético de las tierras continentales.

En los países nórdicos los pinos recién nacidos son vistos como amiguitos del Niño Jesús.


Los helechos pudieron formar inmensos bosques, debido a la abundancia del agua de lluvia, y a microbios recicladores de restos orgánicos con los cuales fabricaban suelos fecundos. Tales microbios descendían de los que aún habitan los mares. Hasta hoy no han dejado de perpetuarse y de cumplir su acción de transformar en fertilizantes toda materia que hay estado viva. Los helechos se multiplican por esporea, que al caer en piso húmedo, sufrían un proceso que sigue culminado en el óvulo y un espermatozoide. Los más avanzados fueron precursores del invento de la semilla. Esta, como se sabe, consiste en una microscópica planta, acompañada de un almacén de víveres que consumirán, mientras empiezan a autoabastecerse de alimentos, mediante el impenetrable fenómeno de la fotosíntesis.

Hace 350 millones de años se registraba un vigoroso salto hacia delante en el reino vegetal. Aparecían plantas bien diferenciadas de los helechos. Fueron ellas las verdaderas introductoras de la semilla y el polen. Este era producido por pequeñas estructuras llamadas piñas. Otras, de apariencia similar, eran portadoras de óvulos. El viento arrastraba polvaredas de granos de polen, a fin de asegurar que alguno alcanzaría su destino, en el seno de una piñita hembra. Los espermatozoides de las coníferas desconocen, al contrario de los restantes de este mundo, el arte de la natación. Ellos caen por gravedad en el óvulos que van a fecundar.

Las piñas hembras como las masculinas tienen formas de cono. De allí el nombre d coníferas, con el que hoy conocemos a los pinos, abetos, cipreses, cedros, arces y especies afines. Hace 190 millones de años rodearon de bosques franjas del Hemisferio Norte y del Hemisferio Sur. Hace 165 millones de años, al final de su imperio, fue decretado por recién llegados que adornaban con vistosas policromías del paisaje, aunque no por razones artísticas. Eran las fanerógamas con el colorido de sus flores y de sus frutas y con un vehículo más barato y más seguro a los efectos de su fecundación. Me refiero a los insectos. Las coníferas fueron reducidas de las 20 mil especies en su periodo de su mayor esplendor, a las 540 especies de hoy. No obstante han aplicado una capacidad d adaptación exclusiva de ellas. Esto les permite construir bosques por igual en las temperaturas heladas de la taiga, cerca del Círculo Polar Ártico y en las zonas bañadas de sol que hay en Uverito.

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