septiembre 24, 2004

El labriego del periodismo científico desplegó sus alas hace 10 años. (Por Vanesa Davies. 24/09/2002)

Murió como quiso: sin dejar de ser reportero. Su vida fue un himno a la solidaridad, la constancia y la alegría.

Era irresistible. ¿Quién podía sustraerse al encanto de un título como “La vida comenzó con la despreciable ameba y culminó con el hombre todopoderoso”, o “Los delfines vivieron en tierra pero vencidos por la nostalgia del mar retornaron a él”, o “Los monos no practican la discriminación racial”, o “El perejil daría a Popeye más potencia que la espinaca”? Pero Arístides Bastidas era mucho más. Era un tallo de hierro que nada, nada pudo demoler. Ni las enfermedades, ni la oscuridad de la pérdida de la visión, ni la quietud de permanecer atado a una silla de ruedas, ni la voz escasa que un aparato volvía audible. Se marchó hace 10 años, pero hay tantos sitios de los que no se ha marchado. Es parte indivisible de sus discípulos; discípulos como Marlene Rizk, Acianela Montes de Oca, Marielba Núñez, Mara Comerlati, Carlos Mollejas, Asdrúbal Barrios y todos los que falta por nombrar.

Sus palabras lo retratan. “No soy otra cosa que un labriego contento de cultivar su huerto con la mayor dedicación. Y si algún mérito tengo, reside en la terquedad con que hago la siembra, y no en la abundancia de los frutos que cosecho”, dijo en junio de 1976, al recibir el título de profesor Honoris Causa de la UCV.
Amor al prójimo Bastidas nació en San Pablo, Yaracuy, el 12 de marzo de 1924. En 1945, con el primer año de bachillerato aprobado, se inició en el periodismo: llegó a Últimas Noticias después de trabajar en el hospital psiquiátrico de Caracas.
“Me he dedicado al periodismo por una extraña vocación que aún no alcanzo a entender muy bien, y después porque comprendí que la comunicación social nos lleva a penetrar en las raíces íntimas de nuestro pueblo”, sentenciaba. En otra ocasión aseguró que era periodista “porque el ejercicio de esa profesión puede ser un magnífico medio para amar al prójimo, tanto o más que a mí mismo”. Se encargó de la redacción científica de El Nacional desde 1953. Su columna, La Ciencia Amena, era el oxígeno que lo nutría y que incitaba a soñar a sus lectores con esos abordajes irrepetibles. “El lenguaje del periodismo científico es el mismo que habla el pueblo. El oficio de nosotros los periodistas no es el de oscurecer las aguas para que parezcan más profundas (..) es todo lo contrario, llevar claridad donde existe confusión”.
Fundó el Círculo de Periodismo Científico, y le abrió camino a esta rama reporteril en Venezuela. “Estoy como el embajador que consigue muchas condecoraciones para sí y pocos bienes para la comunidad que representa, pues todavía el periodismo científico, que es el leitmotiv de mis inquietudes en favor del pueblo, continúa en la orfandad”, lamentó en una oportunidad.
Pensaba que el secreto de su éxito era “hablar el lenguaje del pueblo, porque es el más diáfano, el más pedagógico y el más exuberante”. Confesó, en broma, que era “un auténtico pirata, porque mis columnas y mis entrevistas surgen de la consulta que hago en los diversos libros y con diversos investigadores. Cuando las difundo, el público se traga el cuento de que soy un genio”. Pero quienes mejor narran a Bastidas son aquellos que tuvieron la suerte de conocerlo, pura cabeza, puro corazón. Miguel Acosta Saignes lo definió como “un fervoroso militante sindical y político, arriesgado dirigente, acucioso reportero, incansable periodista”. Poco a poco, relataba Saignes, “creó un estilo, convenció a los dubitativos, empezó a tener discípulos y seguidores (...) ha sido una lección de hombría, de voluntad creadora –ha creado un nuevo género de periodismo en Venezuela- de perseverante espíritu progresista que nunca ha dejado sus convicciones de luchador por la libertad de prensa, por la solidaridad de los oprimidos, por la transformación radical del país”.
Penumbra afuera, claridad en casaNinguna limitación física, ninguna penumbra, logró contener ese entusiasmo efervescente. Tras un accidente de tránsito, que se sumó al reumatismo y la soriasis, aseveró que si no podía caminar más “desplegaré las alas y volaré con la imaginación”. Beethoven, la música mexicana y la venezolana, el ajedrez, lo impulsaban lejos de un cuerpo torturado por las afecciones que no estaba a la altura de sus demandas.
