septiembre 24, 2004

Una Enseñanza más allá del amor.

24 de Septiembre de 1992
Por Douglas Paredes

Cuán difícil es aventar los recuerdos, las experiencias que confirman las vivencias que en varios años tuvimos con el Maestro Arístides; ahora cuando la hora nos dice que Arístides se nos está yendo.

Mi primer contacto con él, fue a través de su CIENCIA AMENA. Después a principios de los años 80 cuando comencé a escribir en los diarios, se inició en mí la referencia de Arístides, tanto en mi trabajo como en la vida.

Pero el mayor honor fue entrar en contacto directo con él. Y fue a raíz, cuando el entonces presidente del Conicit, doctor Ernesto Palacio Pru me daba una de las más grata noticias: “Usted ha sido seleccionado para realizar estudios en la Escuela de Arístides, en El Nacional.

Al principio creí que sería un aprendizaje tan común, que estaba seguro que sería una continua toma de apuntes y una catorcenas de exámenes.

¡No fue así!

Llegué como todo andino: temeroso y tímido, encontrándome con otro ambiente, más cálido, más de familia, que el de la Universidad.

Allí encontré esa familia que estaba compuesta por muchos, pero en ese momento, estaban los que se formaban al lado del profesor. Marlene Rizk, Graciela García, Alfredo Carquez, Acianela Montes de Oca y Maritza Guaderrama.

¿En este lote me tocó aprender! ¿estos ya eran aventajados! Y no se podía perder tiempo.

Creo que fue más que una experiencia al lado de Arístides, ha sido una vivencia constante en todos los órdenes de la vida.

Además de aprender, entender y comprender el “arte de hacer periodismo científico.”, engrané definitivamente los conceptos del amor y sus ramificaciones más fecundas: SOLIDARIDAD Y AMISTAD.

Era un período de entrenamiento, que se convirtió en un constante intercambio de experiencias.

Era como si aquel entrenamiento, me indicaba que era sólo l principio del agite que generaba los pasos sin freno de Arístides.

Muchas veces tenía que cerciorarme que no estaba sólo y que mil veces me encontraría en lo más pequeño de mis menesteres.

Pensar en Arístides generaba en mí la necesidad de imitar sus pequeñas y grandes virtudes.

Aquí, definitivamente, aprendí lo que era el amor –lo que en teoría me enseñaron en la Iglesia Bautista: El amor todo lo puede, todo lo cree… y creo –finalmente, que cada uno de su trabajo ha asumido todo su enseñanza que aprendí estando a su lado.

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