octubre 19, 2004

Aunque sabía el riesgo que corría a Salk no le tembló el pulso cuando inyectó con la nueva vacuna a niños inermes contra el polio.

La Ciencia Amena. Arístides Bastidas.
Un día tal como hoy, 19 de Octubre de 1983

Cuando los niños de hoy son expuestos al polio, es porque sus mayores han hecho caso omiso de los llamados del SAS que da protección gratuita contra este mal.

A comienzos de siglo la microscopía le daba a los biólogos, la invalorable ayuda de agrandar suficientemente las células a fin de que el ojo humano pudiera examinarlas. Pero nadie podía ver sino las secuelas y los daños de los virus con que éstas eran infectadas de ex profeso. Los investigadores sabían que esos seres de mundo oscilante entre lo vivo y lo inerte, estaban ahí, deteriorándolo todo igual que el hombre invisible de las viejas películas cuando le daba por destrozar una casa entera. La ciencia tenía evidencia de las dimensiones ultramicroscópicas de los virus, porque las soluciones en que se les ponía, eran capaces de atravesar finísimos filtros frente a los cuales las bacterias era como guarales ante el ojo de una aguja.

Es difícil controlar a un delincuente al que nadie ha visto. Aún así los investigadores trataban de cultivar virus a partir de muestras globales de ellos, como ya se hacía con las bacterias. En este sentido les salió al paso una nueva contrariedad. Los virus rechazaban los azúcares y las proteínas muertas en que sí se multiplicaban los restantes gérmenes. Esto permitió deducir que los escurridizos e infinitesimales bichitos, sólo comían raciones de seres vivos a expensas de los cuales hacían su agosto y proliferaban inconteniblemente. Pero otro inconveniente iba a presentarse: ¿Qué ser vivo se prestaría para este papel dentro de los respectivos tubos de ensayo?

La respuesta no se hizo esperar. El huevo dentro del cual se forma un pollo, está tan vivo como la gallina que lo incuba. En este embrión los virus seguían guardando su incógnito, pero se producían a voluntad de los investigadores y en las cantidades necesarias, para estudiarlos a través de sus consecuencias. En los años veinte no había duda de que la poliomielitis que mataba e inutilizaba a miles de personas en el mundo, era causada por un virus selectivo, pretencioso y agresivo que los demás, pues su fin principal en el cuerpo humano eran las células cerebrales, a las que alteraba para ponerlas a su propio servicio.

Pronto las exhaustivas búsquedas de la inteligencia humana contra el enemigo chiquito, surtieron sus efectos. El virus de la polio pudo cultivarse en fragmentos de embriones vivos, en los que empezara a formarse el tejido nervioso. Era el año 1949, cuando un hijo de polacos, nacido en Norteamérica, tomaba nota de este hallazgo en su cubículo de la cátedra de bacteriología que ocupaba en la Universidad de Pittsburg. Era Jonas Salk, quien naciera en Nueva York en 1914, en cuya universidad había de doctorarse 25 años después. A los 34 años que entonces contaba, este doctor miope y retraído se colocaba por obra y gracia de su esfuerzo, su talento y se su creatividad a las puertas mismas de su gran descubrimiento.

Jones Salk asumió personalmente, igual que Pasteur cien años antes, la responsabilidad de aplicar en niños sanos una vacuna nueva. (Rep. Ruiz)

Salk pensó en la posibilidad de una vacuna contra la polio, enfermedad muy temida en los Estados Unidos donde atacaba a niños y adultos. El gran presidente Franklin Delamo Roosvelt había pasado gran parte de su vida en una silla de ruedas a causa del flagelo. Precisamente, la fundación creada por Roosvelt contra el mal, financió los trabajos de Salk, mediante los cuales obtuvo colecciones de virus muertos del polio. Después de purificarlos y de identificarlos durante jornadas que siempre concluirán con cada amanecer, producía en 1952 las primeras vacunas contra el mal, que se administraban en inyecciones.

Salk las aplicó en niños convalecientes del pollo y que por lo tanto estaban protegidos contra el virus. Observo complacido que las poblaciones de anticuerpo que ellos tenían en la sangre, aumentaban ostensiblemente después de sus vacunas. A continuación dio paso dramático, en que demostraba con arrojo extremo la fe que tenia en su hallazgo. Vacunó a niños sanos en cuyo suero se repitió felizmente la aparición de las sustancias que los inmunizarían para siempre en este sentido. En 1954 los diarios de todo el mundo engalanaban sus primeras páginas con la buena nueva de que la implacable poliomielitis entregaba la guardia, vencida por el quehacer de una ciencia bondadosa.

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