octubre 25, 2014

Hay una rana que después de un paro cardíaco de tres meses y estar del todo congelada, retorna felizmente a la existencia.

Walt Disney, en una de cuyas peículas vimos a un esquimal yacuta durmiendo en un iglú a 51 grados bajo cero y con el calor de una fogata.


El 15 de diciembre de 1966 los teletipos de todos los diarios y noticieros del mundo, se agitaban frenéticamente mientras transcribían la información de que Walt Disney, el genio de los dibujos animados, había muerto y que su cadáver se conservaría a una temperatura de 100° C bajo cero, así se cumplía su voluntad testamentaria, con la esperanza de un utópico despertar, cuando la ciencia fuera capaz de curar la dolencia que le cegara la vida. La fisiología tiene bases muy fundadas para negar la posibilidad de un milagro como ese, no sólo porque a los cinco minutos la corteza cerebral fenece irreversiblemente, sino también por el hecho insuperable de que la mayoría de las células son como hojas verdes que se secan de pronto al faltarles por más de un cuarto de hora la circulación de la sangre.

Ella es a que les lleva la leña a la chispa con que alimentan sus diminutos fogones. Estos tienen que generar la temperatura de 37° C, que es la apropiada para efectuar las complejas reacciones químicas de ese caldo viviente al que debemos la vida, constituidos por los protoplasmas de las células. Cinco grados más de calor interno sancochan virtualmente los tejidos y 8° C menos les bajan de tal modo su actividad que aunque se mantengan las funciones esenciales del cuerpo perdemos el conocimiento y desde luego la capacidad para sentir la existencia. Entre 21 y 23.8° C nuestro organismo se sitúa al borde del más allá.

El avance de la cirugía ha determinado procesos de enfriamiento tolerables por el paciente mientras es intervenido. Así los mismos que hoy se agrupan bajo la denominación de hipotermia están auxiliando a la salud, pero, como ya lo insinuamos, no hay nada que haga pensar en que algún día servirán para instituir el arte de la resurrección.

Los hematólogos saben muy bien que los glóbulos rojos directamente congelados, se revientan por efecto de los cristales que se forman pon el agua que tienen por dentro. Hay toros muertos que siguen procreando becerros, porque sus espermatozoides se guardan como joyas preciosas a 70° bajo cero, a los efectos de la inseminación artificial. A fin de que guarden intactos sus dones vitales, se les congela en soluciones especiales,

En estas no hay el riesgo de que los cristales del hielo actúen como puñales asesinos, debido a que el agua se solidifica de modo amorfo, sin estructuras con puntas hirientes. Sin embargo, la investigación es infatigable en las búsquedas de resultados que permitan esquivar con buenas intenciones las leyes de la naturaleza. Se ha descubierto que los animales que se dan el lujo de hacer siestas de tres meses mientras hibernan en las regiones de la nieve, generan sustancias protectoras. Entre ellas se halla el glicerol, el mismo compuesto que usamos para resguarda por años las virtudes genéticas del semen vacuno.

La reina del hielo, denominada científicamente rana sylvática


Según el CIMPEC, organismo populariza la ciencia en América, hay una pequeña anfibia, que podría cederle ciertos secretos metabólicos al hombre, a fin de conservar vivos riñones, córneas, corazones y otros órganos para trasplantes humanos. Se trata de la rana de los bosques, en el hemisferio norte. Los trabajos que acerca de ella realizan los doctores Kennth y Janet Storey, de la Universidad de Carleton en Canadá, han confirmado que durante la estación blanca, este anima se pone tan tieso como un trozo de hielo, mientras sus ojos se opacan y se detienen del todo los latidos del corazón y el ritmo respiratorio.

Esta campeona del frío se autodeshiela y se activa del todo a las veinticuatro horas de haber retornado el primer rayo de sol. Los científicos se quedaron pasmados al comprobar que su técnica de hibernación, consistía en llenar sus células de azúcar en porciones que nos matarían de diabetes, ya que serían treinta y siete veces superiores a las de usted y yo toleramos en nuestras venas y arterias. Encontraron que así los órganos de la rana mantenían textura blanda, al igual que la parte interior de cada protoplasma. Cuando sepamos como esta anfibia se vuelve melado sin llegar al coma, habremos dado un paso de hormiga en la última aventura imaginativa del autor cinematográfico de Blanca Nieves y los Siete Enanos.

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