marzo 12, 2011

Los Ojos del Futuro.


Nunca nadie fue tan determinante en mi vida. Cuando llegué a trabajar con él, acababa de cumplir de 20 años. Tiempo atrás, había leído su primer libro “La Ciencia Amena”, y estaba decidida a ser periodista científica. Y quería formarme a su lado.

Aprendí mucho más que eso. Arístides fue una lección permanente de vida, de amor por los demás, y sobre todo, de pasión por el periodismo como cátedra masiva. “Donde quiera que una persona resida, tiene deberes con la Humanidad y debe cumplirlos sirviendo a la comunidad que le da aliento y abrigo”, decía. Siempre sonriente y lúcido, nos enseñó a desconfiar de los libros, a duda de todo. Hacía hincapié en la necesidad de investigar, de hablar claro y con humor.

Arístides estaba ciego, quizás por que había donado sus ojos al futuro. La artritis y un accidente le paralizaron las piernas, pero no fueron obstáculos para que llevara sus pasos más allá de generaciones que lo acompañaron. No sólo se convirtió en el maestro por excelencia de las nuevas generaciones de periodistas. También sentó las bases del intercambio entre el sector productivo y los centros de investigación, única manera, a su juicio, de propiciar el desarrollo del país, y de logra la autodeterminación tecnológica, meta que aún estamos lejos de alcanzar.


Pero era humilde, a pesar de su grandeza: “En mis días de lampiño mozalbete tenía ínfulas de redentor. En los de madurez que me acompaña hoy, a Dios gracias, me conformo con mi pequeño papel entre los escuderos del crepúsculo”

Nunca permitió que la tristeza lo limitara. “Una vez escribí que lo bueno de las lágrimas es que despejan los caminos del júbilo. Y es por eso que he podido permanecer entero y útil, en un activo desquite frente a las contrariedades, que parecieran no darse por vencidas”.

Era un defensor de la justicia y de la honestidad. Por eso señaló los errores de esta democracia, sin perder la fe en los valores intrínsecos del país. En una de las pocas columnas que escribió este año, decía: “Debemos confiar en que más pronto que tarde, el rearme moral habrá alcanzado el nivel crítico para que Venezuela sea la patria digna de Bolívar y de los desarrapados soldados que le siguieron y que también luchaban por una vida mejor y justa.”

La gigantesca obra de Arístides fue reconocida mundialmente, al punto que la asamblea en pleno de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura, le otorgó en París el Premio Kalinga, en medio de un aplauso cerrado.

En nuestro país, ciertamente hubo reconocimientos y homenajes por toda la geografía, pero muchas veces Arístides debió defender con las uñas el dinero para continuar su obra en Ciencia al Día y el Círculo de Periodista Científico. Arístides siempre enfrentó la incomprensión de quiénes no tenían visión de futuro.

Como sembrador bíblico, regó semillas de esperanza y de conocimiento a su paso, y por esto, aunque lloremos su ida física, tenemos conciencia de que su obra lo trasciende y permanecerá entre nosotros. A sus alumnos nos queda la dura tarea, el ingente compromiso de continuarla.
Acianela Monte de Oca.

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