octubre 29, 2004

El mundo que conocemos sucede al que existió que a su vez será reemplazado por el que vendrá después.

La Ciencia Amena. Arístides Bastidas.
Un día tal como hoy, 29 de Octubre de 1982


En este excelente libro el autor conviene en que antes los eslabones perdidos el rigor científico y la imaginación se pierden en el misterio de un momentáneo callejón sin salida. (Rep. Tejado)

Una explicación sobre las originalidades de la fauna terrestre sudamericana, aparece en el libro extraordinario de Mario H. Ricardi S., publicado por la ULA. No sé si por esta vía podremos comprender las diferencias relevantes que hay entre nuestros monos y los del Viejo Mundo. La obra hace hincapié, con lenguaje accesible y ordenada sintaxis, sobre la interacción entre lo que está vivo y lo que no lo está, entre lo biológico y lo abiótico. Cada vez que la Tierra cambió su aspecto externo, las aguas ocuparon tierras continentales y éstas pasaron a ser lechos marinos. Los seres vivos que respondieron bien con el poder de sus genes, se adaptaron y los otros sucumbieron.

En diferentes oportunidades a lo largo de los tres mil doscientos millones de años que lleva la vida sobre el planeta, ésta prosperó inicialmente en las masas oceánicas modificando su naturaleza y su contenido. Hace cuatrocientos veinte millones de años, los pioneros vegetales y animales que dejaran el mar, inventaron técnicas para modificar los suelos y de establecer sobre los continentes millones y millones de toneladas tomadas de ellos, pero convertidas en materia viviente. Cada vez que el mar ahogó a las criaturas de los entornos a los que se mudaba, los descendientes de ellas se reinstalaron en las tierras yermas para proseguir el imperio de una evolución victoriosa.

Ricardi insinúa en su volumen de más de cuatrocientos páginas, el mejor en su especialidad que hemos visto, la circunstancia de que tanto la corteza terrestre como sus pobladores, están sometidos a un dinámico ritmo, que los hace recíprocamente errantes. Ningún sistema ecológico es permanente, como tampoco lo son las estructuras externas del globo en que moramos. El equilibrio que presenciamos es temporal, aunque luzca estable para miles de generaciones. Lo de ayer no existe y lo de hoy será reemplazado por lo de mañana. Nos muestra el ejemplo de la América que después de estar unida se partió en dos fragmentos, el del norte y el del sur, hace más de cincuenta millones de años. Sudamérica quedó así aislada, mientras el norte mantenía con Asia y con Europa puentes como el del estrecho de Behring.

Los Andes sigue aún replegándose y son activistas de una revolución que protagonizaron con los Himalayas y a los Alpes, iniciara hace más de cincuenta y ocho millones de años.


El rostro biológico del territorio comprendido entre nuestras costas y la tierra el fuego, debió entonces transformarse, por que había desaparecido la influencia genética que nos llegaba de la región septentrional. Los creodontes carnívoros, los ungulados o animales con casco y pezuña y otros placentarios primitivos tendrían una prole orgullosa de una fisonomía propia. Entre ellos están los antecesores de los fósiles de los caballos pequeños encontrados en las alturas del Ecuador y de los araguatos y otros primates, a los que pertenecen los vivaces capuchinos, equivalentes por su cociente intelectual a los chimpancés africanos como acompañantes de los organilleros.

Este compendio de la evolución biológica y geográfica, que así se llama el expectante libro, nos habla del afloramiento del sistema de la costa, del que forma parte nuestro majestuoso Ávila, que seguía emergiendo en forma notable el Oligoceno, cuyo comienzo data de hace treinta y ocho millones de años. Mientras el océano y el escudo de antiquísima rocas que tenemos en Guayana, los Andes nuevos, puestos que hubo unos anteriores que se erosionaron, continuaban elevándose después de desalojar el mar que estuvieran allí, que había estado Falcón y que en el Zulia había originado un mar interior.

Hace dos o más millones de años cuando expiraba el Plioceno, los herbívoros suramericanos lanzaron un SOS que nadie oyó, por que se habían venido para acá, cruzando el Istmo de Panamá, el cual había conectado de nuevo las dos partes del continente. El autor de la obra citada considera probable la existencia pasajera de un puente entre Sudáfrica y Sudamérica y que los Hipariones, parientes de los caballos, distribuyeron en el viejo mundo, descendían de un antecesor con pezuñas de tres dedos que viviera en Norteamérica. De igual modo estima que en este periodo final de la edad terciaria hubo un hundimiento a los que se deben la fosa y el golfo de Cariaco, así como la separación de las actuales islas de Margarita, Trinidad, Coche y Cubagua. He aquí pues un trabajo que nos interesa a todos y en el cual podremos aprender sobre las brusquedades de la faz terrestre y sobre el modo triunfal con que las han enfrentado los representantes de la vida.


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