octubre 09, 2004

Aunque no oyen ni ven bien hay entre las serpientes unas con un sexto sentido: jamás le falta en la oscuridad

La foseta entre los ojos y las fosa nasales es el sexto sentido  con el que serpientes como la tigra mariposa seguían para atrapar sin verlas sus presas en la oscuridad.

Las serpientes inventaron los lentes de contacto, pero no por razones de coquetería, sino para protegerse los ojos que conservan abiertos, hasta cuando duermen. Son medio cegatas, pero las cascabeles, las boas y sus parientes se compensan con un sexto sentido. Está entre los ojos y las fosas nasales. Se trata de una foseta con la cual detectan las radiaciones infrarrojas de animales de sangre caliente. Al fondo de la misma tienen una pantalla en la que una finísima computadora les dice la distancia a que se halla su victima en la oscuridad. Lo puede hacer porque para ella el calor de la epidermis del animal es como para nosotros el foco nasal una linterna de las tinieblas.
Pero el registro que harían nuestros ojos en ese caso no nos permitiría saltar sobre la fuente de luz con la precisión de milésimas de milímetros con la que un ofidio alcanza el sitio donde da su relampagueante mordida sin romperse la cabeza. La paleontología sigue en pos del pasado de estos reptiles que tal vez, porque se arrastraban más que sus primos, aprendieron a caminar sólo sobre sus barrigas. La hipótesis de que proceden de los lagartos, se funda en los vestigios de huesos de pelvis y de patas que muestran los esqueletos de las boas y de las minadoras del África y de aquí. Estas son más primitivas que las habituales y siguen excavando cuevas para vivir, como las antecesoras de todas las especies de culebras. 


Obsérvense en este esqueleto de boa las costillas con prolongaciones correspondientes a los vestigios  de las patas que tuvieran las serpientes hace más de sesenta millones de años.

Uno pregunta por qué la que tentó a Eva lo hizo con la manzana. Digo esto porque las serpientes nunca han sido vegetarianas, pues desde los días del cretáceo, cuando convivieran con los dinosaurios en vísperas de su extinción, adoptaron su actual dieta de carnívoras absolutas, aunque hay algunas prefieren los huevos a los bistecs. Las más ágiles se metieron a cazadoras, indefensas para el hombre, pero inmunizadas contra el veneno de las víboras y las mapanares, las cuales huyen de ellas aterrorizadas ante el riesgo inminente de ser comidas. Esto pasa porque las ponzoña por su torpeza son fácilmente vencidas por los prontos y elásticos movimientos de las otras.
En descargo de las homicidas hay que decir que sus agresiones se deben a una reacción defensiva frente a individuos que por sus tamaños les infunden miedo. No quieren gastar su pólvora en zamuros y por eso los crótalos, con sus maraquitas y las corales con sus vivos colores, hacen unas advertencias para mantener a raya a supuestos enemigos. Ella tardan en segregar su maléfico líquidos, fundamental para su existencia. Lo usan para inmolar a la rata, el pajarillo o a la rana que le servirán de cena y también para comenzar a digerirlos ante de tragárselos de cabeza. Resulta que la ponzoña tiene la propiedad de ablandar los tejidos y las vísceras, difundiéndose en las carnes más instantáneamente que la tinta en el papel secante.

Las cobras oyen la flauta del encantador, porque las notas musicales hacen vibrar el mimbre de la cesta en que suelen cargarlas. Esas vibraciones llegan al oído que las perciben de un modo muy distinto, desde luego a como las emite el bucólico instrumento. Son sordas al murmullo del agua y al sonido del viento porque necesitan el contacto con superficies sólidas para escuchar. Esta limitada forma auditivas es muy útil, pues con la misma se percatan, por ejemplo, de las pisadas del que se les aproxime para ponerse en guardia y listas para la acción.

Las fosas nasales le sirven sólo para inhalar el aire, pero son totalmente neutras frente a los olores. La lengua bifurcada que cargan envainada y asomándola nerviosamente a través de un tubito en sus bocas cerradas, se explica por las siguientes razones: carecen de papilas y en su lugar poseen microscópicos centros receptores de las moléculas con olor y gusto que haya en el aire o en el suelo. Sacan la lengua para tomarlas y la meten para remitirlas a unas fosas de Jacobson, abiertas en el paladar. Estas tiene conjuntos de terminaciones nerviosas que codifican la información, siendo por lo tanto equivalente al olfato y al gusto. Ojalá que haya satisfecho el pedido para que hablara de esto que me hicieran algunos de mis indulgentes lectores. 


 La Ciencia Amena. Arístides Bas9 de Octubre de 1986

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