junio 18, 2007

Los microbios más asesinos juegan el papel de reservistas en manos de los que sueñan con una guerra biológica.



Al comparar las burbujitas con la cabeza de un fósforo, nos daremos cuenta de lo ínfima que es la cantidad del gas neurotóxico necesario para matar a un hombre.



Un inocente avión fumigador podría transportar y arrojar la bomba de gérmenes, con los que se podría aniquilar la población de una gran metrópolis.

Durante la Primera Guerra Mundial los contendientes renunciaron a los gases venenosos, no por remordimiento, sino porque eran, como quien dice, un arma de doble filo, Si la dirección del viento cambiaba los gases protagonizaban la conseja del perro que muerde a su amo. Al parecer ha habido consideraciones análogas, por las cuales los guerristas no han depositado muchas esperanzas en las ramas químicas y bacteriológicas, a pesar de que tienen de ellas un arsenal tan siniestro como el de bombas atómicas y neutrones. La Organización Mundial de la Salud y la ONU levantaron un informe acerca de los microbios, virus y drogas acumuladas por los militaristas en toda la tierra.

La tosca investigación científica destinada a este fin se hace en secreto y aunque preveen los grados de infección y toxicidad de ciudades enteras con una sola bomba arrojada desde un avión, se ignoran los detalles de este armamentismo, en que la naturaleza es cómplice a la fuerza. En Vietnan se usaron sustancias que desnudaban a los árboles de inmensos bosques en el curso de veinticuatro horas. Lo mismo se hacía con las plantaciones agrícolas y frutales en víspera de cosecha, Estos exfoliantes para arruinar el trabajo de los campesinos y privarlos de alimentación se basan en fórmulas que ya se conocen, aunque de todas maneras no hay medio de neutralizarlos.

Durante la Segunda Guerra Mundial fueron inventados los nervicidas, cien veces más activos que el humo de mostaza ideado por los alemanes en el anterior conflicto. Se trata de un líquido que al ser liberado del envase que los contiene, se volatiliza. Sus moléculas viajan a tales velocidad, que un segundo después de haber caído una bomba de quinientos kilos en un lugar, quedaría saturado el espacio en cinco kilómetros a la redonda. La inhalación de este gas en un aire que lo contuviera a razón de una centésima de milímetro por metro cúbico, bastaría para desatar un cuadro fatal: excitación, pérdida del control, oscurecimiento de la visión, salivación intensa, convulsiones, colapso respiratorio y paro cardíaco.

Entre los amigos del belicismo hay unos que hablan de la guerra humanizada, que es algo así como la perversidad virtuosa o como el sadismo santificado. A ellos se deben las denominadas armas incapacitantes. Estarían constituidas por virosis de esas que le causan al enfermo la impresión de que le dieron una paliza. La Revista Salud Mundial, órgano de la OMS nos trae la sorprendente información de que entre las armas biológicas es este tipo está la encefalitis equina venezolana, seleccionada porque su índice de mortalidad es de 0,5 por ciento, aunque desencadena síntomas suficientemente agresivos para obligar al paciente a guardar cama. Como esta dolencia se tramite de animal a hombre a través de un zancudo, los genetistas de la guerra habrían logrado un virus mutante capaz de atacar sin necesidad de intermediarios.

Otras infecciones escogidas para tal propósito, son el carbunco, la fiebre amarilla, la peste bubónica, el cólera, el muermo, incluso se ha habilitado ciertos gérmenes raros, como las rickettsias causantes de la fiebre de las Montañas Rocosas. Deben salir espantos en la conciencia de los microbiólogos que han aislado los gérmenes más virulentos de cada mal, para valerse de su poder homicida, de su resistencia a las vacunas y de la inmunidad que le han comunicado contra los antibióticos.

El Bacillus antharcis del carbunco tampoco se transmite de persona a persona pero los biólogos de la muerte han logrado una cepa la cual supera ese inconveniente. Cincuenta mil bacterias desecadas, que pesarían sólo una millonésima de gramo, tendrían la facultad necesaria para desencadenar fuertes accesos de tos, color morado en las personas, trastornos respiratorios y finalmente el deceso. Al romperse una cápsula de cristal que tuviera un gramo de estos microorganismo se liberarían los necesarios para hacer sucumbir a un millón de almas. Afortunadamente, los estrategas del belicismo albergan justificadas dudas sobre la conveniencia de las armas biológicas y químicas, pues no sería con palmas que sus propios microbios los guardarían en las ciudades infectadas.

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