La poeta Ida Gramko le dedicó estas líneas: “perdió la luz de sus ojos/ no la necesita ya/ se alumbra con la del alma/ por donde quiera que va”. A Bastidas poco le importaba su discapacidad; de ella opinaba que “a pesar de la importancia de la vista, y de las piernas para caminar, poseemos otros capitales que no siempre evaluamos como es debido”. La descripción de sus males era dura, una pregunta permanente para quienes lo rodeaban, porque ¿por qué a alguien como él? “Anda, repito, en una silla de ruedas y ya no alcanza a leer. No obstante, sigue siendo capaz de producir mensajes significativos para sus lectores, y en el fondo de su corazón y de su espíritu perennemente joven sigue siendo el mismo muchacho yaracuyano que un día se vino de San Pablo”, enumeró su colega Manuel Isidro Molina en 1976. La escritora Gloria Stolk concluía, teñida de afecto, que “ha convertido su propio martirio físico cotidiano en un camino abierto para hacer el bien”. Maestro (a sus alumnos, reunidos en la “brujoteca” de El Nacional, los enviciaba con la lectura y la investigación). Hijo ilustre de Yaracuy (un municipio yaracuyano ostenta su nombre). Orden José Félix Ribas, de la Federación de Centros Universitarios de la UCV. Varios libros publicados. Premios a montón; como el Kalinga, de la Unesco; como el Premio Latinoamericano de Periodismo Científico, que conquistó en 1970 “por su habilidad para trasladar complicados temas técnicos y científicos al lector”. Cuando le entregaron uno de los tantos reconocimientos, respondió “para que tú veas que el reumatismo es una pobre enfermedad que ha perdido su tiempo conmigo”. Bastidas se hizo en las calles. Era autodidacta, pero creía que los periodistas formados en universidades “van a acabar con el bucanerismo, el sensacionalismo, el amarillismo. Con el escándalo, el servilismo ideológico y con el uso de la mentira como mercancía”. De los reporteros, señalaba: “Creo que hacemos un gran trabajo, tan bueno como el de los mejores pedagogos, cuando nos equipamos convenientemente y atendemos las normas de nuestro código ético”. Quiso morir ejerciendo el periodismo. Aspiraba despedirse como el poeta Antonio Machado: “cuando llegue el día del último viaje/ y de hacer partir la nave que habré de tomar/ me encontraréis a bordo ligero de equipaje/ casi desnudo, como los hijos del mar”. Y así lo hizo, el 23 de septiembre de 1992. Hasta siempre, maestro.
“Nos enseñó más que periodismo”
Acianela Montes de Oca. “Arístides era mi papá de otra manera. Casi hablo con Arístides todos los días, porque está dentro de mí. Hace poco no sabía si quería dar clases, y le pedí a Arístides que me ayudara; abrí una entrevista que le hice, y encontré la respuesta: estaba subrayada la frase ‘si no me hubiera dedicado al periodismo, me hubiera dedicado a la docencia’. Nosotros le debemos mucho; tenemos que cumplir con nuestra deuda de trabajar por los que más lo necesitan, que es lo que nos enseñó. Lo recordaba porque la ciencia venezolana está triste, y nosotros como periodistas y como educadores de un aula enorme deberíamos asumir ese compromiso con mayor lealtad. Es que Arístides me dio tanto... nos hacía correcciones feroces y nos templaba el alma. Nos decía ‘llore, pero escriba’. A veces siento que dar clases es una manera de devolver tanto amor que recibí de él. Fue maravilloso estar recostada del hombro de ese gigante”.
Marlene Rizk. “Yo soy lo que soy por Arístides. Él nos enseñó más que periodismo. Aprendimos a trabajar, trabajar. Era muy estricto, tenía una disciplina impresionante. Para escribir La Ciencia Amena pasábamos un día buscando, y luego él descifraba, lo llevaba a un lenguaje sencillo; cerraba los ojos y empezaba a dictar. Y no eran temas fáciles. Era autodidacta. Para comprender un tema consultaba todas las fuentes, y en esa época no había Internet”.
Mara Comerlati. “Él fue un gran maestro. Lo más hermoso era su enorme generosidad. Era una persona muy culta, sabía de todo. Disfrutaba muchísimo la música, sobre todo después de que se quedó ciego. Aunque nunca cursé un posgrado, considero que mi posgrado lo hice durante el año y medio que estuve trabajando con él. Fui la primera de sus alumnas, y era algo maravilloso, imborrable. Ojalá hubiera más personas como Arístides, que dan sus experiencias, sus enseñanzas. Además, era una persona bondadosa, con gran ética, que no se quedó en el pasado, sino que evolucionó con los tiempos. No tenía prejuicios con la gente por sus ideas políticas. Es una persona inolvidable, de la que debemos seguir tomando ejemplo”.
por Vanessa Davies.
24 de Septiembre de 2002

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