diciembre 16, 2004

La invención del arado fue vista como un don divino por los pueblos antiguos: era un gran multiplicador de cosechas.

La Ciecia Amena. Arístides Bastidas.
Un día tal como hoy, 16 de Diciembre de 1981


Una prueba de la capacidad de observación que asiste al hombre, la encontramos en el hecho de que advirtiera, que las semillas que arrojaba al suelo después que se había comido su pulpa, podían engendrar una nueva planta que a su vez daría nuevos frutos. Algunos antropólogos atribuyen este descubrimiento, a la proverbial curiosidad de las mujeres, pues eran ellas las que se quedaban en los lugares donde se echaban los excedentes alimenticios, mientras sus maridos hacían largas excursiones, en pos de los mamuts y renos que cazaban. Lo que no sabemos es si fueron ellas también las que se dieron cuenta de que la tierra suelta y desboronada, era más fértil facilitando la exitosa germinación de las semillas.



Para comprender este hecho debieron pasar mil quinientos años por los menos, después que el cavernícola se hizo agricultor y construyó con barro sus moradas. Hace ochenta siglos, en las márgenes del Nilo, en Mesopotamia, en las vecindades del Indo y en las zonas del Río Amarillo después de las inundaciones, los labriegos abrían los primeros surcos con arado de madera. Los mismos debían ser fuertes y delgados troncos rematados en una V, parecidos a los garabatos de nuestros campesinos. Estos toscos instrumentos eran tirados al principio por los propios parceleros. Cuando aparecieron las ciudades este trabajo lo hacían asnos, vacas y bueyes.

El yugo nos data de esa época pues en lugar del mismo se les ponían a las bestias unos resistentes collares de cuero que los reemplazaban. Así surgió el arado que en su tiempo fue un hallazgo tecnológico insustituible. Hot se sabe desde luego, que la roturación permite que los minerales del suelo se impregnen del vital oxígeno, que las bacterias nitrificantes se diseminen con prontitud y que la nueva plantita encuentre un camino libre. Cualquier resistencia a su paso podría agotarle sus reservas energética, antes de aflorar con sus incipientes hojas verdes, para comenzar a producir las que le permitirán mantenerse y crecer. El advenimiento del arado fue pues el primer gran salto del desarrollo económico que siguió al que ya se había dado, con la creación de la agricultura.

El arado fomentó tanto la prosperidad de las cosechas, que fue visto como un don providencial. Los chinos atribuyeron su invención al emperador Chin Noung, en el año 3200 antes de nuestra era. Por esta razón ese monarca lleva el título de Labrador Divino en los libros sagrados de la raza amarilla. En este sentido los griegos no se quedaron atrás, pues la designaron la paternidad del noble instrumento al detonante Júpiter, a Bacco el bonachón y a la pródiga Ceres, quien se lo entregó a un súbdito suyo para que generalizara su uso en las manos de los agricultores de la antigua Grecia.

Le cupo a los romanos, que tan poco aportaran al avance de la ciencia, el mérito de una innovación. El arado de ellos volteaba totalmente los terrones lo cual es indispensable para su cabal aireación. Este es un principio que se sigue aplicando en los arados de la era atómica en que estamos viviendo. Los egipcios lo fabricaron de cobre, los mesopotámicos de bronce, los griegos y los romanos, de hierro. Por cierto, que entre las primeras dependencias tecnológicas que hubo, se cita de los israelíes con respecto a los filisteos. Hasta el periodo de los reyes, los hebreos debían permutar por grandes cuotas de trigo y centeno, los arados que los otros, expertos en la metalurgia de entonces, le facilitaban.

El tractor, palabra que significa productor de tracción, constituyó el tercer paso importante en la técnica del arado. El primero se dio al fabricarse el de madera, el segundo está representado por el metal, y el tercero es éste en que un aparato que se autoimpulsa, puede hacer sin cansarse el trabajo de cincuenta yuntas de bueyes y disminuir diez veces o más las horas-hombre que se necesitan para obtener una excelente cosecha, en la siega, en la plantación y en el transplante. Ya existen tractores que pueden efectuar todas esas funciones a control remoto y sin necesidad de un conductor. Así de pasmoso es el avance tecnológico de esta área como en todas las restantes.

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