diciembre 24, 2012

Nos enseñó más que periodismo.



En estos momentos, Arístides me estuviera diciendo: “Llore pero trabaje”, tal como lo hacía cuando me inicié con él en el periodismo hace 13 años. En aquel momento, como buen maestro, insistía en que nadad era fácil y que las cosas se aprendían haciéndolas, así que no importaba que rompiéramos cuartillas y cuartillas hasta que nos saliera bien la información.

Pero, hoy estoy reviviendo aquellos inicios con la diferencia de que me cuesta escribir un texto sobre alguien que me enseñó más que periodismo y a quien le debo lo que soy.

Aunque no hubiéramos querido que llegara este momento, debemos reconocer que nuestro “profe”, como lo llamamos, nos enseñó a enfrentar la vida con entereza y valentía. Y ahora, con dolor enorme, porque no lo podremos ver más, sentiremos que estará presente, porque siempre seremos los alumnos de Arístides no importa en cual redacción o periódico nos encontremos.

Nos hizo periodista de pico y pala como lo fueron él y hombres de la talla de Miguel Otero Silva, Oscar Guaramato o Cuto Lamache. Se sentaban a nuestro lado, como muy pocas veces sucede en estos tiempos, para corregirnos las fallas y errores. Así, El Nacional se convirtió en una segunda universidad para nosotros, porque cumplíamos con nuestras clases en la UCV y luego completábamos nuestra formación en la Brujoteca.

Una vez que estuviéramos bien formados y preparados nos enviaba a la redacción del periódico para que nos defendiéramos con todo lo que nos pautaran Prueba de ello es que muchos de los exalumnos de Arístides se encuentran en los medios de comunicación, ejerciendo con responsabilidad todas las fuentes que le asignen.

Durante nuestra permanencia con él, nunca sentimos que Arístides estuviera a oscuras o que sus pies estaban paralizados, porque jamás nos demostró sufrimiento, Trabajaba con ahínco y con entusiasmo, disfrutaba la música clásica, pedía que le leyeran los últimos best-sellers, hacía vida social e incluso se echaba su “palito” de vez en cuando. Esto, sin contar la cantidad de actividades que ejercía en pro de nuestro país. Mucha gente al verlo ciego y paralítico, decía que le daba vergüenza quejarse de un dolor de cabeza o gripe. Otros, confesaban que se hubieran suicidado de estar en esas condiciones. El nada le amargaba y a todo le veía su lado positivo.

Prueba de ello es que aún en sus últimos momentos, estando enfermo en el hospital, solicitaba permiso para ir a El Nacional a trabajar. Recuerdo que nunca falló y siempre, aunque fuera a las 5 de la mañana, se dedicaba hacer trabajos especiales como el de la Navidad, Semana Santa o la Batalla de Carabobo. Esa constancia por el trabajo nos inculcó siempre y para él no había horario ni días feriados.

Aunque desde hace siete años culminé las pasantías con él, perduró la costumbre de visitarlo regularmente. Interrumpíamos momentáneamente su trabajo en La ciencia Amena, para conversar desde algo íntimo y personal hasta un problema de actualidad.

Ahora ya no iremos al tercer piso donde se encontraba su oficina, pero seguro que nos encontraremos por todos lados con una foto, un texto, un libro suyo, una anécdota y un recuerdo.

Marlene Rizk.


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