septiembre 30, 2004

La célula es algo más complejo que la olla en que hierven un sancocho: ella es laboratorio y fábrica de un producto único: la vida.

La Ciencia Anena. Arístides Bastidas.
Un día tal como hoy, Septiembre de 1983



Aunque las células se diferencian según sean animales o vegetales, o según los órganos a que pertenezcan, tienen en común características invariables (Rep. Garrido)

El microscopio electrónico, con su capacidad para proporcionar aumentos hasta 5 millones de veces, desvaneció la noción que el trabajo de la célula se hacia con el reposo de una hoya de agua que se calienta sin llegar a hervir. Así se creía, por que la gota de gelatina que es el citoplasma ejecuta su actividad fabril a la moderada temperatura de 37º C. ahora sabemos que ese calor le basta a la célula para las transformaciones de materia inerte en materia viva, que nunca serían posibles en el más poderoso de los hornos. Y no solo por eso, pues con tan limitado suministro de energía el caldo celular se mantiene en una desbocada agitación que la ciencia no ha llegado a comprender muy bien.

Sin embargo, el que hacer de la minúscula factoría tiene un comando que lo dirige todo y un equipo de infatigables ingenieros que hacen a la perfección las piezas intercambiables que se les encarga. Hay, pues, una absoluta armonía en el caos que creemos ver dentro de las células cuando las miramos a través de los modernos aparatos ópticos. Gracias ha ellos sabemos hoy que a pesar de que en nuestro organismo hay un promedio setenta billones de células, cada una de ellas es un cuerpo dotado de diversos órganos, mil veces más complejos que las vísceras que nos acompañan.

 

EL nucleo tiene poros en su cubierta, por las cuales se transmiten al citoplasma las órdenes de lo que va a hacer y las instrucciones precisas para que no se equivoque. (Rep. Garrido)
 
Las bacterias son células de apenas de tres diezmilésimas de milímetro, pero hay una que es la más grande de todas, representadas por los huevos de la avestruz que pueden tener hasta 15 cms de longitud. Si nos fuera dable examinar una de estas células gigantes con e microscopio electrónico, la veríamos como un pequeño balón en su centro. Es el núcleo, y allí están el supremo jefe y su ayudante, el ADN y el RNA, encargados de los diseños que irán a producir en los departamentos jamás inactivos del protoplasma. Desde esta gerencia principal es coordinado el trabajo necesario, tanto para usar el combustible que usaran las maquinas, como para que estas den el máximo de su rendimiento.

Entre sus departamentos u órganos están las mitocondrias, dentro de las cuales se quema la glucosa, que así cede su energía. Las mitocondrias tienen una forma de longanizas que se retuercen y se parten en trocitos que luego se vuelven a juntar. Los especialistas no se explican el fenómeno y los empíricos lo apreciamos como una innecesaria intención exhibicionista. En las vecindades del núcleo hay gránulos que se suponen, sin mucha certeza se relacionan con las secreciones de la célula. Son los llamados complejos de Golgi, que llevan el nombre de quien los descubriera en 1828. En ciertas zonas del citoplasma se observan globitos apiñados con el aspecto de racimos de uvas. Se trata de los ribosomas.

Los aminoácidos muertos de la alimentación entran por un lado de estos globitos y salen por el otro vueltos a la vida, como parte de las proteínas que usarán en el crecimiento o para renovar os tejidos. Cada segundo, el metabolismo declara inútiles a 50 millones de células, que elimina, reemplazándolo de inmediato por un número igual de ellas, formadas por las susodichas proteínas. Los investigadores se desesperan por explorar una selva de filamentos que allí se encuentran denominados retículo endoplasmático o ergatosplasma.

Dentro del mismo se han localizados los túneles infinitesimales del mundo. Se cree que a través de ellos se acarean las materias primas que utilizarán, las reservas de energía bruta contenidas en burbujitas de grasa y en moléculas de azúcar y las sustancias toxicas que deben arrojarse en el torrente sanguíneo. En resumen, hace siglo y medio había evidencias de que las células eran un órgano perpetuamente animado. Hoy, a los 300 años de que la descubriera el ingles Robert Hooke, que la concibió como un frasco lleno de una sustancia transparente y viscosa, se nos ofrece como un mini océano lleno de insólitas manifestaciones vivientes y burlonas ante el fracaso de los empeños del ingenio humano pr atraparlas.

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