abril 30, 2007

Las campanitas y las fanfarrias de ciertos mensajes audiovisuales nos condicionan a nosotros como lo hacía Pavlov con sus perros.

Con esta serie de instrumentos Pavlon registraba la cantidad de saliva generada por el perro, estimulando para tal fin una campanita que le hacía recordar un jugosos trozo de carne.

El tilín tilín y las fanfarrias de ciertos noticieros audiovisuales nos condicionan, sin que nos demos cuenta, para que dócilmente los escuchemos. Esos incentivos artificiales acicatean nuestra curiosidad y nos ponen en expectativa. De ese modo somos manipulados. Se nos predispone para el consumo de mensajes, en su mayoría negativos que alteran nuestra mente. Ese truco se apoya en el principio de l reflejo condicionado. Con el mismo se nos programa, igual que a las máquinas, a fin de que adoptemos comportamientos automáticos y arrinconemos los dones de la voluntad y del análisis. Por esa misma vía se nos enseñan normas por los cuales preferimos que nos falte la comida a que nos falte el televisor.

En 1849 llegaba al mundo el vástago de una familia que había dado muchos sacerdotes en anteriores generaciones. Los padres del niño le habían fijado este destino de Ryazan, Rusia, donde naciera. El pequeño fracasó pronto en el seminario, donde hacía sus estudios religiosos. Si bien se le acendraría tanto la noción de Dios, que la conservaría hasta la muerte, carecía de vocación para servirle en los altares. Su vocación estaría encaminada hacia un campo tan ajeno a lo divino, como lo es la comprobación experimental. Más tarde figuraba entre los alumnos del gran Mendelelev, en la Universidad de San Petersburgo, que le daría los conocimientos a partir de los cuales se consagró en la historia de la ciencia.

Iván Petrovich Pavlov (1849-1936) descubridor del reflejo condicionado, y a quién asociamos directamente con los perros y campanillas.


Ivan Petrovich Pavlov, que tal es el personaje de quien les hablo hoy, se doctoró tardíamente, a los treinta y cuatro años de edad, en la Academia Militar de San Petersburgo. Hizo un postgrado de dos años en Alemania y tornó a su tierra natal. Ansioso de tributarle su creatividad de alto investigador, se dio cuenta de que su ingenio era más útil en el laboratorio que en esos cubiles crematísticos que suelen ser los consultorios privados. Le llamaba la atención el funcionamiento del aparato digestivo, parte del cuerpo donde las sustancias inertes de la comida son simplificadas para que se vayan a cobrar vida en el interior de las células después que son transportadas por la sangre.

En 1889 Pavlov hacía experimentos pasmosos. Cercenaba el esófago de los perros a fin de que los alimentos que les daba no llegaran al estómago. Así demostró que no era necesaria la presencia del nutriente en el estómago para que el páncrea segregara sus jugos. Confirmó que apenas el alimento se ensalivaba, determinados nervios de la boca avisaban al cerebro para que éste a su vez ordenara al estómago que estuviera listo para procesar lo que iba a recibir. En 1904 ganó el Premio Nobel de Fisiología, pues los jurados consideraron que sus hallazgos evidenciaban la significación del sistema nervioso reflejo y arrojaban contribuciones esclarecedoras sobre el conocimiento de los mecanismos digestivos.

Cuando el inglés Baytiss descubrió las hormonas, es decir, los mensajeros químicos, Pavlov comprendió la urgencia de reforzar las ideas sobre los mensajeros eléctricos que corren por los cables del sistema nervioso. Efectuó otros experimentos y entre ellos, el de demostrar que con el tilín tilín de una campanita se le podía meter gato por leibere a los perros y a los demás animales, incluso al hombre. Si a un can hambriento se le echaba polvo de carne en la boca ésta se la hacía agua. Si al darle este alimento que no podía apreciar como tal con sus ojos le tocaban la campanita, terminaba por hacerse agua la boca apenas la escuchaba.

Así fue descubierto el reflejo condicionado tan importante en todo aprendizaje. Pavlov repitió sus ensayos sustituyendo las campanitas por cosas visuales como un círculo. El perro al ver un círculo se le hacía agua la boca. Este efecto desaparecería sí después de mostrarles muchas elipses ante las cuales no reaccionaba, se le volvía a presentar el círculo. Dedujo que el reflejo condicionado se podía debilitar, fortalecer o eliminar. Y aunque no gustaba de la sicología de su época, cultivador como fue de la fisiología nerviosa superior, sus conclusiones permitieron a los behavioristas afianzar la hipótesis de adiestrar a las ratas dándoles determinados estímulos o retirándoselos.

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