octubre 28, 2004

Después que el sol muriera los meteoritos se volvieran planetas y la tierra y sus hermanos se convertirían en nueve estrellas

La Ciencia Amena. Arístides Bastidas.
Un día tal como hoy, 28 de Octubre de 1981

No nos gustaría vivir en nuestra Tierra cuando se volviera como las estrellas, un horno infernal de energía.

Los partidarios de la entropía están perdiendo terreno, pues la información que los científicos recavan sobre el universo del ayer, hace suponer que la transformación de materia ha sido siempre un fenómeno rutinario en el cosmos. La entropía acepta que la energía es inagotable, pero sostiene que, llegará un momento en que no podrá usarse más, pues sería como el agua empozada después de haber dado muchos saltos durante un largo recorrido. Hoy se intentan explicaciones sobre mil grados C que hay en ciertas zonas de Júpiter y sobre el hecho de que la luz que refleja es dos veces superior a la que llega al del Sol.

Según el conocimiento astrofísico de nuestro tiempo, no sólo Júpiter podría convertirse en estrella con sus satélites trocados en doce planetas, sino que a la Tierra y a sus siete hermanos restantes les resguardaría un futuro análogo. Las deducciones en que se funda esta teoría, se han hecho al examinar las radiaciones errantes por el espacio, dejadas por astros que murieron hace decenas de miles de años, cuando el universo era un bebé. Esas radiaciones son como las huellas de un fantasma que sin embargo deja oír sus pasos con la claridad necesaria, para calcular las dimensiones de su cuerpo, los kilos que pesa y la densidad de la materia que lo forma.

Hay otras observaciones en que la inteligencia humana hace gala de la sutileza increíble. Se ha demostrado la idea, de que los fragmentos de cuerpos mayores que explotaran en fechas remotas e imprecisas de la vida sideral. Resulta que los meteoritos tienen apenas dos mil millones de años, mientras que el sistema solar va a cumplir cinco mil millones de años. ¿Entonces dónde está la partida bautismal de los meteoritos?. El soviético Mijaíl Lobamoysky sostuvo en la academia de Ciencias de la URSS, que son acumulaciones de partículas en torno a un pequeño núcleo, que las atrajo con la fuerza gravitacional, la más misteriosa de las divinidades si los científicos creyeran en ellas.

Recientemente se han encontrado los meteoritos pétreos, auténticos jovencitos de la galaxia, pues su edad no pasa de los diez millones de años. El hecho robustece la suposición del ruso, quien anticipa que en un porvenir inconcebible, los meteoritos se juntarían también por una acción gravitatoria, hasta construir nuevos planetas. Huelga recordar que las masas de estos como la de todos los cuerpos guardan señales de energía que al desatarse constituirían hornos inconmesurables de luz. Lobanovsky piensa que esa transformación ocurrirá algún día en todos los planetas, que terminaran volviéndose estrellas. Por los tanto, la tierra también tiene ese destino.

¿Pero cuando? Hoy se sabe que la tierra crece de afuera hacia adentro y de adentro hacia fuera. Los rayos cósmicos que nos llegan transportan átomos de hidrógeno, helio, litio, berillo, boro, carbono, nitrógeno, hidrógeno, oxígeno, flúor, hierro, aluminio y otros elementos. Este polvo que se añade a nuestra morada tiene un peso de quinientos quince mil millones de kilo por año. Esto hace elevar en milímetro y medio el nivel de los océanos y en un milímetro anual el diámetro de nuestro planeta. Por otra parte, las radiaciones de calor que se filtran hasta el centro de la tierra originan una dilatación cada vez mayor que se reflejará también, en el aumento de volumen de nuestro astro, como los demás, sentenciado a crecer hasta que se aniquile.

Dentro de diez mil millones de años cuando el Sol habría dado sus últimos guiños, la fuerza gravitacional de la masa terrestre serían tan colosal, que constriñiría a los protones de los núcleos atómicos, transmutándolos en fotones de luz y en piones de existencia que se calcula en millonésimas de segundo, así se generaría el mounstro poder en que oleadas de reacciones nucleares, despedirían los borbotones destellantes propios de un nuevo Sol. La Luna que ya no contaría con el brillo del actual astro rey, devolvería una luz cien veces más intensa, no sabemos si feliz de haber sido elevada al rango de planeta. Finalmente la masa de la Tierra desaparecería convertida en energía convertida en energía. Pero esta a su vez iniciaría el reciclaje para transformarse en la materia de otro cuerpo.

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