septiembre 24, 2004

Maestro, compinche y compadre

24 Diciembre de 1992
Por: Asdrúbal barrios

Llegué a la Brujoteca en 1977, con mis insectos bajo el brazo, para que Arístides cumpliera el doble rol de maestro y tutor.
Pulgas, piojo, aradores de la sarna, cada vez que Arístides le daba el visto bueno a las entrevistas con los insectos, decía que le provocaba salir al baño corriendo para sacarse la comezón.

Fui su alumno (tuvo muchas alumnas) toda la vida, lo empecé a conocer siendo yo el mensajero de El Nacional cuando a su escritorio le llevaba pollo y parrilla, mientras él por teléfono armaba la gran guachafita, jugándole alguna broma a sus colegas. Reía luego, con picardía que conservó hasta el ocaso de su vida

Lo llevé a su médico, cuando recibió la noticia de que estaba aquejado por invasión de papilomas en la garganta.

“Arístides, lamento decirte que después de haber consultado todas las fuentes posibles tanto en Venezuela como el exterior, no hay nada que pueda hacer la medicina occidental por ti”, le dijo su médico.

“Tal vez Cuba, tal vez la Unión Soviética” añadió el especialista como para dejar abiertas las esperanzas.

Arístides respondió: “Bueno primero fue la psoriasis, después la artritis, quedé ciego y para remate sufrí un accidente que me dejó en silla de ruedas; y ahora que tengo que enfrentarme a los papilomas ¿ Qué es eso para mí?

Y al día siguiente amaneció comiendo jengibre y bebiendo agua de la virgen de Betania, medicamento que le suministraba su inefable amiga Mirian Cupillo.

Siempre me dijo que saldara la deuda que tenía que tenía con él (100 bolívares que le quité un día) llevándole aguacates; pero hay una deuda que jamás podré pagarle, y es no haber llegado nunca donde él quiso siempre que yo llegara, porque el caso es irrepetible.

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