enero 05, 2005

La Mangosta hereda una memoria que le dice cómo enfrentarse victoriosamente con las cobras aunque jamás las hayan visto.

La Ciencia Amena. Arístides Bastidas.
Un día tal como hoy, 5 de Enero de 1982

Uno se explica las destrezas, las habilidades y prontitud en los reflejos, que logran desarrollar ciertos seres humanos, a pesar de su escasa inteligencia. Este es el caso de muchos campeones de boxeo y el de los llamados reyes de la fiesta brava (taurinas). Han logrado especiales aptitudes para triunfar en tales espectáculos, mediante un entrenamiento exigente y la perseverancia para hacerlo sin interrupciones. En algunos animales observamos también la adquisición de dones musculares y nervios que no los han aprendido en ninguna parte. Son inexplicables porque se deben a instrucciones grabadas en su memoria genética desde que nacieron. No necesitaron pasar diez horas diarias en un gimnasio o en un circo aprendiendo los principios de la lucha libre o del matadero, hasta dominarlos a la perfección.


Eso sí, son suficientemente sensatos para aplicar estos recursos sólo en aras de la defensa personal o de la consecución del alimento. Si dos supuestas fieras libran una pelea cuerpo a cuerpo, no contarían con público a su alrededor, pues a las criaturas de la sabana o de la selva, no les interesan estas cosas que tanto apasionan a los miembros de la más presumida de las especies. Estas reflexiones vienen a cuento cuando examinamos la conducta de un pequeño cuadrúpedo, amigo de la carne como nosotros que habita en el África, en el Asia y especialmente en la India. Se trata de la mangosta dueña de una celebridad bien ganada.



En este instante la cobra se comporta como un boxeador pondrón, pues trata de mantenerse en pie a pesar de su cansancio. La mangosta lo sabe y se apresta darla el golpe de gracia. (Rep. Cárdenas)



Hay mangostas de diferentes tamaños desde cuarenta centímetros hasta de un metro de longitud, incluyendo la del rabo, que suele rematar en una mota negra, al parecer sin objetivo. Los antiguos egipcios veneraron una especie por los servicios que ella les prestaba en las casas y en los sembrados agrícolas, como eliminadora de roedores y de insectos perjudiciales. Era conocida injustamente como la rata del faraón, porque sus quehaceres se asemejaban más bien a los del gato. Lo que más le agradecían los constructores de las pirámides era su costumbre de localizar con un extraño radar, los ocultos nidos de cocodrilos para así comerse vorazmente sus huevos. Así limitaban el riesgo de la superpoblación de los saurios en el Nilo y sus riberas.


La mangosta se come la totalidad de las serpientes, pero cuando se trata de una rata u otro mamífero, se conforma solo con su sangre. (Rep. Cárdenas)

Las mangostas andan solas por lo que se supone que son desafectas a la vida conyugal. Su luna de miel no dura más que le tiempo necesario para el apareamiento. Son de hábitos nocturnos y en la oscuridad enseñan a las tres o cuatros crías que tienen por parto, a cazar alimañas que serán su comida. Su pelaje es de un gris verde muy tupido, y mientras que su cabeza es reducida, con un peso que puede ser la mitad del de su cuerpo, nunca mayor de tres kilos. Sus músculos son livianos y por lo mismo les permiten una asombrosa movilidad. Esa peculiaridad en que aventajan a los felinos, es propia los vivérridos, entre los que fueron colocados como una familia aparte aunque perteneciente al mundo de los carniceros.

En la india hay mangostas especializadas en el raro arte de devorar víboras. Estas matan cuarenta mil personas por años, es decir, una cada quince minutos. Ningún procedimiento humano resultó tan eficiente como la técnica de las mangostas para desayunar, cenar y almorzar con filetes frescos de cobras recién cazadas. Son las que ofrecen una mayor resistencia y por eso mismo quizás constituyan el trabajo que mas divierten a las mangostas, que siempre salen indemnes del enfrentamiento. Se ha comprobado que estas son vulnerables al letal veneno de la expresada serpiente y que el secreto de su victoria estriba en la pasmosa agilidad con que esquivan las embestidas del terrorífico ofidio.

La cobra tan segura otras veces de si misma se yergue apenas ve a la mangosta, no para dárselas de valiente, sino porque saben que si se comporta como una vulgar culebra su final será más rápido y más inevitable. No huye arrastrándose sino que intenta vender cara su vida. Levanta la mitad de su cuerpo, ensancha su cuello tratando de intimidar a la magosta, que espera fríamente la picada. Los colmillos se hunden una y otra vez en el pelaje esponjado donde la ponzoña se pierde, mientras la mangosta gira con rápidos pasos en torno a su rival, como Cassius Clay en sus mejores tiempos. Y al igual que ese ilustre púgil, cuando la mangosta advierte el cansancio de su enemiga salta sobre la cabeza y se la destruye de un mordisco. De inmediato un banquete al natural queda servido al aire libre para la triunfadora.

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1 comentario:

un Zombie errante dijo...

excelente descripcion ... la mangosta es genial

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