marzo 12, 2011

Amor al Maestro.

Escribir unas pocas líneas que reflejen la grandeza de un hombre, y demostrar con ella la admiración que hacia él se siente, resulta muy difícil, sobre todo en momentos como éste. Sin embargo, ¿Cómo eludir el compromiso ante quien ha sido para nosotros el hombre que en los últimos años fungió de guía, en una sociedad donde son muy pocos los que sirven de ejemplo?


Porque Arístides fue uno de esos hombres, que aún cuando el destino le tocó múltiples obstáculos, supo vadearlos unos a otros, al tiempo que permanecía en su puesto de batalla para ejercer con dignidad el oficio del que siempre se vanaglorió: el periodismo.

Quizás esa fue la más grandes de las enseñanzas que pude adquirir en estos trece meses de pasantía con el “profe”, en el tercer piso del viejo edificio de El Nacional. Allí, en “esa escuelita pirata que es la Brujoteca”, como solía llamarla, nos dejó el secreto de su grandeza, que no era otra que la responsabilidad como el mejor instrumento para ser útiles en cualquier función a desempeñar.

Y pobre de nosotros si incumplíamos nuestras responsabilidades, pues en ese momento la firmeza del carácter del maestro caería sobre quien fallara, para hacer recordar que, por ejemplo, la puntualidad en el trabajo era una de las mejores muestras de honestidad que esbozaríamos a lo largo de nuestras vidas. Luego, como el buen amigo que fue, pediría que escogiéramos un tema para desarrollar en La Ciencia Amena, y así volcar otra lección magistral, al poner la ciencia al alcance de todos con palabras sencillas, como lo mandaba José Martí.

Muchas de las anécdotas de Arístides en estos dieciocho años de trabajo con su casi treinta alumnos, y muchas las enseñanzas de prodigó, como hacedor de talentos en su escuela de periodismo. Posiblemente no sea yo de sus más aventajados discípulos en el ejercicio de este oficio, pero seguro que con sus lecciones de dignidad, fortaleza y humanidad, él estará más que satisfecho, pues ese es un gran legado.

Hoy recuerdo el día en que el “profe” recibió la noticia de la muerte de Juan Inojosa. Después de soltar la bocina del teléfono, soltó su llanto como un niño desconsolado, para luego responder que cuando uno tienes ganas de llorar debe hacerlo, sobre todo cuando las lágrimas las motiva un verdadero amigo.

Todo eso que encontramos en él es difícil de hallar en cualquier persona. Quizás sea que los valores han cambiado y esos románticos de otrora se extinguieron con Arístides.


Por Iván González R.

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