octubre 14, 2007

Descartes intuyó los reflejos, pero no su relación con el cerebro; Sechenov, un científico ignorado, fue el precursor de estas sendas

Los médicos de Egipto y del Cuzco trepanaban el cráneo de los perturbados mentales, con el objeto de que por la abertura, se escaparan los espíritus malos que allí se hallaban. A pesar de superstición en que se descansaba esta práctica, da idea de que en las culturas primigenias los curanderos intuían que en el cerebro estaban las bases del comportamiento humano. Hipócrates y sus discípulos estaban convencidos de que en éste residían los pensamientos y los dones de la percepción. Así lo creían, porque en la asistencia a sus enfermos habían visto que sólo dejaban de ver, de oír, de recordar y de pensar, aunque fuera temporalmente los que habían recibido en la cabeza fuertes heridas y severas contusiones.


Se sabe poco que Ivan Pavlov, Premio Nobel de Psicoliogía en 1904, se doctoró de médico en una academia militar de San Petesburgo después de cumplir 30 años.

Hasta el mismo Galeno compartió esta apreciación, venida a menos con la arbitraria prevalencia de la escolástica, durante la Edad Media. En este período se ubicaban en los dominios de un espíritu sin conexión con el cuerpo, las ideas, los pensamientos y capacidades como las de amar y razonar. Descartes, quien había compartido sin decirlo, la teoría de Copérnico, tuvo aciertos en el análisis de este campo del conocimiento. Consideraba que el funcionamiento de los sentidos y los actos involuntarios de los animales y las personas eran reacciones automáticas frente a los estímulos del medio externo. Era necesario que una imagen ante nuestros ojos o que un sonido llegara a nuestros oídos, para que los pudiéramos ver y escuchar.

Pero el filósofo francés se quedó ahí. Más tarde, Diderot, el materialista de la Enciclopedia , sostendría falsamente, no obstante sus aciertos, que el cerebro segregaba los pensamientos, como el hígado, la bilis. En 1829, nacería un hombre que abriría las trochas por donde tomarían un rumbo seguro Iván Pavlov. Se trataba de I. Sechenov, quien diría que las elaciones con el mundo circundante, los actos voluntarios o involuntarios, las ideas, las percepciones y las sensaciones eran reflejos que se operaban por la acción de un estímulo inicial, un estímulo intermedio y una respuesta. Esto podría ejemplarizarse en la mano, que al sentir la proximidad del fuego se retira tan rápidamente como sea posible.

Las terminaciones nerviosa en la piel captan de ella temperatura (estímulo inicial); el mensaje enviado por ellas es procesado, relampagueantemente en la respectiva zona del cerebro (estímulo intermedio); el cerebro ordena a los músculos el retiro de la mano y es obedecido (respuesta). Sechenov habló de las sensaciones oscuras señalando que los ojos hacían el oficio de compás y regla, al moverse inadvertidamente, mientras examinaban los contornos de un objeto para saber como era con exactitud. Tuvo la suerte conocer a Pavlov y observa, como este hombre, desertor de un seminario pero no de su fe en Dios hacía sus experiencias científicas sobre la norma, de que con tal fin sólo eran útiles lo objetivo y lo mensurable.

Cuando uno tiene apetito y ve la comida, la boca se llena de saliva espontáneamente, este es un reflejo no condicionado. Pero cuando la aparición de la comida es asociada a unas campanadas, llega un momento en que nos basta oírlas para que la boca se nos haga agua. Este en un reflejo condicionado y su descubrimiento fue un aporte trascendente para el desarrollo de la psicología, palabra que por cierto, ni figuraba en el vocabulario del notable ruso. Su obra fue difundida en Estados Unidos por Watson, quien estimaba a los animales y a las personas como máquinas impulsadas por nervios que funcionaban igual que resortes antes ciertos estímulos.

Incluso los modernos behavioristas norteamericanos han pretendido afianzar sus orientaciones en los principios del reflejo condicionado. Todas las escuelas con pocas excepciones, han convenido en que aprendemos y nos conducimos por el impacto de los reflejos condicionados. Y no sólo por la acción de los inmediatos sino también por la de los que hubo en el pasado de nuestras vidas, desde el momento mismo en que llegamos al mundo. Se sabe además que hay necesidad de renovarlos, para mantener intacto el patrimonio intelectual de cada ser y acrecentarlo. Es posible, inclusive, desaprender. Eso se hace asociando el desencadenante de un reflejo útil con alguna percepción negativa. Por ejemplo, mostrándole al perro en el momento de sonar el timbre, al gato más antipático de su barrio.

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